el conflicto seguirá ahí tras las elecciones

el conflicto seguirá ahí tras las elecciones
EFE
Braulio Gómez
BRAULIO GÓMEZ

Contar (pocos) manifestantes en Colón igual no es el mejor indicador para generar optimismo sobre la posibilidad de construir una España alternativa más bonita y plural que el actual proyecto excluyente de Abascal, Casado y Rivera. A lo mejor la extrema derecha y su nacionalismo belicoso no ganó la calle. Se ha evidenciado que a su apuesta populista le viene gigante la etiqueta de la transversalidad. Los datos que tenemos hasta ahora son tozudos: la izquierda y el centro no están detrás de esa bandera española que el Partido Popular y Ciudadanos ha regalado a Vox, el ganador del partido que disputaron las tres derechas el domingo. Los partidos antes llamados constitucionalistas, PP y C's, tendrán que buscar otra denominación más creíble tras su foto con el partido que cada vez que abre la boca llora un artículo de la Constitución.

En los cuarteles electorales socialistas donde se prepara el próximo combate autonómico habrá insuflado moral y alivio ver por televisión el pinchazo de la manifestación y la foto de Ciudadanos, su rival más cercano, con Vox. Y en La Moncloa, tras la semana negra tirando a trágica, han aparecido de forma inesperada endorfina, dopamina y oxitocina recuperando el amor por el 'Superdomingo' electoral de mayo. Igual la derecha se ha pasado de frenada y con seguir teniendo cabreados a los 'indepes' será suficiente para aspirar a mantener y ampliar poder institucional. Una estrategia ganadora, dicen. Hasta se puede presionar a los partidos soberanistas amenazando de forma creíble con celebrar elecciones mañana, 14 de abril.

Este relato repentinamente optimista tiene sentido si miramos solamente los intereses electorales y nos olvidamos de la solución de los conflictos políticos. En concreto del conflicto político instalado en Cataluña. Como la amenaza y la realidad de la extrema derecha lleva ya algunos años afectando la vida política de las democracias europeas, sabemos que es tan peligroso su impacto en las posiciones del resto de los partidos como su llegada a las instituciones. Y la agenda territorial ahora lleva el sello de Vox con seguidismo incondicional del Partido Popular y Ciudadanos. Y lo peor es que también el Gobierno socialista ha sido arrastrado esta semana negándose a sí mismo por la presión de la extrema derecha y por la falta de generosidad de los propios barones autonómicos del PSOE.

El Gobierno tenía razón en el fondo y estaba acertando con el minimalista gesto de aceptar la presencia de un relator mal explicado en una mesa de partidos. Acertaba porque por fin aparecía un acuerdo entre el Gobierno y la Generalitat después de mucho tiempo, sin que la apertura de ese diálogo real implicara ningún tipo de cesión previa. La comunicación fue terrible, el paso atrás penoso y la sobreactuación de las tres derechas, aunque ha venido a dar oxígeno electoral, ha borrado los primeros trazos de lo que parecía la construcción de un modelo alternativo de España donde se pueda reconocer la mayoría de los territorios que la integran. No solo ha desparecido el relator, se ha evaporado el diálogo. La extrema derecha no necesita ganar elecciones, gana la agenda y además obliga a cambiar las posiciones hacia las suyas.