Cataluña: cuesta abajo

El factor decisivo para el desequilibrio en la pugna entre independentismo y Estado lo representa hoy la inesperada fragilidad del Gobierno presidido por Pedro Sánchez

Cataluña: cuesta abajo
Antonio Elorza
ANTONIO ELORZA

La existencia de presos por una causa constituye siempre un instrumento eficaz de movilización y cohesión para la organización o el movimiento político al que aquellos pertenecen. Aunque fuera de imposible materialización, el 'presoak kalera' fue durante años el imán que no solo mantuvo adheridos a los militantes de la izquierda abertzale, sino que atrajo a otros nacionalistas. En un pasado más lejano, recordemos aquel intenso movimiento de solidaridad que tras el fracaso de la revolución de octubre del 34, en nombre de los «treinta mil presos», hizo posible la existencia primero, y la victoria más tarde, del Frente Popular.

Algo similar está sucediendo ahora en Cataluña, manejado con extrema habilidad y sentido de marketing político por el Govern. Se trata de mostrar una nación airada que busca la independencia como respuesta a la injusticia que representan los «presos políticos». Los hechos son cuidadosamente seleccionados. Así, en este septiembre de revival se olvida cuidadosamente que la cascada de movilizaciones y acciones institucionales independentistas tuvo como prólogo las sesiones fraudulentas del Parlament del 6 y 7 de septiembre. En ellas fue aprobada «la desconexión», machacando el Estatut, el propio reglamento y los derechos de los constitucionalistas. La imagen transmitida por el soberanismo es que fue por sí mismo el poble català, reflejado en la manifestación de la Diada, quien votó la independencia el 1 de octubre, forzando así a sus inocentes autoridades (última versión: Puigdemont no quería hacer lo que hizo el 27; la presión popular le obligó). Ahora se trata de poner en marcha el remake.

Según esa versión, si el Gobierno central cumplió con sus funciones y suspendió temporalmente las instituciones estatutarias mediante el 155, frente a la voluntad independentista del pueblo catalán –la sociedad catalana es otra cosa, aún no llega al 50% de voto soberanista–, ello supuso el aplastamiento de la democracia. Y como la declaración del 27-O no fue rebelión –¿qué fue entonces?–, los dirigentes presos se convierten en mártires de la democracia y de la nación. Los culpables acusan. Llarena y el Rey son los malos de la película. Y cuela. Ventajas del maniqueismo político.

Pero el factor decisivo para el desequilibrio en la pugna entre independentismo y Estado lo representa hoy la inesperada fragilidad del Gobierno presidido por Pedro Sánchez. A pesar de su débil presencia parlamentaria, el líder socialista supo reproducir la imagen de fuerza tranquila que en su tiempo diera la victoria a François Mitterrand en las elecciones francesas de 1981. Ofrecía un equipo ministerial en apariencia innovativo, con la fachada del predominio femenino, una intención declarada de acabar con el malgobierno y la corrupción del PP, y sobre todo una voluntad pronto avalada por los hechos de sustituir el inmovilismo «popular» por un «diálogo», léase negociación, con el Govern, aun cuando al frente del mismo estuviera el impresentable Quim Torra, máscara de Puigdemont.

La opinión pública reaccionó de inmediato muy positivamente, pero este capital político fue siendo erosionado por las vacilaciones provocadas por la exigencia de imponer el principio de relidad económica al principio de convicción (Arabia Saudí, impuesto sobre la Banca, etc.), o por puros y simples desajustes entre las opiniones de los ministros y la decisión del presidente. Todo ello acompañado por la sensación de que Sánchez esperaba en el caso catalán que su interlocutor estuviera dispuesto a acompañarle siquiera mínimamente en el camino de buscar una solución democrática que conciliara aspiraciones soberanistas y Constitución (referéndum de «autogobierno»). Y desde el principio, de eso nada: referéndum de autodeterminación «pactado», es decir avalado por el Gobierno, saltándose la Constitución, o la lucha sigue.

A pesar de ello, Sánchez podía contar con el desgaste y los conflictos de fondo que difícilmente esconde el frente soberanista, y eso por encima de manifestaciones multitudinarias como la de la Diada. La inesperada e impensable constitución de un muro judicial belga, presagio del que puede afirmarse más tarde en Estrasburgo, viene actuando en sentido contrario, y a eso se suman de nuevo las oscilaciones propias, visibles en el caso del juez Llarena. Signo más reciente de desconcierto: las declaraciones pro-presos del ministro Borrell, a quien por su cargo le está vedado expresar opiniones individuales en cuestiones de Estado. Podía al menos haber recordado que en casos anteriores comparables, reiteradamente, la libertad provisional sirvió para que los inculpados huyeran al extranjero. Y parece que solo ha sido el adelantado de la posición gubernamental. Mal estilo.

Esa sensación de inseguridad alcanza máxima gravedad en el caso de la exministra Montón, paralelo en el fondo de los precedentes del PP. Siempre por culpa de esos malditos másteres en temas públicos. Recuerdo personalmente que preferí abandonar el máster presencial que impartía en Ciencias Políticas y volver a clases de grado, más incómodas y menos atractivas. La razón es que, al lado de alumnos que cursaban el máster para su propia formación, había otros, siempre bien recomendados, habitualmente por colegas, o documentados, que lo querían solo para reforzar curriculum y que por sus actividades políticas o profesionales no podían asistir a las clases. Ante la acumulación de conflictos, simplemente me fui con la música a otra parte. Los resultados de ese mundo de corruptelas están ahí. Extraña primero la prepotencia de la exministra plagiaria que proclama una inocencia que ella misma sabía inexistente. Luego vino la tesis doctoral de Sánchez. El golpe es duro y, ya sabemos, con el Gobierno tocado, la aceleración cuesta abajo del independentismo resulta inevitable.

 

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