Charca
En una semana los tertulianos han pronunciado la palabra mafia más veces que en lo que llevamos de legislatura
Sale a la luz el vídeo con la cleptómana pillada in fraganti y por un instante irrumpe la tentación de la piedad: déjenla ya. Ni ... es bueno hacer leña del árbol caído ni todo vale en la lucha por el poder. Pero pronto será la propia afectada quien, vencida por la fuerza superior de su propia naturaleza, alegue que también el acto de latrocinio fue debido a un error ajeno y con ese nuevo giro a la desfachatez nos dispense del deber humano de la misericordia. Ella se lo ha buscado, en efecto. Nada hay en esta dimisión que inspire lástima, sino todo lo contrario. Sin embargo la fábula podía haber provocado los mismos efectos, tanto en sus consecuencias políticas como en su llamada a la ejemplaridad, sin necesidad de este epílogo patético en el que la hasta hace poco triunfante líder ha quedado rebajada a la humillante condición de ratera de supermercado.
Y es aquí donde por primera vez en el curso del sainete es legítimo preguntarse quién lo pudo hacer y por qué. De nuevo cobra sentido ese «cuerpo a tierra, que vienen los nuestros» con el que la gramática parda de los políticos ilustra la conveniencia de precaverse del fuego amigo. Se avecinan tiempos de furia. Todo invita a pensar que se han traspasado ciertos límites y que la próxima campaña asistiremos a episodios del más exquisito navajerismo, no tanto entre partidos como entre personas concretas. Que la gloria periodística del caso se la haya llevado finalmente uno de los personajes más oscuros de las cloacas digitales es un buen indicador de la bajeza que nos espera en próximos episodios de acoso y derribo. El tópico de los últimos tiempos deposita toda la miseria moral de los debates públicos en la redes sociales.
Y es verdad que en ellas han encontrado buen acomodo el linchamiento, la injuria, la calumnia, el chisme y la maledicencia planificada. Pero se olvida que estas bonitas prácticas ya existían antes de Facebook, de Twitter y de ingreso arrollador de los bocazas en el reino de la opinión. Recuérdense aquellos famosos dosieres de cuando la Transición, que dieron al traste con carreras prometedoras y cuya sola mención tuvo en jaque a más de un político brillante. La sombra del vídeo mortífero, del tráfico de datos privados, de los currículums imaginativos y de las grabaciones comprometedoras se cierne ahora sobre cualquiera que crea estar en condiciones de presentar una ejecutoria decente. En solo una semana los tertulianos han pronunciado la palabra mafia más veces que en lo que llevamos de legislatura. No es buena señal. Antes la guerra sucia quedaba guardada como último recurso para la fase de nerviosismo previa al día del voto. Ahora se ha anticipado en varios meses, un plazo suficiente para envenenar la charca y dejarla en manos de lo mejor de cada casa, de esa hez de la política que siempre espera agazapada que se le presente la ocasión para hacer de la suyas.
¿Tienes una suscripción? Inicia sesión