Un problema sin solución

Un problema sin solución
AFP
Ignacio Marco-Gardoqui
IGNACIO MARCO-GARDOQUI

El problema catalán no tiene solución. Matizo. El problema catalán no tiene solución mientras siga empantanado en sus bases actuales, como hemos podido comprobar la pasada semana. Los independentistas confunden un deseo con un derecho. Pueden, claro está, desear el ejercicio de la autodeterminación para conseguir la independencia, pero ni éste ni ningún Gobierno puede admitir un ataque tan frontal a nuestro sistema jurídico que no contempla semejante derecho, como sucede en la inmensa mayoría de países de nuestro entorno. Los independentistas proclaman: «Tarde o temprano, Cataluña será lo que quieran los catalanes». Y el resto decimos: «Cataluña será lo que quieran los catalanes... y todos aquellos que resulten afectados por lo que quieran los catalanes». Admito que de ese resto habría que restar a su vez a muchos vascos y a algunos de Podemos. Entre ambas posturas, ¿qué diálogo cabe? Felipe González lo dijo hace días: «Para que sea eficaz, el diálogo tiene que determinar, como premisa previa, el perímetro del propio diálogo». Si este perímetro es la Constitución cabe albergar la esperanza de un punto de encuentro. Si lo rebasa y si pretende hacerlo sin su reforma previa, no hay solución posible, ni diálogo que lo arregle. Hay mucha gente que asegura que éste es un problema político que requiere de una solución política. Perfecto, pero ninguna solución política puede imponer como premisa previa el incumplimiento de las leyes, si pretende ser admisible.

El problema evoluciona de manera catastrófica. Fue un error tratar de compensar el apoyo a los Presupuestos con la discusión -admitamos que no aceptación-, de los 21 puntos que le entregó Quim Torra a Pedro Sánchez. Porque nadie que haya visto los puntos del documento y haya leído, aunque sea muy por encima, la Constitución, será capaz de encontrarles un mínimo encaje dentro de ella. Por eso, las apelaciones etéreas al diálogo sin precisar sobre qué se va a dialogar, quiénes van a dialogar y qué recorrido legal van a tener las conclusiones que se alcancen es una operación meramente estética que, de tanto usarla, resulta ya muy cansina.

Otro error, este coyuntural, fue enviar a explicar el embrollo del relator a la vicepresidenta Calvo, que es capaz de oscurecer hasta la luz de Cádiz en pleno verano. El tercer error ha sido abandonar el diálogo... sin abandonar el diálogo. Nadie está en condiciones de asegurar que habrá apoyo a los Presupuestos o que no lo habrá y, tras la lamentable historia de esta última semana, nadie podrá convencernos de que los Presupuestos tienen la mínima importancia para todos los que los negocian.

¿Podría ser peor? Sí, podría llover y tiene toda la pinta de que el juicio que empieza hoy traerá tormentas, truenos y relámpagos.