Desafiar al Estado

Las organizaciones que operan entre secretos tienden a generar sus propias reglas

Corinna y el rey juan Carlos, en una imagen de archivo./
Corinna y el rey juan Carlos, en una imagen de archivo.
JUAN BAS

Quienes desafían al Estado suelen ser devorados por cualquiera de sus aparatos legales o se les ahoga en sus cloacas, según sea el tratamiento adecuado a la naturaleza del desafiante. El Estado es poderoso e implacable; echarle un pulso es perderlo y labrarse la desgracia, a veces no de modo inmediato, pero a la larga, siempre. Este principio de demolición sistemática pudieron comprobarlo desde Mario Conde a ETA. Se han dado casos en que el desafiante era o parecía ser tanto o más poderoso que el Estado. Pablo Escobar, en su guerra contra el Estado colombiano, sembró el terror y llegó a ofrecer el pago de la deuda pública del país a cambio de impunidad. Sin embargo, acabó acribillado mientras intentaba huir por un tejado como un gato, por fuerzas especiales ayudadas por agentes de la DEA norteamericana (si no te bastas solo para enfrentarte al matón, pide ayuda al hermano mayor).

En mi última (solo por ahora, espero) novela hay un personaje, un gobernador civil, que es un monstruo ilustrado, sádico y lúcido, que lo desprecia todo, menos al Estado y su aplicación de la razón de Estado. Dice: «El Estado, ese triturador implacable de entidad superior al cual respeto y que posee los atributos del perfecto depredador según Frederik Selous: apetito constante y ningún escrúpulo. Admiro la voracidad del Estado y su rigurosa práctica de la ley del Talión; si es que soy capaz de sentir admiración por algo. El Estado, que es como el guerrero al que nada destruye y aniquila a todo el que se le enfrenta. El Estado es la realidad inexorable; la patria no es más que una trasnochada entelequia con una mano de purpurina 'kitsch'».

El excomisario Villarejo, peculiar personaje, y la princesa buscavidas Corinna están haciendo gárgaras con trilita. Villarejo, quizá también Corinna, está jugando la peligrosa partida de la venganza o del chantaje al Estado, o ambas cosas a la vez. Puede ser que lo haga porque ya no tiene nada que perder o porque cree que le queda algo por ganar: una improbable salvación personal. Además de lanzar infamantes dardos contra el rey emérito (que si resultan probados tendrán graves consecuencias no sé si solo para don Juan Carlos o para la Corona en general), implica a los servicios de inteligencia españoles, y esto último es tan temerario como acariciar a un tigre. Ya decía el misterioso agente de la CIA de la serie 'Twin Peaks' que las organizaciones que operan entre secretos tienden a generar sus propias reglas, incluso más allá del control del Estado. Y en cuanto a la sinuosa razón de Estado, parece adecuado concluir esta columna con las inquietantes palabras de Álvaro Cunqueiro. «Pero la razón de Estado llega a ser maquinal y obra como fin, creando una realidad propia ante la cual los humanos somos como siervos fantasmas de la gran idea».

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