Democracia, no demagogia

Democracia, no demagogia
IMANOL VILLA

El 11 de septiembre de 2001, los estados democráticos entraron en declive. La irrupción del terror en un escenario en el que nadie sospechó jamás una barbarie como la sucedida, certificó que la democracia liberal, tal y como la concebíamos, había entrado en una fase de parálisis preocupante. Y más aún cuando la única respuesta que se ofreció a los asustados ciudadanos fue la de la guerra. Nada más. Imposible fue encontrar un ápice de racionalidad más allá de la dinámica que la acción-reacción estableció como mecanismo cuasi perfecto de defensa y ataque. Venganza, al fin y al cabo.

Durante aquellos dramáticos días se oyeron voces que afirmaban que, a diferencia de Estados Unidos, Europa sí garantizaba una sensación cierta de seguridad a sus ciudadanos. Tanto el proyecto europeo como la fortaleza democrática de los países miembros aseguraban unas dosis de fidelidad democrática que convertían en incuestionables todas sus estructuras institucionales. Sin embargo, y a la vista de los últimos sucesos, el panorama actual no es para nada un reflejo de la seguridad antaño establecida. Europa, su proyecto y el conjunto de estados democráticos que la conforman, ha evidenciado las mismas carencias que en su día ofreció Estados Unidos. Con una salvedad, no hay ninguna guerra a la vista. En todo lo demás, la debilidad de la democracia liberal se ha revelado como un mal cuya consecuencia más directa es la desafección de una parte nada despreciable de la clase media hacia su compromiso con la democracia.

Llegados a este punto, son perfectamente comprensibles escenarios políticos como el de Italia, Holanda, Austria, Alemania y, en un futuro cercano, Suecia. En todos esos países, y en más -no hace falta nada más que recordar el pánico que provocó la fortaleza mostrada por Marine Le Pen en las últimas presidenciales francesas-, se han producido claros síntomas de desencanto hacia las instituciones democráticas, antaño motivo de orgullo. La falta de certidumbre y la sensación de inseguridad de muchos ciudadanos europeos han sido fermentos perfectos para la irrupción de esos partidos y movimientos que hemos dado en llamar populistas. Efectivamente. Los partidos de corte populista beben del desencanto de un buen sector de la masa social que ve cómo su mundo, ese con el que estaban a gusto y que ofrecía certezas, se descompone a la vez que se dibuja un panorama marcado por una profunda incertidumbre. Es así, cuando el hartazgo de las masas llega al límite, como se logra que la visceralidad domine la política y la democracia dé paso a dictaduras encubiertas, y aupadas democráticamente, en las que el discurso principal persigue calmar a las masas para ofrecerles un futuro mejor a costa de señalar culpables muy concretos.

Deben, con urgencia, las instituciones democráticas recuperar, no sólo su capacidad de seducción, sino dotarse de los medios necesarios para que sus ciudadanos, todos, se sientan de nuevo seguros. Que calmen sus conciencias y sus futuros de forma cierta, porque llegados a este punto, la demagogia ya no sirve de nada.

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