Sarajevo
Algunos semejantes parecen tener averiado el radar emocional que traen de serie
La búsqueda de adrenalina, o algún tipo de inestabilidad mental, ha provocado la existencia de un turismo de riesgo en el que lo fundamental es ... exponer la propia vida, y de paso la de quienes acompañan a estos consumidores de experiencias fuertes a los que su existencia no les parece una aventura suficientemente emocionante. Lo mismo escalan la cara más complicada de un 'Ocho Mil' donde se les congelen los pies, que viajan a zonas de conflictos para ver cómo la muerte te pisa los talones. Todavía recuerdo un submarino, el 'Titán', que bajó con unos curiosos a ver los restos del 'Titanic' y no volvieron a contemplar un maravilloso amanecer.
Los millonarios que no saben qué demonios hacer con sus fortunas hacen viajes espaciales de quince minutos con la ambición omnipotente de retar al universo. Algunos de nuestros semejantes parecen tener averiado el radar emocional con el que venimos de fábrica, y se lanzan, sobre todo si se les promete la exclusividad, a este tipo de experiencias. Conocemos la teoría del respeto por los dislates que puede llegar a hacer el ser humano por 'sentir' vaya usted a saber qué, y nos conformamos con decir que a esos les falta un tornillo, pero de pronto salta una noticia para convencernos de que nunca estaremos seguros del alcance de la omnipotencia humana.
Adriano Sofri, un escritor italiano que entre 1992 y 1995 actuaba como cronista para diarios de su país, ha denunciado estos días la existencia de una especie de safaris humanos organizados en Sarajevo. Es decir, y de momento todo es muy difuso, que hubo quien realizó viajes de fin de semana a la ciudad para poder disparar a personas, emulando a los francotiradores, desde las colinas que controlaban las milicias serbobosnias. El asunto es que ningún medio de comunicación se ha asombrado o cuestionado la noticia.
Yo recuerdo leer con el alma en vilo 'El violonchelista de Sarajevo', del escritor canadiense Steven Galloway. Relataba la decisión de un joven músico cuando ve estallar un obús sobre la cola de una panadería que mata a veintidós personas. El intérprete, desde su ventana, al otro lado de la i, se hace la promesa de sentarse en el cráter que ha dejado el mortero y tocar el 'Adagio' de Albinoni una vez al día, y un día por cada una de las víctimas. Expuesto él mismo a los francotiradores, ignora que una joven, la más cruenta de entre ellos, protege al violonchelista porque su música le devuelve la esperanza. La realidad y la ficción… A veces los escritores, atrapados en una vida donde no existe el tiempo, tienen la oportunidad de redimir la historia de la estupidez humana. Pero para eso hay que escribir y leer.
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