CAPITALISMO: LLAMADA AL MOTíN

La primera contradicción que se esconde detrás de los motines es que no son finalistas, expresan descontento, pero no buscan alternativas eficientes al orden recién derribado

CAPITALISMO: LLAMADA AL MOTíN
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Manfred Nolte
MANFRED NOLTE

El Capitalismo es un vasto sistema descentralizado de producción y distribución, basado en la libre competencia. Se trata del único régimen económico conocido capaz de elevar masivamente el nivel de prosperidad de los pueblos. Pero, lamentablemente, el capitalismo no admite el modo de pilotaje automático. Periódicamente descarrila y en ocasiones provoca accidentes de dimensiones colosales. Son los ciclos y las crisis. Y con ellas llega la ansiedad.

Lo novedoso es que, en determinadas circunstancias, la ansiedad extrema produce unas reacciones singulares llamadas motines. Batallas contra el establishment, contra el sistema vigente en el más amplio y etéreo de los sentidos. Trump, los populismos, o el 'Brexit', no son sino el producto de amotinamientos sociales vestidos de un ropaje aparentemente incruento.

La primera contradicción que se esconde detrás de los motines es que no son finalistas. Expresan descontento o desesperación. Buscan la destrucción del estado de las cosas, pero no cuentan entre sus herramientas la de buscar alternativas eficientes al orden recién derribado. No otra cosa estamos presenciando estos días con el insólito espectáculo de un 'Brexit' abocado al caos.

Los motines amigables protagonizados indistintamente por los extremismos de derecha e izquierda en los países centrales durante la última década no presentan soluciones alternativas realistas a los excesos del capitalismo o de la globalización que pretenden remediar. Porque carecen de aquel sentido, propósito o responsabilidad que hay que devolver a la sociedad traducido en las esencias del libre mercado evocadas por Adam Smith y los padres de la economía: propósito y reciprocidad en la contribución a la riqueza social. Los motines derivan en utopías, no en soluciones.

La primera revolución industrial que se extendió hasta mediados del siglo XIX en Inglaterra y Escocia fue fiel a los enunciados smithianos de una división del trabajo creadora de economías de escala, pero inspirada en principios morales.

Smith, el defensor de la 'mano invisible' creía igualmente en el hombre como un agente honorable, con deberes y obligaciones. La primera gran crisis del capitalismo en 1840 reveló innumerables ejemplos de filantropía por el lado de la derecha empresarial. Y en la izquierda fue el origen del movimiento cooperativo en Rochdale, o Halifax, que se extendió luego a Europa y al Mundo.

En ambos casos estaba presente un apreciable sentido de la reciprocidad donde los derechos y las obligaciones de los actores sociales intervenían por igual.

El mayor retroceso de la frágil equidistancia social surge décadas después, con el surgimiento de la escuela utilitarista y más tarde con los postulados de Milton Friedman. La nueva ideología de Jeremy Bentham separa moralidad y valores, al afirmar que una acción es moral si promueve la mayor utilidad del mayor número de personas. La consecuencia inmediata es que el consumo es bueno y el trabajo malo, un axioma desintegrador.

La socialdemocracia contraatacó promoviendo políticas fiscales beligerantes que trasvasaban recursos (utilidad) de los más pudientes a colectivos más necesitados, aunque sin una clara apelación al sentido de la reciprocidad social.

La sociedad se convierte progresivamente en un conglomerado de agentes reivindicativos que reclaman derechos con una pérdida significativa de la conciencia de sus deberes.

Milton Friedman aviva el incendio utilitarista con generosos regueros de gasolina: lo único relevante de una empresa es la maximización del beneficio. La avaricia es buena. El 'efecto derrame' hará lo demás. La economía no precisa de la ética. Y así, el talante moral del empresariado se degrada hasta nuestros días, y se evapora en las escuelas de negocios. Entretanto, el efecto derrame queda desmentido por las divergencias mostradas por la globalización. La insolidaridad se convierte en patrón de comportamiento. La empresa se blinda en la torre del beneficio, el individuo se convierte en una isla, la familia se descompone y todos trasladan a 'Papá Estado' la responsabilidad última de todos los males económicos. El Estado y el paternalismo sustituyen al comunitarismo y a la corresponsabilidad.

Se cierne un complot impreciso contra el vigente desapego moral del capitalismo. Si no se alcanza a regenerar la sociedad con una cultura de cooperación leal de todos los agentes económicos, donde derechos y obligaciones se armonicen cabalmente, es posible que las nuevas utopías que surjan de sucesivos motines causen males peores que los que pretenden curar.