¿Estamos ante una distopía?

La asunción del feminismo por parte de la política tradicional no puede ser un lavado de cara, debe ser algoque impregne, justifique e impulse sus decisiones

Mujeres disfrazadas como las protagonistas de 'El cuento de la criada' en Argentina durante una marcha. /AFP
Mujeres disfrazadas como las protagonistas de 'El cuento de la criada' en Argentina durante una marcha. / AFP
María Silvestre Cabrera
MARÍA SILVESTRE CABRERA

Este verano, en una cena en cuadrilla al estilo vasco, los hombres sentados a un lado y las mujeres al otro, nos enzarzamos en una discusión sobre la serie 'El cuento de la criada'. Todo empezó porque comenté que el prólogo de la autora, Margaret Atwood, en la edición de Salamandra, me había conmovido y me había parecido una de las cosas más lúcidas que había leído en mucho tiempo. Margaret Atwood explica que su ciencia ficción se basa en hechos ya acontecidos: fundamentalismo religioso, clasismo, maternidad subrogada, genocidios, xenofobia… quizá por eso la serie, y sobre todo la novela, resulten tan hipnóticas e inquietantes. Pero volvamos a la discusión de cuadrilla; algunas de mis amigas me dijeron que no podían entender cómo era posible que me gustara algo tan desagradable, tan duro de ver… Me temo que hoy, en enero de 2019, tengo más argumentos que en agosto de 2018, para afirmar que 'El cuento de la criada' nos sitúa ante una distopía sumamente veraz e inquietantemente posible.

Otra novela de la que me acuerdo estos días es la fantástica 'Tú no eres como otras madres' de Angelika Schrobsdorff. Recuerdo sobre todo la ansiedad que me provocaba el ser conocedora de lo que les iba a ocurrir a las protagonistas, tres mujeres judías en pleno Berlín de finales de los treinta, la perplejidad que me provocaba comprobar su inocencia y, sobre todo, su ceguera y la imposibilidad de hacerles conscientes del riesgo inminente.

Hoy tenemos señales que no podemos pasar por alto: Trump y Melania-Barbie, la vuelta de Berlusconi, la presidencia de Salvini, la masculinidad de Putin, la ministra de Mujer, Familia y Derechos Humanos del Gobierno de Jair Bolsonaro, Damares Alves, que quiere «mujeres vestidas de rosa», Vox y el PP negando la violencia de género, renombrándola para diluirla y para poner en cuestión lo incuestionable: que las mujeres sufren violencia, discriminación y desigualdad por ser mujeres.

Hay mucha gente perpleja ante el discurso de Vox. Sin embargo, lo más preocupante no es que un partido minoritario de extrema derecha tenga un discurso machista y xenófobo, lo que es un verdadero riesgo es que PP y C's, en lugar de construir un cordón sanitario, cuestionar y deslegitimar el discurso de extrema derecha, lo adopten, lo refuercen y lo legitimen, dándole un altavoz y ocultando su inconstitucionalidad. Como bien describió Susan Faludi, toda acción tiene una reacción, y la derecha, tanto la extrema como la que se afirma democrática, están reaccionando ante la marea feminista.

El otro día veía la película 'Denial' que recrea el juicio que tuvo que enfrentar la historiadora Deborah E. Lipstadt ante la demanda interpuesta por el negacionista del holocausto, David Irving. Al final de la película, con la sentencia a favor (siento el spoiler, pero se basa en hechos reales), la protagonista, interpretada por Rachel Weisz, afirma con rotundidad que no está en contra de la libertad de expresión, pero que la mentira no es libertad de expresión. No se puede negar el holocausto y no se puede negar la violencia ejercida contra las mujeres por el hecho de ser mujeres. No es opinión, no es opinable, simplemente es mentira. El mensaje secreto de las criadas, 'Nolite te Bastardes Carborundorum', sería un buen lema con el que enfrentarse a la reacción machista, a la postverdad, para desautorizar un discurso que no merece una réplica argumentada, sino su ostracismo y plena deslegitimación por su carácter falso y difamatorio.

No solo la extrema derecha, también el neoliberalismo y el neoconservadurismo, esconden su discurso machista tras la reivindicación de los valores tradicionales: una familia tradicional, con una tradicional división sexual del trabajo, en el que la mujer es madre, esposa y cuidadora, escenario en el que no es necesario un extenso y desarrollado Estado de bienestar, donde es posible aplicar políticas de ajuste y de recorte y en el que quedan sumamente secuestrados los derechos de las mujeres, de todas ellas, también de las que votan a Vox, solo que ellas asumen ese rol tradicional, como Serena Joy, una 'Esposa' en 'El cuento de la criada' que, tras establecer las bases de Gilead, sufre sus consecuencias. ¿Estamos ante una distopía?

A pesar de todo, mantengo una visión optimista y confío en el triunfo del movimiento feminista, en su cada vez mayor transversalidad, en la adopción de sus principales postulados por parte de los partidos políticos, de los parlamentos y gobiernos. La regeneración democrática y la refundación de la izquierda ideológica y política pasa, necesariamente, por la adopción de las medidas feministas en economía (el buen vivir), en política familiar (corresponsabilidad), en política educativa (coeducación) y en todas y cada una de las políticas públicas a implementar. Es una revolución, no silenciosa, no violenta, no excluyente, es una revolución porque quiere revertir el orden de las cosas desde su raíz. La asunción del feminismo por parte de la política tradicional no puede ser un lavado de cara, debe ser algo que impregne, justifique e impulse sus decisiones. No es el perejil de la salsa, ni siquiera el ingrediente secreto, es la receta.

 

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