Ciudades y coches

El SUM abre el debate sobre la penalización del uso del automóvil

Coches estacionados en zona OTA de Bilbao./Jordi Alemany
Coches estacionados en zona OTA de Bilbao. / Jordi Alemany
Pablo Martínez Zarracina
PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA

Tampoco es más fascinante ver el deshielo de un glaciar que asistir a un cambio social que se produce lentamente a pie de calle. Por ejemplo, el que tiene que ver con el coche, que está dejando de ser lo que fue durante buena parte del siglo XX, un símbolo de progreso, independencia y estatus, para convertirse en un objeto más bien engorroso: algo caro, enorme, contaminante y difícil de guardar.

Es la clase de cambio que demuestra su dimensión adquiriendo un generalizado reflejo emocional. La intensidad volitiva del joven que ayer deseaba comprarse su primer coche se ha desplazado hoy hacia el hartazgo del urbanita que no encuentra sitio para aparcar y comienza maldiciendo el tráfico para seguir con los impuestos, la gasolina, el seguro y las facturas del taller. La letanía desemboca en una mezcla de promesa y amenaza clavándose en el centro del volante como un dardo en una diana: «Porque lo necesito para trabajar, que si no…»

Las ciudades comienzan a defenderse de los coches porque necesitan oxígeno para respirar y espacio para reinventarse. Han descubierto que ellas son efectivamente el mejor invento de la historia, pero no solo en términos productivos, sino también en términos humanos. Es muy curioso: justo cuando la política parece agonizar, al urbanismo le desbordan las ideas. Y la ciudad del futuro quiere ser un lugar favorable al ciudadano, con buenos sistemas de transporte público que se complementen con otras opciones sostenibles hasta formar amplias redes de movilidad. La tecnología juega un papel fundamental en todo esto y ayuda a iluminar el sueño con su característico brillo promisorio. Hay quien asegura que tener un garaje debajo de casa será pronto algo tan extraordinario como tener una caballeriza.

Como suele pasar, el reverso de la promesa brilla menos. Tras afianzar las alternativas al coche, las ciudades no tienen otra que defender su apuesta. Ayer el alcalde Aburto habló del establecimiento de «incentivos positivos o negativos» y todos pensamos en los segundos, identificándolos con penalizaciones al uso del vehículo privado. Es uno de esos debates que conviene afrontar con impulso, ya que son imposibles de esquivar: vienen lanzados y hacia aquí. La primera jornada del SUM, el congreso sobre movilidad urbana que acoge Bilbao, era un buen momento para empezar.

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