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'Historias mínimas'

El director argentino Carlos Sorín retrata la sencillez humana a través de personas comunes cuyas historias son perfectamente reconocibles por el espectador

Escena de 'Historias mínimas' (2002)./
Escena de 'Historias mínimas' (2002).
Guillermo Balbona
GUILLERMO BALBONA

La Patagonia como imaginario colectivo y territorio de la condición humana. El Macondo de Carlos Sorín es un lugar de encrucijadas vitales y de historias cruzadas. Geografías del ser y el existir, paisajes muy humanos. Solitarias criaturas en solitarias rutas. Un anciano se ha escapado de casa para buscar a su perro desaparecido desde hace tiempo. Un viajante de comercio lleva una tarta para el cumpleaños del hijo de la joven viuda de uno de sus clientes. Una joven viaja con su hija en autobús siguiendo en busca del premio ganado en un programa de televisión.

El cineasta bonaerense, como Robert Altman, impone una atractiva y sabia radiografía de lo humano en estas 'Historias mínimas', un hermoso poema de cuentos compartidos, un retrato de la sencillez humana que camina por terrenos resbalizados, los de la emoción y la ternura, sin sufrir ninguna caída.

Un filme hermoso, austero, a modo de estudio de personajes, que desprende un ecosistema emocional y un clima de sutil vitalismo. Quince premios internacionales, en varios Festivales Internacionales, de La Habana a Uruguay y Cartagena), incluido el Gran Premio del Jurado del Festival de San Sebastián, celebraron este retrato de otra realidad argentina, de una forma sencilla, honesta y emocionante, con referentes como 'Una historia verdadera' de David Lynch y 'Milagro en Milán' de Vittorio de Sica.

El director de 'Historias mínimas', Carlos Sorín, durante la presentación de la película en San Sebastián junto a su equipo y recibiendo el Premio Especial del Jurado del Festival. / Jose Usoz (Diario Vasco)

Una pequeña joya de un cineasta que ha demostrado ser uno de los más interesantes directores del cine argentino. Su debut en el año 1986 con 'La película del rey' llamó la atención por su originalidad y creatividad en un ensayo sobre la creación artística y ganó numerosos premios, entre ellos el León de Plata en Venecia y el Goya a la mejor producción extranjera.

Su segunda película fue 'Sonrisas de New Jersey', filmada en 1989 en los Estados Unidos y que siempre se negó a estrenar en Argentina por considerarla una frustración personal. Después, durante quince años se dedicó exclusivamente a la publicidad. Precisamente el director encontró su raíz e inspiración para el filme mientras rodaba un anuncio para una compañía telefónica en esos paisajes.

Como en el cine del neorreaismo funcional italiano, también aquí rueda con actores no profesionales, otra ligazón con el cine de De Sica. Aquí es otro milagro de luces y sombras que se entrelazan con testimonios, vidas en estado de búsqueda y sueños de vidas nuevas en el horizonte.

Fotograma de 'Historias mínimas' (2002).
Fotograma de 'Historias mínimas' (2002).

No es minimalismo, sino cercanía, complicidad a través de un guión escueto pero transparente y elocuente, todo ello bañado por eso tan degradado que llamamos autenticidad. Para el cineasta «La Patagonia es una reserva moral de Argentina. Es ese lugar donde muchos dicen ir cuando quieren huir de todo. A mí siempre me atrajo, quizá porque me recuerda a los lugares que vi de adolescente en las películas del oeste, siempre con esas distancias dramáticas entre un sitio y otro. La Patagonia es, por un lado, el fin del mundo, y por otro parece el principio».

El suyo es un filme de gentes, fascinadas y emocionadas, que desencadenan esta ficción escrita junto a Pablo Solarz autofinanciada y rodada con dos cámaras de super 16 mm. Aquí los efectos especiales los ponen los sentimientos y la acción es ese golpe invisible de vida que comunica a estas criaturas con su entorno y, por ende, con cada uno de los espectadores. Se trata de contar lo cotidiano, apoderarse del paso del tiempo y mantener un diálogo permanente entre intimismo, sutileza y poética de lo sencillo, que no simple.

No existen catalejos deformantes ni envolturas efectistas. Un ejemplo de un cine sin estridencias. Las historias son mínimas pero tienen tal significación humana y emocional que provocan la inmediata identificación y la solidaridad sin condiciones. Una ficción que transmite pura autenticidad para aflorar el milagro cinematográfico de hacer que el espectador se reconozca en las historias y los personajes que está viendo en pantalla. Porque cuando el cine nos muestra tal como somos entonces ocurre el más extraño de los fenómenos: el artificio se vuelve real y lo representado algo auténtico.

Cartel promocional de 'Historias mínimas' (2002).
Cartel promocional de 'Historias mínimas' (2002).

Relatos casi anecdóticos que en algunos instantes de la narración se tocan, se entrecruzan, aún cuando no exista entre ellos una verdadera relación de causa-efecto que los relacione. Los protagonistas son personas «comunes», gente sencilla, pero las historias narradas tienen, a pesar de su simpleza, una gran fuerza emocional.

Lo cierto es que todas y cada una de las historias de estos seres -casi anónimos-, alcanzan dimensiones gigantescas bajo la atenta mirada de un observador sensible Sorín realizó un excelente trabajo con el reparto, que viene a desmentir a quienes consideran imprescindible la presencia de actores experimentados para lograr una buena película.

Después de una búsqueda y selección amplísima de actores no profesionales –cuatro meses de casting y más de mil pruebas– en todo el país, el guión se adaptó a los actores elegidos, y muchas escenas fueron filmadas en tomas únicas. Son personas haciendo de personas que, por la 'magia' del cine, se convierten circunstancialmente en personajes. Todos aportan a sus personajes una frescura y naturalidad nada profesionales. Todo efervescente, delicadamente bañado por el paisaje interior al que siempre buscamos.

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