Batallitas del abuelo

Desde hace dos décadas ha surgido la idea de que Euskal Herria tiene un Reino medieval donde encontrar sus raíces: el Reino de Navarra, primer 'Estado' vasco

Batallitas del abuelo
SR. GARCÍA
Santiago de Pablo
SANTIAGO DE PABLO

Pocas épocas históricas han sido fuente de tantos mitos nacionales como la Edad Media. Mezclando historia y leyenda, tanto los estados-nación como los nacionalismos alternativos han buscado en esa etapa eventos o personajes que representaran el origen de su nación. En esta búsqueda de elementos fundacionales, algunos nacionalismos lo han tenido más fácil, al existir datos contrastados de su historia en la Edad Media y cierta continuidad entre las estructuras institucionales surgidas en esa época y las actuales.

En el caso del nacionalismo vasco, la inexistencia de una unidad institucional entre los diferentes territorios históricos y lo poco llamativo de la historia medieval de la actual comunidad autónoma vasca, en comparación con otras áreas, ha influido en su visión de la Edad Media. El propio Sabino Arana prestó atención al Medievo pero, ante la imposibilidad de encontrar referentes en la historia, lo hizo partiendo de leyendas como la batalla de Arrigorriaga y Jaun Zuria, el supuesto primer Señor de Bizkaia. Estos relatos legendarios, demasiado vizcaínos, eran poco útiles para una construcción nacional vasca. Además, tenían tan poca base histórica que el propio PNV los fue abandonando, hasta olvidarlos por completo.

Por el contrario, desde hace aproximadamente dos décadas ha surgido con fuerza la idea de que Euskal Herria sí tiene un Reino medieval donde encontrar sus raíces, como cualquier nación europea que se precie. Este sería el Reino de Navarra, el primer 'Estado Vasco', que según esta teoría incluso habría llegado a dominar en su etapa de máximo esplendor la totalidad de los territorios de Vasconia. Uno de los mitos de origen de este Reino es la batalla de Roncesvalles, que habría tenido lugar precisamente un 15 de agosto.

En realidad, las circunstancias de esta batalla son muy inciertas: muchos historiadores dudan de si realmente tuvo lugar en el actual Roncesvalles, al norte de Navarra, o en otro lugar de los Pirineos; no hay datos sobre su fecha, que oscila entre el año 778 y el 824, ni sobre si fue una gran batalla o una o varias escaramuzas; está claro que el derrotado fue el ejército de Carlomagno, pero algunas crónicas atribuyen la victoria a las tropas musulmanas establecidas en la Península Ibérica y otras a los vascones, de un lado u otro de los Pirineos; hay quien habla incluso de una alianza entre ambos, o de contingentes de hispano-godos y astures.

Con independencia de las investigaciones históricas, cierta literatura vinculada a la izquierda nacionalista radical, siguiendo la estela iniciada por los fueristas en el siglo XIX, ha interpretado la batalla como un enfrentamiento heroico entre los vascos (con un ejército salido del pueblo, que defendía su independencia secular, amparado en sus montañas) y las tropas de Carlomagno. Según el fuerista Arturo Campión, en Roncesvalles los vascos defendieron «el derecho que posee todo pueblo de mantener su independencia nacional, su lengua, sus leyes y sus costumbres». Estas teorías no solo relacionan Roncesvalles con el nacimiento del inicialmente denominado Reino de Pamplona (aunque éste surgió en realidad un siglo más tarde), sino que establecen una línea de continuidad absoluta entre esa batalla y la lucha actual del pueblo vasco.

En 1978, con motivo del supuesto 1.200 aniversario, se organizó un acto conmemorativo no exento de trasfondo político. La propia Herri Batasuna publicó un manifiesto titulado 'Roncesvalles: la lucha del Pueblo vasco por la independencia', en el que afirmaba que la batalla constituía «la acción de guerra más famosa y seguramente más trascendental del pueblo vasco en la época histórica». La conmemoración perdió fuerza en los años siguientes, recuperándose en la década de 2000, en relación con la interpretación antes mencionada, con el nombre de Askatasunaren Eguna ('Día de la Libertad').

Hace justamente un año, el miembro de Orreaga Taldea Kepa Anabitarte escribía que el 15 de agosto se celebra «el día de la libertad. La batalla de Orreaga (778-824). Como cualquier año precedente, pretendemos, desde luego, homenajear con nuestro recuerdo la gesta de nuestros antepasados, destacando su extraordinario valor político». Tras resaltar la «estrategia perfecta» que había permitido a los vascos crear «una organización política soberana» después de Roncesvalles, hablaba del siglo XVI (en el que Navarra fue conquistada por Fernando el Católico) como el momento culmen de «las invasiones totalitarias» contra el «Estado de Nabarra», que «sigue hoy reconocido, aunque diezmado, en los organismos internacionales (ONU, etc.) por lo que afirmamos su vigencia y actualidad (…). Nos asiste la legitimidad de un Estado vivo, no disuelto jamás por el pueblo vasco. Además, podemos asegurar que los distintos territorios que integran Euskal Herria no han gozado ya de otra independencia que la que les ha conferido y garantizado el hecho de haber formado parte del Estado del Pueblo Vasco».

Tras criticar soluciones intermedias, como la autonomía, este autor concluía que «el derecho de autodeterminación, como todos los derechos fundamentales e inherentes, no depende de elecciones, de mayorías o minorías convencionales». Leyendo este tipo de textos, no es extraño que el historiador Antonio Rivera haya acusado a estas interpretaciones presentistas de la historia medieval navarra de situarse «en los límites de lo fantástico». Unos límites que a veces se traspasan más allá de lo imaginable.

 

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