Desencanto en Sabin Etxea

Andoni Ortuzar./
Andoni Ortuzar.
MANUEL ARROYO

Las nítidas señales de desencanto hacia Pedro Sánchez que emite el PNV refuerzan las sombras que presagian un abrupto final de la legislatura tras el último órdago del independentismo catalán, amortiguado ayer en medio de la confusión. Apenas cuatro meses después de haber propiciado su acceso a La Moncloa, Sabin Etxea parece haber llegado a la conclusión de que las prioridades en materia de transferencias que ha puesto sobre la mesa del presidente son secundarias para este. Y de que poco rédito podrá extraer ya de su apoyo a un Gobierno desgastado, pese a su breve trayectoria, y preso de una extrema precariedad parlamentaria, que ha de volcar sus esfuerzos en una doble dirección que no pasa por Euskadi: atajar la nueva ofensiva del secesionismo al mando de la Generalitat, cuyos votos también le son imprescindibles, y alentar las expectativas electorales del PSOE.

Si los jeltzales vieron en un Ejecutivo débil como el de Sánchez el compañero ideal de viaje para obtener una alta rentabilidad política, la experiencia se ha saldado hasta ahora sin éxito a pesar de la etiqueta de «socio preferente» con la que fueron distinguidos.

Las amenazas del PNV de dejar caer al Gobierno socialista porque «la paciencia se agota», en palabras de Andoni Ortuzar, ven rebajados sus posibles efectos cuando sobre La Moncloa se cierne un ultimátum en firme que no tiene margen alguno para aceptar. El de una parte del independentismo catalán, sin el que tampoco podrá aprobar los Presupuestos ni ningún otro proyecto. La exigencia por parte de Quim Torra de un referéndum de secesión a cambio de mantener el respaldo a Sánchez, aunque soslayada en la carta que le envió ayer, refleja el acelerado agotamiento de la vía del diálogo y la distensión ensayada por el Gobierno, que ha pasado por alto múltiples bravatas y provocaciones del presidente de la Generalitat mientras reservaba la mano dura para los partidos constitucionalistas.

La división que en las propias filas independentistas ha suscitado el golpe en la mesa de Torra, del que se ha desmarcado visiblemente ERC, representa un ligero alivio para el Ejecutivo. Pero el palpable deterioro de las relaciones con sus socios en un tiempo récord aprieta la soga que pende sobre el cuello del presidente hasta niveles difícilmente soportables durante mucho tiempo.

Consciente de ello y defraudadas sus expectativas iniciales, el PNV empieza a marcar distancias con Sánchez y a prepararse para un hipotético adelanto de las urnas. No es su opción preferida, pero ya la ve como probable por mucho que el jefe del Gobierno, con una probada capacidad de resistencia, haya expresado su voluntad de aguantar hasta 2020. Los jeltzales cruzan los dedos para que las hipotéticas elecciones generales no coincidan con las municipales, forales y europeas de mayo, lo que podría lastrar sus resultados.

La escalada de la tensión en Cataluña de la mano del secesionismo más radical y violento, al que Torra animó insensatamente a presionar en la calle, ha encendido todas las alarmas. El lehendakari, Iñigo Urkullu, verbalizó ayer su «extrema preocupación» por esa deriva e hizo un llamamiento a la sensatez. Una actitud que se ha demostrado reiteradamente incompatible con el incendiario agitador que preside la Generalitat.

El PNV está desencantado con Sánchez, sí, pero también -e incluso más- con Torra, aunque no lo manifieste por aquello de la fraternidad nacionalista.