Padre nuestro
Para ejercer su codicia criminal, Pujol se puso la máscara de la patria
Vi hace poco 'Parenostre' (en la versión original en catalán), estimable película de este año dirigida por Manuel Huerga con un inspirado Josep María Pou ... encarnando al que fue honorable Jordi Pujol. Por el texto final en el filme supe que el juicio a la familia Pujol comenzaba ahora, en noviembre, 11 años después de que aflorara el caso, parecen demasiados. De hecho, la matriarca, el cerebro económico, Marta Ferrusola, ya ha muerto. Se refería a sí misma en la trama como madre superiora y un millón de pesetas afanado para llevar a Andorra era un misal, en armonía con la devoción de la señora y mucho más fina que la metáfora con embutido de los navarros.
La corrupción de Jordi Pujol durante 23 años, bien apoyada y diversificada en sus hijos (el mayor, con la exhibición de sus coches de lujo y la venganza de su novia, dio mucho el cante), en la familia, como mandan los cánones mafiosos, me fascina en términos literarios por la codicia sistemática desde su posición en la Catalunya que decía amar (la película se inclina por cierta autenticidad de esa querencia, al menos en sus primeros años). Me pregunto si Pujol padre y la madre superiora ya estaban poseídos por esa sed de enriquecimiento antes de llegar al poder, o si fue el poder, desde el que se puede hacer e impostar, el que despertó o acrecentó el ansia sin escrúpulos desde esa posición que creyó impune, intocable, como así fue durante tantos años. Se me escapa la razón de ese afán continuo por parte del privilegiado matrimonio (de los hijos me cuadra sin problema), aunque parece que también había financiación ilegal de partido. Tal vez en parte sea una cuestión de vanidad para un hombre pequeño y feo. Robo porque puedo robar, todo lo que quiera y hasta que me parezca, y mientras lo hago me siento menos bajo y menos feo porque soy el más listo.
La máscara que se puso Pujol para ejercer la codicia criminal fue una de las más repugnantes: la patria, la nación, su amor por Cataluña. Esa Cataluña con la que se le llenaba la boca, decía personificar y a la que robó bastante dinero y un buen trozo de alma a los nacionalistas que creyeron en él. Samuel Johnson consideró que el patriotismo es el último refugio de los canallas. Lo es a veces, cuando los canallas están acorralados y no les queda otro agujero para ocultarse y salvar el cuello. En el caso de Jordi Pujol fue el primero, el estandarte. Y el refugio de la patria no era una madriguera bajo tierra, sino un pedestal sobre el que elevarse para perpetrar un dilatado engaño. Solo él sabe, quizá ya ni siquiera él a sus muy desgastados 95 años, si alguna vez fue verdad.
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