El abismo Bolsonaro

El nuevo adalid de la ultraderecha brasileña ha reunido todos los odios contra el capitalismo y los ha volcado contra los gobiernos anteriores, los partidos y la política

El abismo Bolsonaro
Daniel Reboredo
DANIEL REBOREDO

Brasil vive un capítulo desolador de su historia definido por la aparición de un personaje que, salvo sorpresa de última hora, será el próximo presidente del país. Hablamos del protofascista Jair Bolsonaro y de una puesta en escena inesperada cuyo origen está en el deterioro político-social sintomático que contemplamos no solo en Brasil, sino también en Europa y en el resto del mundo. Así lo manifiestan tanto el triunfo de Trump como las oleadas neofascistas europeas, manifestación clara de la negación de la política por unas sociedades enfurecidas y exasperadas con la democracia representativa. El descontento con la clase política pavimenta el camino para que otras formas de organización social salgan a disputar los espacios de poder y los grupos mejor organizados ganan fuerza por ofrecer una supuesta alternativa al malestar social. Las élites dominantes han abandonado la democracia como instancia de negociación de intereses opuestos y se encaminan hacia un enfrentamiento radical con los ciudadanos. Eso en Brasil significa una guerra de clases, de colores de piel y de géneros, donde las mujeres, los negros y los pobres son el objetivo a destrozar y humillar.

La reaparición fortalecida de la derecha pura y dura ya se venía acentuando en otros países de la región con Mario Abdo, Iván Duque, Mauricio Macri, Michel Temer o Sebastián Piñera. Pero Bolsonaro lidera la acometida de una ultraderecha troglodita asentada en una enorme base social que enciende todas las alarmas. Para comprender este triunfo de la antipolítica y de la política del odio en el país carioca tenemos que mirar al pasado y recordar una independencia proclamada por un príncipe portugués, la inexistencia de procesos revolucionarios, una última dictadura que duró veintiún años, y que tuvo una salida bastante consensuada, y una sociedad históricamente despolitizada generada por esa salida de esta última dictadura.

Claro que este sentimiento se incrementó en los últimos años, espoleado por los desaciertos del Partido del Trabajo (PT), por la operación Lava Jato y los grandes medios de comunicación, por el golpe institucional que destituyó a Dilma Rousseff en 2016, por la lamentable gestión de Michel Temer, por la militarización de las favelas, por el asesinato de la concejala y activista de izquierda Marielle Franco, por la intromisión pública y abierta de las Fuerzas Armadas y por el encarcelamiento de Lula Da Silva. Todo ello desveló la putrefacción del sistema político y el rechazo a la clase dirigente representado por el castigo de los electores a los dos principales partidos del establishment: el Partido de la Social Democracia Brasileña de Geraldo Alckmin y el Movimiento Democrático Brasileño de Michel Temer con Henrique Meirelles.

Bolsonaro ha salido de todo lo anterior y de la peor crisis capitalista desde 1929. Del mismo lugar que salieron Trump, la avalancha ultra-fascista en Europa y el 'Brexit'. Todos estaban allí, pero la crisis y sus consecuencias les han dado voz y voto. Cuando se agotan todas las recetas y la recesión no cesa, cuando toda la podredumbre humana que provocan las crisis sale a flote y los cauces tradicionales no logran pararla, aparecen los fantoches engreídos y los movimientos fanáticos, radicales y violentos formulando soluciones atractivas, seductoras y tajantes. De la crisis y la miseria surge el fascismo.

Bolsonaro no salió por generación espontánea. La sordidez, la desigualdad, la violencia, la cultura de la violación y la muerte han sido los fertilizantes del fascismo, del racismo y del terrorismo estatal. Todo ello aderezado con un PIB que desde 2010 no ha dejado de caer, con un desempleo que no ha parado de crecer, una tasa de homicidios alarmante, una inusitada violencia contra la mujer, una de las policías más violentas y letales del mundo, etc. Claro que el proceso de entronización del nuevo adalid de la ultraderecha brasileña fue apuntalado por una fuerte campaña de satanización mediática y judicial contra el PT, que permitió asociar la epidemia de corrupción unilateralmente a esa fuerza política y justificar socialmente la irregular prisión y proscripción de Lula.

Bolsonaro aparece así como el candidato antisistema (aunque lleve 28 años de diputado) que promete resolver la crisis multidimensional del país con mano dura y perorata mesiánica. Cuenta con el apoyo de la poderosa Iglesia Universal del Reino de Dios, constructora de su figura política, de los grandes medios de comunicación (la Red Globo, Folha de Sao Paulo, O Estado y las famosas 'fakenews' y el asesinato de la verdad que tanto han perjudicado a su rival Haddad), del Ejército y del gran capital financiero.

En este vacío político ha reunido todos los odios contra el capitalismo y los ha volcado contra los gobiernos anteriores, los partidos y la política. Los ciudadanos quieren orden, como escribía Gramsci en 'Orden Nuevo', quieren evitar la corrupción, quieren que no existan desigualdades y si un mesías se lo promete, en lucha contra el capitalismo, aunque el orden sea fascista no importa. Por eso recurre a lo más primitivo de la gente, que es su sentimiento gregario. Bolsonaro es una fachada legal del capitalismo financiero que excluye a la inmensa mayoría de la humanidad. Y aquí aparece la figura del intrigante Steve Bannon, el extremista de derechas que apoyó a Trump, y que tanto está trabajando para destruir la UE.

Bolsonaro es un personaje que no sólo está dispuesto a decir cosas desmesuradas y crueles, sino también a llevarlas a cabo. Por eso su figura tiene un impacto real en la sociedad y su discurso del odio y desprecio por los derechos humanos definen lo que simboliza. A la luz de la experiencia histórica, desconocer lo que su triunfo representa es olvidarnos de lo que Weimar también representó. Brasil es hoy el siniestro escenario donde se cierne esta maldición.

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