La agonía de La Naval

La liquidación del astillero de Sestao redobla la urgencia de un plan de choque para revitalizar la Margen Izquierda del Nervión

Las semivacías gradas de La Naval, en Sestao. /Luis Ángel Gómez
Las semivacías gradas de La Naval, en Sestao. / Luis Ángel Gómez
EL CORREO

El inicio del proceso para la liquidación de La Naval constituye un nuevo paso en la agonía de esta emblemática empresa que, aunque contra las cuerdas desde hace años, se mantiene como la única superviviente de la industria pesada sobre la que hace décadas giró la economía de Bizkaia. No por esperado resulta menos doloroso el camino hacia la desaparición emprendido por el histórico astillero de Sestao tras un año y medio de inactividad y casi uno en concurso de acreedores. Desde hace tiempo el imparable declive de la factoría hacía temer este escenario, fruto de la letal combinación de unas millonarias pérdidas acumuladas, su asfixiante deuda, una insostenible falta de liquidez y la carencia de pedidos. A todo ello hay que sumar los errores de gestión de los actuales propietarios en un sector muy maduro y con una feroz competencia asiática basada en precios de derribo, sostenidos a su vez en unos mínimos costes de la mano de obra y unas condiciones de producción incompatibles con nuestro entorno. Aunque el impacto de La Naval en la economía de la Margen Izquierda ha perdido peso conforme lo ha hecho su carga de trabajo, la previsible decisión anunciada ayer por el consejo de administración de la compañía supone un revés para una comarca necesitada de industrias tractoras que revitalicen su tejido productivo y generen empleo de calidad. La liquidación del centenario astillero, con 180 trabajadores en plantilla y más de 2.000 de empresas auxiliares en plena producción, refuerza la urgencia del plan de choque prometido por las instituciones para regenerar una zona que ha estado al margen de sus prioridades durante largo tiempo y cuyos índices de bienestar se encuentran muy por debajo de la media de Euskadi. La Naval está a punto de ser historia salvo el improbable caso de que, en la nueva etapa que ahora se abre, un hipotético inversor se interese por las instalaciones y opte por dedicarlas a la construcción de buques. Los poderes públicos han de movilizarse para que, si al final deja ese hueco, sea cubierto por un proyecto capaz de crear tanta riqueza y actividad como la que el astillero ha aportado a Bizkaia. Es su turno.