LA CONSTITUCIÓN DE LAS LIBERTADES

La Carta Magna fue fruto de un consenso difícil de repetir para su eventual reforma y, 40 años después, sigue sin recibir un trato justo en Euskadi

LA CONSTITUCIÓN DE LAS LIBERTADES
EL CORREO

Hace hoy 40 años, los españoles aprobaron en referéndum una Constitución que no solo consolidó el restablecimiento de la democracia tras la dictadura franquista, sino que dio lugar a la etapa de mayor libertad y progreso en la historia de nuestro país. La Carta Magna fue y continúa siendo un punto de encuentro ineludible para la convivencia. En estas cuatro décadas se ha evidenciado la necesidad de actualizar su articulado para adecuarlo a los cambios sociales y han aflorado desavenencias en cuanto a su contenido. Pero ni siquiera quienes la critican de forma más acentuada, incluso aquellos que le dan la espalda 'por española', pueden negar lo más importante: que gracias a ella la libertad, la tolerancia y la realización de los intereses comunes cuentan con un marco reglado que asegura la defensa y el eventual desarrollo de cualquier proyecto social, económico o político, siempre que en su ejecución no se contravenga la ley. Aunque pueda parecer superfluo, recordar todo ello resulta especialmente oportuno en un momento como el actual en el que una parte del arco parlamentario desprecia lo que despectivamente denomina «el régimen del 78» y pretende sustituirlo por no se sabe muy bien qué. Y cuando en el otro extremo crece una fuerza política que plantea retroceder en el tiempo y cuestiona aspectos esenciales de la Constitución como el Estado de las Autonomías para reivindicar un regreso al centralismo propio de otra época. El Rey aludió la pasada semana a que, dada su naturaleza democrática, la Carta Magna contempla su propia reforma. Numerosos especialistas en Derecho la aconsejan e incluso proponen. Pero esa demanda corre el riesgo de convertirse en un lugar común que oculte los verdaderos problemas que aquejan al país en cuanto a su cohesión interna. Hace 40 años, la Constitución fue el fruto de una convergencia de aspiraciones a la búsqueda de un espacio compartido sobre lo fundamental. Se trataba de dejar definitivamente atrás el período más oscuro de nuestro pasado para que España se asemejara a las grandes democracias europeas. La Carta Magna respondía, con sus certezas y sus ambigüedades, al abrumador anhelo en ese sentido de la inmensa mayoría de la ciudadanía. Hoy las reclamaciones para su efectiva reforma aparecen en gran medida divergentes. El diagnóstico general de que la Constitución ha de retocarse en serio no dice prácticamente nada sobre la que podría resultar de tal empeño, que se ve dificultado por las frontales diferencias al respecto entre los partidos y su escasa predisposición a articular un consenso con una magnitud siquiera similar al de 1978.

Autogobierno vasco

Cuatro décadas después, el nacionalismo sigue sin hacer justicia a los avances que la Constitución ha supuesto para Euskadi y se aferra a interpretaciones maniqueas que no por repetidas son ciertas. Gracias a la Carta Magna y al Estatuto que de ella emana, el País Vasco disfruta del mayor nivel de autogobierno de su historia, sin parangón en Europa, ha visto reconocidos y amparados sus derechos históricos, y blindada jurídicamente la singularidad de un Concierto Económico que es sinónimo de bienestar y prosperidad. Cuestionar la legitimidad de la ley de leyes con el falso argumento de que la ciudadanía vasca «no la respaldó» es insostenible. El apoyo a la Constitución en el referéndum -casi un 70% de 'síes- y la elevada abstención en él -55%- fueron similares a los del Estatuto de Cataluña en vigor, cuyos resultados sería ilógico interpretar como un rechazo. Aspirar con todo derecho a una reforma integral de la Constitución no ha de confundirse con tergiversar la realidad.

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