Los derechos de la avispa

Siempre que asoma algún mal, hay alguien que sentencia con agorero aplomo que «ha venido para quedarse»

Pedro Sánchez y Quim Torra, se saludan antes de la reunión que mantuvieron en el Palacio de La Moncloa./Ballesteros
Pedro Sánchez y Quim Torra, se saludan antes de la reunión que mantuvieron en el Palacio de La Moncloa. / Ballesteros
Iñaki Ezkerra
IÑAKI EZKERRA

Vivimos momentos de grandes cambios. Antes el verano era una estación propicia para las noticias sobre astros amenazantes. Los científicos siempre descubrían en agosto algún planeta o cometa con capacidad para mandarnos a hacer puñetas en décimas de segundo. Uno, así, se olvidaba de otros peligros más probables y cercanos (atentados terroristas, órdagos políticos, subidas de impuestos…) y se le ponían los huevos de corbata mirando al cielo estrellado. Ahora el mundo ha cambiado, como digo. Nuestros periódicos han sustituido la tradicional y estival amenaza cósmica por los insectos gigantes y los virus letales. Ahora lo que está de moda, lo que manda es la avispa asiática, cuya dosis de veneno quintuplica la que inocula la avispa común, o la garrapata Hyalomma, que produce la célebre fiebre hemorrágica de Crimea-Congo.

Pienso con consternación en la primera; en la también llamada 'vespa velutina', que al parecer puede alcanzar un volumen que va desde los dos centímetros al de una pelota de baloncesto. Pienso en la segunda, de la que se dice que «ha venido para quedarse», como se dijo en su día de la crisis económica, del populismo, del Ébola y del 'procés' catalán. Siempre que asoma algún mal, algún prometedor quebradero de cabeza, alguna enjundiosa pesadilla en el horizonte español, hay alguien que sentencia con agorero aplomo que «ha venido para quedarse». Pienso en la interminable lista de plagas calamitosas que los especialistas en epidemiología nos anuncian para un ilusionante futuro y a las que han bautizado como patologías «emergentes»; o sea, con el mismo nombre que se les da a las economías del Tercer Mundo que acusan, gracias al fenómeno de la globalización, un pujante desarrollo. Pienso, sí, en la Anaplasmosis; la Neoehrlichia mikurensis o la Rickettsia monacensis, una bacteria hasta hoy desconocida con la que podemos sacar pecho porque sólo ha sido detectada en España.

Yo creo que esas tribus víricas y entomológicas que hoy nos visitan se irán después del verano, como todo lo que dicen que viene para quedarse en este país. Pero, mientras tanto, podemos sacarles partido en el sentido más literal, es decir, podemos hacer del tratamiento de las avispas y las garrapatas otra cuestión más de partido que nos divida. Creo, en fin, que hay una inquietante unanimidad en el temor nacional a la avispa asiática, que es preciso romper. ¿Es que no hay mimbres para el cesto ideológico en las protestas de los remolacheros para que se levante la prohibición del uso de pesticidas que han logrado imponer los ecologistas? ¿Es que no está claro que la izquierda reconoce los derechos de la avispa mientras los pesticidas y los insecticidas son claramente de derechas? Pedro Sánchez debe recibir a la avispa asiática en La Moncloa y demostrar su capacidad de diálogo. A fin de cuentas, peor es la picadura de Torra.

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