o mio babbino caro

Estoy harta de pasar envidia y me pregunto si estaré a tiempo de hacerme francesa

o mio babbino caro
Elena Moreno Scheredre
ELENA MORENO SCHEREDRE

El féretro de Charles Aznavour salió de Les Invalides, arropado en su último paseo por la bandera francesa y en brazos de soldados engalanados. Varios presidentes de Francia, gentes del cine, del teatro y de la literatura, además del pueblo llano apretaban filas presentando su respeto por el artista frente a las cámaras de televisión del mundo. La 'mis en scene' era semejante a las exequias de un presidente de gobierno; los atuendos formales oscuros, la música, solemne y admirada, y el silencio de una sincera gratitud flotando en el aire. Armenio de origen y francés de adopción fue despedido por un discurso del presidente Macron, que terminó eternizando la voluntad de todos los gobiernos de la República vecina: «En Francia, un poeta nunca muere».

La representación no era la primera. Desde Johnny Halliday al escritor Jean D'Ormesson, los Campos Elíseos han enmudecido para dejar pasar los féretros de los que habían proporcionado felicidad con sus creaciones literarias y musicales. Francia sabe que el arte no tiene bandera o territorio. Hace unos días, Montserrat Caballé moría en Barcelona tras una vida dedicada a darnos la nota más hermosa de su privilegiada garganta. Un tanatorio digno la acogía para poder ser despedida. En su funeral, en uno de los bancos se apretaba la reina Sofía, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, el cultivado señor Torra y la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau. Naturalmente, aunque estuvieran como sardinas en lata también estaba Pablo Casado y el ministro de Cultura. Ofició la misa el padre Ángel, acompañado del sacerdote de guardia en el tanatorio de Les Corts y del padre Apelles. La voz de la soprano rasgaba el aire. La dulzura majestuosa de sus pianísimos en su 'O mio babbino caro' no amansó a las fieras.

Cuando en 1965 el Carnegie Hall de Nueva York se levantó para romperse las palmas durante veinte minutos mi ruiseñora entregaba su vida al bel canto para acompañarme mientras escribo. Al escucharla, me envuelve en tan sublime bienestar que casi olvido lo miserable que este país se muestra con sus artistas no considerándolos un patrimonio a conservar. No puedo sino rendirme a quien me ha conducido a los casi inalcanzables lugares donde reside lo excelso, ese cielo cuya eternidad se mide por instantes y a donde nos llevan quienes entregan su vida al arte. Mi querida Montserrat, al final, las luchas de banderizos te alcanzaron como a cualquiera de nosotros. De nada te sirvió ser única; como tú bien sabías solo pertenecemos a quien nos ama sin exigirnos pertenencia. El Liceo hubiera debido estar al menos iluminado, resplandeciente, jubiloso de haber gozado de ti, para que los turistas que pasean por Las Ramblas imaginaran que no somos estos necios que no rinden homenaje a lo mejor que poseemos. Estoy harta de pasar envidia y me pregunto si estaré a tiempo de hacerme francesa.

 

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