Amaya, una comunista vasca

La hija de la Pasionaria, ante unas fotos de su madre. /E. C.
La hija de la Pasionaria, ante unas fotos de su madre. / E. C.
Antonio Elorza
ANTONIO ELORZA

Uno de los rasgos del estalinismo consistía en el aislamiento total de aquel que ya estaba destinado a la exclusión o a la purga. Dejaba de existir para los camaradas, e incluso si coincidía físicamente con ellos, estos le convertían en invisible. Era la mirada estaliniana, que afectó a la existencia cotidiana de Irene Falcón, la secretaria de Dolores Ibárruri, desde que en 1952 fuera ejecutado tras el proceso Slansky el dirigente checo Bedrich Geminder, con quien había convivido años atrás. De acuerdo con la regla de Ivan el Terrible, recuperada por Stalin, ese hecho la convertía en culpable por no revelar la traición del compañero. Pasionaria acabó salvando a Irene, enviándola a la China de Mao, donde pudo ejercer sus dotes de políglota, pero antes participó del aislamiento. Con ocasión de un entierro en Moscú, nadie se acercó a Irene, salvo la joven Amaya, la hija de Dolores, quien llegó corriendo, la dio un beso y volvió escapada con los demás asistentes.

A pesar de su prolongada experiencia en el país de los soviets, Amaya Ruiz Ibárruri, que ha fallecido recientemente en Madrid nonagenaria, no reflejó esas circunstancias trágicas que tuvo que contemplar, la otra cara del paraíso, y que en el momento de llegar a la URSS en 1935 llegaron a afectarla personalmente. En su comportamiento siempre mostró una lealtad absoluta al sistema comunista. Esto mismo pudiera decirse también de su madre, que sin embargo supo alzarse de modo rotundo frente a los dirigentes de la URSS, los Brezhnev y Suslov, para condenar la invasión de Checoslovaquia por los ejércitos del Pacto de Varsovia. Sin duda Amaya debió percibir los «errores comunistas» más de una vez en el curso de su vida, incluso durante la última enfermedad de Dolores, pero nunca reveló nada.

En la biografía de Amaya se suceden dos tipos de situaciones, donde el tránsito de la primera –penuria y radicalización ideológica en la cuenca minera de Bizkaia– a la segunda, hija de una estrella del comunismo mundial, es consecuencia del ascenso político de Pasionaria, a partir de su intervención en el XIII Pleno de la Internacional Comunista, en Moscú a fines de 1933. Stalin admira la fuerza oratoria de la comunista vizcaína, aun sin entenderla, y sus críticas a la estrategia sindical de la Comintern en España son acogidas favorablemente por Manuilsky, entonces principal colaborador del Jefe.

Por encima de todo, Dolores Ibárruri queda fascinada ante el espectáculo de los obreros armados desfilando en la Plaza Roja. Lo necesitaba para superar los deseos de irse a su «huerto y a su choza» para sembrar patatas en Somorrostro. A la vida ordenada, pero mísera, de la mujer minera, reflejada en el semanario 'Estampa' (octubre de 1931), se añadían cargas difícilmente soportables, uniendo militancia y cuidado de los hijos supervivientes, Rubén y Amaya. Dos de seis, con nombres bíblicos, Rubén, Esther, la mayor, o procedentes de Amaya o los vascos en el siglo VIII, como Amaya o la fallecida Amagoya. Más las estancias en la cárcel y la frustración ante los fracasos del «clase contra clase» dictado desde Moscú y mal interpretado en Madrid.

Hasta entonces la vida de la pequeña Amaya sufrió los vaivenes de la militancia materna, cárceles incluidas, y también experimentó una temprana radicalización ideológica, similar a la de otros hijos de mineros, en tiempos de crisis del sector y represión, tanto en Dictadura como en República. Entonces se va forjando la firmeza de su actitud revolucionaria.

El traslado de Dolores a Madrid como dirigente nacional, acompañada de sus dos hijos, no mejoró las cosas. Militancia y nuevos encarcelamientos hicieron aconsejable el traslado de Amaya y Rubén a Moscú, donde en 1935 la niña pasa a una guardería en la que permanecerá años, salvo una visita a España en 1938, padeciendo los avatares de la guerra. El relato gira en torno a su madre y a ella; los comunistas españoles en Rusia son solo un telón de fondo. Está incluido en sus memorias inéditas que valdría la pena publicar. En la posguerra inmediata, salpicada de aventuras, pasa de una estancia militante en Francia con su madre, hasta que les es impedido regresar desde Moscú en 1949, abriendo una prolongada etapa soviética que solo se cierra con el regreso tan esperado a España en 1977, de nuevo con su madre. Mientras su salud se lo permite, Amaya visita una y otra vez Moscú, donde trabaja en el Instituto del Movimiento Obrero Mundial.

A partir de 1945, la excepcional posición de Dolores en el vértice del movimiento comunista pudo haber asegurado a Amaya la inclusión en la nomenklatura, reforzada por su matrimonio en 1951 con el general Artemio Sergeyev, héroe de la «guerra patriótica» y ahijado de Stalin. De los veinte años de convivencia nacieron dos hijos y una hija. La estima de Stalin por Artemio – su amado hijo adoptivo», según Sebag Montefiore– era tal que siendo niño recibe un puesto de honor en el entierro de la esposa del Jefe. Solo que esa confianza afectuosa no debía acarrear, para el criterio de Stalin, privilegio alguno, de manera que Artemio tuvo que ganarse a pulso su brillante carrera militar y luego siguió comprometido con la vida de guarnición durante su matrimonio con Amaya. Siempre mantuvo la lealtad a Stalin, viendo en la Perestroika una traición.

Una vez asentada en España, Amaya acompañó día a día hasta su muerte a Dolores, lo cual la permitió conocer a fondo su preocupación religiosa, expresada en las conversaciones con el Padre Llanos, quien acabó encontrándola sitio «en la Casa del Padre». Amaya contó en sus difíciles últimos años con el cuidado de su hija Lola. Antes presidió la Fundación Dolores Ibárruri e intervino en actos, incluso ya octogenaria, con una voz vibrante, legado de la madre. Al escucharla, nadie podía dudar de que creía en el comunismo.