Hacen bueno lo peor

La desaforada reacción de la oposición a la torpeza del Gobierno hace bueno lo que hasta sus más leales apoyos consideran ser el peor error que había cometido

Hacen bueno lo peor
EFE
José Luis Zubizarreta
JOSÉ LUIS ZUBIZARRETA

¡Vaya por dios! Cuando más falta hacía el sosiego para que la Justicia desarrollara su labor en el caso de los secesionistas, nos salen los políticos con esta trifulca de última hora que perturba la deseable tranquilidad ambiental. La propuesta del Gobierno en orden a crear una confusa mesa de partidos sobre el conflicto catalán, con la figura añadida de un enigmático «relator», así como las reacciones de la oposición, han prendido un fuego que no tiene visos de apagarse, pues muchos y variados son los intereses empeñados en mantenerlo vivo. Para colmo, la oportunista retirada de la propuesta, redactada sin duda para amortiguar los efectos de la trifulca, ha venido a avivarlo aún más, pues lo que antes podía haberse defendido como atrevimiento y valentía será ahora criticado como cobardía y claudicación.

Ha de admitirse que las condiciones políticas eran ya propicias para que cualquier mínima chispa incendiara el ambiente. Pero la que ha terminado prendiéndolo no parecía de suficiente entidad como para causar tamaño incendio. Varias han sido ya, en nuestra breve historia democrática, las mesas paralelas que se han creado para abordar asuntos políticos, dotadas todas ellas, según pidiera el caso, de sus correspondientes «relatores», y en modo alguno se había visto afectada por ellas la dignidad o la eficacia de nuestras instituciones. Por el contrario, ambas han solido salir muy bien paradas. En este caso, sin embargo, las condiciones ambientales, unidas a la torpe presentación de la propuesta gubernamental, han contribuido sobremanera a que se produjera el incendio.

Admitamos, pues, de entrada, que la alta temperatura, los fuertes vientos y el bajo grado de humedad del actual clima político, más que la propuesta en sí, son las que han propiciado que el incendio prendiera y se extendiera con inusitadas intensidad y rapidez. Pero sobre ello volveremos. Mejor seguir la cronología de los hechos y comenzar, más que por el combustible, por la chispa que a él se ha aplicado. Veamos.

Hay que reseñar, en primer lugar, que lo que el Gobierno presentó el miércoles pasado no era, en realidad, una «propuesta», sino una «respuesta», en cuanto que suponía un gesto reactivo a las demandas previas del secesionismo. Cargaba, por tanto, de salida con la sospecha de ser una «cesión» a la presión que viene ejerciendo sobre él, desde su inicio, el independentismo catalán. La sospecha era además coherente con los continuos mensajes que el Ejecutivo transmite de su extrema debilidad, así como, y sobre todo, de su dependencia respecto de los partidos que lo auparon al poder y, más en concreto, de los grupos catalanes ERC y PDeCAT. Todo era, pues, terreno abonado para que tanto la oposición como la parte del socialismo que, tras los comicios andaluces, ve amenazadas sus expectativas electorales por la política gubernamental se vieran movidas a expresar, la una, su rechazo rotundo y, la otra, su seria preocupación.

La sospecha se vio además alimentada por el torpe modo en que la vicepresidenta hizo pública la propuesta. Fue tal su verborrea que sus palabras más parecían querer velar que desvelar el contenido de lo que decían. No dejó claro ni cuál era la naturaleza de la mesa de partidos ni qué relación guardaba con las instituciones pertinentes ni qué objetivos perseguía ni quiénes eran sus integrantes ni cuál sería, sobre todo, el cometido del enigmático «relator» que a ella se sentaría. Más que un ejercicio de transparencia resultó ser un truco de ocultismo. Engañó hasta a sus interlocutores.

Pero lo que hasta entonces era sólo sospecha se vio corroborado por los hechos. La propuesta gubernamental quedó emparedada entre dos gestos del secesionismo que la contextualizaron y le dieron el golpe de gracia. El día anterior a su presentación, ERC había registrado en el Congreso su enmienda a la totalidad del Presupuesto. El siguiente, el Govern haría públicos los 21 puntos que Torra había entregado en mano a Sánchez al término de su reunión en Pedralbes. Con ambos gestos, el secesionismo indicaba que la cosa iba de compraventas. Cuentas públicas y conflicto catalán se intercambiaban de manera inaceptable. En contra de lo que el Gobierno había prometido, la propuesta no era para encauzar el problema de Cataluña, sino para seguir en el poder una vez lograda la aprobación del Presupuesto. Eso tenía ya visos de chantaje.

El rechazo de la oposición es, desde este punto de vista, explicable y justificado. No lo es, en cambio, su expresión sobreactuada y desaforada. Recurrir de inmediato a la calle, sin pasar por las instituciones, es un salto arrriesgadamente populista. Y en cuanto a las insultantes, injustas e incendiarias palabras que ha proferido el joven líder del PP, espigadas una a una en el diccionario con indisimulada alevosía, sólo cabe decir que merecen que alguien con autoridad en su partido le dirija la admonición que un día hizo famoso en el mundo entero al rey emérito: «¿Por qué no te callas?». Con esta torpe actitud está haciendo bueno lo que hasta los más fieles apoyos del Gobierno consideran su peor tropiezo. No sería, por ello, de extrañar que el miedo que tan desaforada actitud inocule en el electorado tenga efecto bumerán y se vuelva en su contra. Pues, si grave es que un Gobierno utilice mañas para apalancarse en el poder, más lo es que la oposición movilice a la gente en nombre de la nación para arrebatárselo aun a riesgo de provocar una confrontación civil incontrolable. De la arrogante intransigencia del secesionismo, otro día.