¿Apología del olvido?

Bildu aseguró el portaaviones que llegó a Getxo «nada tiene que ver con salvar vidas» y que representa la «miseria y muerte». La paja en el ojo ajeno y la viga en el propio./
Bildu aseguró el portaaviones que llegó a Getxo «nada tiene que ver con salvar vidas» y que representa la «miseria y muerte». La paja en el ojo ajeno y la viga en el propio.
Manuel Montero
MANUEL MONTERO

La 'memoria histórica' se ha convertido en el santo y seña de las autodenominadas fuerzas de progreso, pero algunas actitudes sugieren que a veces es una engañifa. Que se prefiere el olvido, al menos en lo que se refiere al pasado reciente, en el que existen responsabilidades concretas.

Cabe apreciarlo en la recepción al portaaviones que llegó a Getxo. El discurso con que Bildu rechazó al «buque opresor» es de traca. Aseguró que «nada tiene que ver con salvar vidas» y que representa la «miseria y muerte». La paja en el ojo ajeno y la viga en el propio. El discurso parece alegato de un grupo ultrapacifista. Además de falaz, gesta una impostura. Esa imagen de inocencia ofendida proviene de quienes durante décadas jalearon al terrorismo, que siguen sin condenar. ¿Amnesia?

De paso, los salvadores de la patria podrían revisar sus conceptos sobre el pueblo vasco. De creerles, este rechazaba indignado al barco de la Armada española, a ver si no. Pues resulta que no a juzgar por el gentío que acudió. A medida que se siente liberada de las presiones violentas, quizás la gente empieza a hacer lo que quiere, pasando de las directrices sobre qué le tiene que gustar al buen vasco y qué no.

Incidentalmente: los compañeros de viaje de Bildu-pacifista que despotricaron también contra la llegada del portaaviones -incluidos los socialistas- podrían mostrar alguna contrición y abandonar su seguidismo al falsario, a no ser que compartan paranoia. De lo contrario, les conviene el consejo de Groucho Marx: «es mejor estar callados y parecer tontos que hablar y despejar las dudas definitivamente».

Por lo que se ve, los políticos, incluso los populistas, suelen desconocer cómo respira el pueblo que guían. Lo confunden con sus deseos.

Tal barahúnda mental contribuye al blanqueamiento que lleva a cabo la izquierda abertzale, que desde que ha perdido su guerra -la guerra que creía librar y que sólo existía en sus fantasías- pretende presentarse como una especie de corporación beatífica, mezcla de ejército de salvación para ayudar a los ancianos a cruzar la calle y agrupación política de nobilísima ejecutoria dedicada a abrazar el bien y cualquier concepto progre que se le cruce en el camino.

Sólo así se entienden sus autodefiniciones actuales: ¡son «independentistas, republicanos, feministas y euskaltzales»! Eso dicen. Hemos mejorado respecto a lo de «alegres y combativos» o «MLNV que conglomera al auténtico pueblo vasco», pero lo de «feminista» era imprevisible hace muy pocos años. Es tal la diferencia con sus prácticas históricas que suena a oportunismo, entre tantos calificativos que podían haber elegido. El «republicano» da en disfraz de postín: jamás los hubiésemos pensado monárquicos, pero no les encaja el republicanismo histórico ni sus valores cívicos. Como si lo determinante de su historia hubiese sido la república y no la violencia, la independencia, la territorialidad, ETA, la identidad y demás.

¿La memoria? No: más bien el olvido aparece como el requisito para construir la nueva imagen, basada en la ambigüedad y el artificio. La adopción de nuevos tópicos y eufemismos resulta prodigiosa. Por ejemplo, se apunta al carro de las metáforas izquierdistas, «la izquierda [que] no olvida las grandes preocupaciones económicas de la gente». ¿Qué gente? ¿Qué economía? Ambos conceptos están en las antípodas de sus preocupaciones históricas. Quién te ha visto y quién te ve: medio siglo de vida agresiva y ahora resulta que estaban en tales menesteres y no entre mesas nacionales, obsesiones por el conflicto, negociaciones y etcétera. Como si no les hubiese caracterizado la obsesión por distinguir entre los nuestros y los enemigos del pueblo vasco.

Para esta reconversión, la izquierda abertzale no echa mano de nuevas hornadas de dirigentes, sino que repiten los mismos, sin apenas renovación. Quienes se identificaron expresamente con el terror mutan ahora en una versión light de Blancanieves y Caperucita o de Vasco recogiendo flores para la abuelita.

El triple salto mortal suena a sainete y requiere una sobredosis de credibilidad: crédulos los querrá el Señor, ya que con el arrepentimiento no parece posible contar. Así, cabe sobresaltarse: quieren cotas de soberanía política para «edificar una sociedad más justa» y hacer «otras políticas públicas». Resulta que la soberanía no era un fin sino un medio, que todo consistía en asesinar y extorsionar para traernos la justicia social y políticas progres, modelo gestión de basuras que ensayó en Guipúzcoa. Para este viaje…

La metamorfosis doctrinal de aguerridos dirigentes en modélicos ciudadanos penitentes no carece de interés. ¿Serán capaces de gestar emociones evocando actitudes que no existieron jamás? Y sin emociones identificadoras no hay tutía. Parece una empresa imposible, pero a veces... Anhelan «una república vasca de iguales». Mientras no expliquen qué quieren decir en esta frase los términos «una», «república», «vasca», «de» e «iguales» los fieles quedarán desconcertados. Son más de que les hablen del «afán español de venganza» y de mensajes rotundos sobre la libertad frente la opresión.

Con todo, en este aggiornamiento preocupa que al gran timonel le asista alguna razón cuando explica el objetivo de ser «determinantes en Madrid». No porque tenga ninguna lógica democrática que tales votos determinen el Gobierno, sino por si algún aventurero les compra la mercancía. En la neolengua de los nuevos tiempos, el precio ya está tasado: esta gente quiere «abrir en el Congreso un diálogo sobre la autodeterminación».

A buen entendedor…