Más allá de Arzalluz

Mostró un histriónico talento para jugar a bueno y a malo en la tarima pública

Más allá de Arzalluz
Luis Tejido / EFE
Iñaki Ezkerra
IÑAKI EZKERRA

La muerte de Arzalluz le sume a uno en una melancólica reflexión sobre el desvalimiento esencial de la condición humana y la banalidad de todas nuestras ansias o vanidades; sobre la caducidad de nuestra salud o de nuestra fuerza, que un día nos acaban abandonando inexorablemente. El ser que rugió como un león; que hizo alarde de su capacidad para desafiar y atormentar a los otros; que inspiró a su alrededor inquietud, miedo y reverencia servil; el perdonavidas que se creía invencible y eterno; el hombre, en fin, que blandió con arrogancia el bastón del poder para poner a una sociedad al borde del paroxismo, acaba un día reducido a la nada. Arzalluz había sido jesuita y debía saber esto, esa verdad básica que repiten los curas en los miércoles de ceniza. Debía saber que polvo era y que en polvo se convertirían él, su Lizarra, su Rh negativo, su verbo rabioso, la guerra que nos dio a todos.

Yo recuerdo que en mi colegio de los Hermanos de la Salle había uno de ellos que se parecía mucho a Arzalluz tanto en el verbo encendido como en la mala leche y que disfrutaba mucho contándonos una vez y otra la conversión de Francisco de Borja; escenificando teatralmente la honda impresión que el caballerizo mayor de Isabel de Portugal experimentó al ver el cadáver de su señora y toda su belleza reducida a un montón de despojos. Aquella imagen de la emperatriz convertida en un nido de gusanos le impresionó tanto al buen hombre que se hizo santo no sin antes pronunciar el famoso «Juro no más servir a señor que pueda morirse». Frase que es un claro antecedente del «A Dios pongo por testigo» que pronunció Vivien Leigh en 'Lo que el viento se llevó'.

No. No digo yo que los actuales dirigentes del PNV abracen la santidad como Francisco de Borja ante la muerte de su antiguo jefe y al ver en qué se ha quedado no la belleza que éste nunca poseyó ni por dentro ni por fuera, pero sí el sombrío poder y el don para la intriga de los que hizo obsceno alarde. Lo que sí creo es que la realidad implacable de la ancianidad, la enfermedad y la muerte debería llevarnos a todos a una reflexión sobre la futilidad de la manía de atormentarnos unos a otros con purezas de sangre, árboles y nueces, estados libreasociados, naciones forales y otros inventillos e iluminaciones. Arzalluz mostró un histriónico talento para jugar a bueno y a malo en la tarima pública, para pasar del espíritu del Arriaga al de Estella. Y creó escuela en ese partido que lo mandó a casa, pero que le sigue imitando en el modo de administrar los tiempos en la política. Más allá de Arzalluz o más acá, ¿de verdad mereció la pena maniobrar tan deslealmente para unas mezquinas contrapartidas presupuestarias o estatutarias; dar tanto el coñazo con ensueños nacionales extemporáneos; enredar tanto e infligir tanto dolor a las víctimas del terrorismo para acabar criando malvas?