Generalísimo
Causan estupor los jóvenes que nada saben del régimen totalitario y lo reivindican
Se ha cumplido el 50 aniversario de la muerte de Franco, el generalísimo. Del 20 de noviembre de 1975 ha quedado como una imagen para ... la Historia la comparecencia en TVE del último presidente del Gobierno de la dictadura y primero de la monarquía, Carlos Arias Navarro (quien se ganó durante la Guerra Civil el apodo de El Carnicerito de Málaga), con su cara de viejo monito orejón embargada por la tristeza, sus compungidas palabras «españoles, Franco ha muerto», y el puchero ante la cámara.
Franco murió a los 82 años tras una larga agonía que fue prolongada con tres operaciones y todos los medios médicos de la época para mantener el latido de aquel duro corazón (menos de dos meses antes, el 27 de septiembre, se ejecutaron las últimas cinco sentencias de muerte que firmó). De mantenerlo en aquel simulacro de vida, escribió Juan Goytisolo: «Era torturado cruelmente por una especie de justicia médica compensatoria de la injusticia histórico-moral que le permitía morir de vejez, en la cama». En 'Franco', la enorme biografía escrita por Paul Preston, se cuenta ese pasaje con sus detalles lóbregos y se revelan motivos políticos de esa persistencia para ganar días. La película de Albert Boadella '¡Buen viaje, excelencia!' es una sátira esperpéntica sobre tamaño aquelarre.
Los dos dictadores fascistas más importantes, Hitler y Mussolini, murieron violentamente mientras perdían la guerra y sus regímenes fueron desmantelados. Aunque fuera de aquel modo atroz, Franco murió en la cama tras ganar una guerra civil y mandar sobre el país como si se tratara de un cuartel bajo ley marcial durante 36 años. Al final, Franco intentó, como decían los suyos, dejar todo atado y bien atado. No lo consiguió, o sí en parte. Los franquistas quedaron en bien emplazado lugar tras la muerte de su caudillo, lo cual les permitió posicionarse y colocar descendientes en los tres poderes del Estado. La delicada Transición se desarrolló entre el suicidio político de las Cortes franquistas conjurado por Suárez, cierta templanza negociada del Partido Comunista, la presión de ETA, demasiados miramientos con la Iglesia y un ruido de sables que en 1981 se demostró que no era un rumor.
Hoy, medio siglo después de la muerte del tirano, apenas persisten sus símbolos, pero aún continúa el oprobio de fosas comunes sin exhumar. Todavía muchos asesinados por los vencedores aguardan la justicia póstuma de su identificación y una sepultura digna. Me causan estupor los jóvenes que nada tienen que ver con aquello y nada saben del régimen totalitario de aquel pequeño general de imperturbable ferocidad, que lo reivindican.
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