Agendas, miedos y elecciones

Inmigrantes desembarcan del Aquarius./REUTERS
Inmigrantes desembarcan del Aquarius. / REUTERS
Braulio Gómez
BRAULIO GÓMEZ

En los últimos cinco años la preocupación por la inmigración ha subido diez puntos en Euskadi. Uno de cada cuatro vascos cree que es uno de los tres principales problemas del país. En el mismo periodo de tiempo, no ha variado la percepción que tiene la sociedad vasca hacia la inmigración. Es decir, no se puede decir que sea más negativa. La mayoría de la ciudadanía estaría más cerca de tratar la inmigración desde el punto de vista de la integración, los derechos y la acogida que como una materia relacionada con la seguridad y el orden público.

Este punto de vista suele estar recogido en los discursos que suministra al debate público el Gobierno vasco, que suele enfatizar más la acogida que la persecución. Ya sabemos que el miedo a la inmigración es la canción favorita de todos los partidos de extrema derecha y que exhiben su hoja de ruta xenófoba y racista con orgullo cuando llegan al poder. Stop Invasion era la melodía italiana de la Liga Norte y de su ministro de Interior Salvini.

La letra decía lo de siempre, la llegada incontrolada de inmigrantes amenaza las prestaciones sociales y el empleo de los autóctonos y además supone un peligro para una supuesta identidad o especificidad cultural superior. Desde España, el Gobierno de Pedro Sánchez intentó abanderar el pasado verano una alternativa solidaria y humanitaria al cierre de ojos y corazón que practicaba la Unión Europea mientras el Mediterráneo se tragaba miles de inmigrantes, entre ellos niños y niñas, sin recibir ayuda. Eran los tiempos del 'Aquarius', en los que atendiendo a la legalidad internacional se protegía y salvaba la vida de seres humanos que pedían auxilio cerca de las costas europeas abriendo y habilitando puertos de acogida en Valencia o Barcelona.

Por desgracia, el liderazgo europeo de Pedro Sánchez en materia de inmigración no es tan reconocido como el que ha alcanzado en la gestión del conflicto venezolano. Desde la crisis del 'Aquarius', ningún país europeo ha seguido la estela de aquel gesto que intentaba cambiar la política europea en materia de inmigración para ofrecer un modelo alternativo al propuesto por la extrema derecha. No va a haber una nueva política común europea en materia de inmigración que compartan todos los países. El miedo al crecimiento de la extrema derecha hace imposible que Francia y Alemania se hayan sumado a la propuesta española. Un miedo electoral que también ha llegado a España tras la irrupción de Vox en las instituciones andaluzas señalando y cuantificando a los inmigrantes que sobran en su tierra.

La falta de respuesta que el Gobierno español ha encontrado en Bruselas y la amenaza electoral real que supone la extrema derecha explican la renuncia e imposibilidad de mantener el sello diferencial español en materia de inmigración. Este invierno, el Gobierno español no ha podido dar los permisos ni al 'Aita Mari' para salir del puerto de Pasaia, ni al 'Open Arms' para salir desde Barcelona a salvar vidas salvables. Por desgracia, en Europa para ser competitivos electoralmente los partidos que hacen frente a la extrema derecha tienen que matizar sus posiciones y no es que se vuelvan xenófobos o racistas, sino que se acomodan en posiciones más conservadoras para impedir la llegada al poder de las fuerzas reaccionarias.

En las próximas elecciones municipales aparecerá el tema de la inmigración, también en Euskadi, y si bien no es esperable que triunfen en el debate propuestas para defender la extensión de los derechos y la protección a uno de los colectivos que más ayuda necesita por parte de las instituciones, que por lo menos esta estrategia defensiva sirva para alejar del poder a los que defienden modelos de ciudades excluyentes y cerradas.