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'El beso mortal'

La mezcla de violencia, ritmo desquiciado y ambivalencia de los personajes que imprime el director Robert Aldrich supone una vuelta de tuerca a los clichés del cine negro

Gaby Rodgers en 'El beso mortal' (1955)./
Gaby Rodgers en 'El beso mortal' (1955).
Guillermo Balbona
GUILLERMO BALBONA

«Primero encuentras un hilo. Ese hilo te lleva a un cordón, ese cordón te lleva a una soga…y con esa soga te cuelgan del cuello». Es un filme duro, áspero, oscuro. El suyo sí fue una vuelta de tuerca al noir. Robert Aldrich, nada más firmar su excelente 'Apache' (1954) y 'Veracruz' (1954), impuso su personalidad de cineastas con 'Kiss Me Deadly' (El beso mortal), antes de rematar la faena con la curiosa 'The Big Knife' (El gran cuchillo), ambas de 1955.

Desapercibida o ignorada en principio como buena parte del cine de Aldrich, una vez más tuvo que ser la nouvelle vague y, en concreto, la generación pegada a Cahiers du Cinéma la que rescatara y reivindicara esta obra convertida después en objeto de culto. Adaptación de una novela de Mickey Spillane, protagonizada por su héroe, Mike Hammer, la cinta, más allá del encasillamiento en el thriller y de su adscripción a los márgenes de género, constituye un mosaico estilizado, intenso a la vez que frío, profundamente rotundo como una bofetada visual.

'El beso mortal', profusa en escenarios y espacios y subrayados en una puesta en escena dotada de una fuerza sublime, podría dar para varias clases de arquitectura. Esos juegos, diálogos, lazos e intercambios de golpes entre las criaturas de esta obra y sus espacios –desde la carretera y la noche hasta la búsqueda de respuestas– configura uno de los rasgos de caligrafía más potentes de toda la historia del cine negro.

Cartel promocional de 'El beso mortal' (1955).
Cartel promocional de 'El beso mortal' (1955).

Original, provocadora en ciertos aspectos, reverso de los esquemas más trillados de género, su mezcla de violencia, ritmo desquiciado, que no alocado, y la descripción ambivalente, diferente y extraña de algunos personaes y situaciones, potencian la singularidad de esta obra del cineasta de '¿Qué fue de Baby Jane?'. Aldrich demuestra aquí a tumba abierta toda su querencia por la mirada crítica social y política, su cine incómodo para los estamentos oficiales y su lacerante e inquieta mirada sobre el mundo.

La violencia, la renuncia a la tregua narrativa o emocional y la encarnación de Ralph Meeker como Hammer, donde la falta de escrúpulos, la sexualidad, la brutalidad y el instinto violento e impetuoso marcan un perfil atractivo por sorprendente. Nadie se detiene en esta ficción sobre la fatalidad donde el qué nunca es importante, donde todo el mundo persigue algo y donde la muerte es el omnipresente factor narrativo y existencial.

De Godard a Tarantino y Lynch han confesado de una forma u otra sus deudas con el filme de Aldrich, este viaje al fin de la noche, nihilista, ácido, crítico e implacable. François Truffaut dijo de ella: «Para apreciar 'El beso de la muerte', hay que amar el cine con pasión y conservar un recuerdo emocionado de las noches en que descubrimos películas como 'El precio del poder' (Scarface), 'Atormentada' (Under Capricorn), 'La sangre de un poeta' (Le Sang d'un poète)...».

Maxine Cooper, Mara McAfee, Ralph Meeker, Marian Carr y Paul Stewart en diversas escenas de 'El beso de la muerte' (1955).

Aldrich nunca traza una historia lineal ni sencilla. Todo es complejo, enredado pero transparente en su punto de mira. Hay matones, fanáticos y locos en este enjambre negrísimo. Pero sobre todo se palpa una simbólica construcción de escaleras, habitaciones, perspectivas desde las cabezas o desde los pies, a través de un montaje ágil, vivo, rebosante de contraplanos, picados y contrapicados, con las sombras como escenarios dominantes.

Vigor y determinación, constancia y coherencia. Aldrich cobija, bajo un enredo sobre las armas nucleares, entre la crudeza y la dureza, la crítica al maccarthysmo. Integrante y exponente de la llamada generación de la violencia, la de Anthony Mann, Fuller, Nicholas Ray, Richard Brooks, Sam Peckinpah, Richard Flescher, entre otros, Aldrich apoya aquí lo visual y narrativo en la fotografía de Ernest Laszlo.

Tras lo primero está la factura de un estilo, y en lo argumental pone por delante a la Guerra Fría y el miedo a una guerra nuclear para, en realidad, hablar de las sospechas, del sistema acusador, de la peligrosa persecución de una supuesta corrección oficial que sólo trata de encubrir el recorte de libertad. En 'El beso mortal' la empatía y la sintonía vienen por rechazo. Es difícil identificarse con el protagonista a la antigua usanza, pero el afán por resolver la intrincada intriga y el juego de mentiras y de apariencias ofrece razones suficientes para aceptar la inmersión en ese agujero negro que se abre en unos pies descalzos y se completa en una persecución.

Más 'Joyas impopulares'

'Caín', pseudónimo crítico del escritor Guillermo Cabrera Infante, ya lo dejó claro: «'El beso mortal' es la obra maestra absoluta de las películas de serie B porque está hecha del material del que se forjan los sueños, es decir, de muchas pesadillas».