Siglos de vida a través de unas botellas

En su colección hay botellas de varios siglos. /Avelino Gómez
En su colección hay botellas de varios siglos. / Avelino Gómez

La colección de Ignacio Villahoz nos propone un viaje en el tiempo donde se entremezclan mil y una historias con un hilo conductor, el agua

SILVIA DE DIEGO

El polifacético periodista Eugeni d'Ors decía «los experimentos, con gaseosa» y mirando a través del cristal de una botella compruebo que, en Miranda se « experimentaba» y mucho con estas bebidas preparadas durante los siglos XIXy XX. Ignacio Villahoz Angulo atesora una de las mejores colecciones de botellas antiguas relacionadas con esta bebida refrescante y efervescente elaborada con agua, ácido carbónico y azúcar. Los rayos de sol atraviesan el cristal de una, más que curiosa vitrina , que muestra sifones y envases pertenecientes a distintos periodos. «Son de finales de 1800 hasta aproximadamente 1970. Las he conseguido por toda España, pero también en el extranjero», detalla.

Con sus labradas manos de escultor, coge una de ellas y me explica que las más antiguas están grabadas con un ácido, ejemplo de ello es la preciosa botella de la empresa Eugenio Sáez, que hoy en el mercado podría rondar los 250 o 300 euros y que eran elaboradas con mimo en París. «Otra de las raras que tengo en la colección es una de Zapiraín con forma piramidal. Entre las técnicas de elaboración de estas históricas botellas figura también el chorreo de arena», matiza mientras apunta con el dedo a otra de las baldas. En este caso, son protagonistas los envases de cristal de Espumosos Pío Rosales junto a otros pequeños tesoros en forma de etiquetas de papel fino que han permanecido, sorprendentemente intactas y sin una arruga durante cientos de años. Papeles que cobran vida junto a otros objetos como un abrebotellas de hace un siglo o varios ceniceros de la época que hablan de otras manos por las que pasaron y de una y mil vidas distintas.

Gaseosas Villasante, Espumosos Pío Miranda, , Gaseosas Blázquez o Zapiraín son sólo una pequeña muestra de las marcas que competían en aquellos años en el mercado por ser la más preciada y, para ello hacían buen uso de la publicidad. «Había otras casas que ni siquiera ponían su marca y hacían la distribución. Aquí, quien hacía la distribución de la famosa Gaseosas Peña de Haro era mi tío y, yo de pequeñito, jugaba en el almacén donde estaban todas las botellas», rememora.

Revistas, ceniceros, servilletas, programas de San Juan del Monte o de los cines, cualquier soporte era bueno para promocionar la gaseosa y para comunicarse de forma masiva, un espejo de las ilusiones, de las formas de vivir y de relacionarse dentro de la sociedad.

Los felices años 20 fue una época próspera en la que Estados Unidos se consolida como potencia mundial y comienza a producir la sociedad de consumo que conocemos hoy en día y en Miranda también sorprenden algunos anuncios de aquellos años. «De todas estas marcas yo recuerdo que repartiría hasta aproximadamente 1990 Espumoso Pío Rosales, el resto desaparecieron mucho antes».

El vichy español

Junto a la colección de pequeñas garrafas de gaseosa y claro ejemplo de la historia nos encontramos también con dos botellas de agua del antiguo Balneario de Sobrón y Soportilla, dato muy importante éste, dice Villahoz porque «es raro hacer coincidir en la misma botella dos autonomías distintas».

Bajo las raíces de dos gigantescos cipreses centenarios manan aguas cálidas bicarbonatadas y sódicas eficaces para aliviar numerosos problemas de salud. Fue allí, junto a los manantiales de Sobrón y Soportilla donde la Diputación alavesa levantó en 1858 el primer edificio del balneario. Seis años después, José Ignacio Aresti adquirió en subasta pública los dos manantiales y realizó una gestión tan brillante que consiguió la primera licencia española para embotellar agua mineral y exportarla a Cuba. «La actividad era impresionante. De hecho, hasta Cuba viajaban unos libritos que promocionaban las bondades del balnerario. La gente pudiente venía en barcos que tardaban meses en llegar, luego en tren viajaban hasta Miranda y, desde aquí solían ir en una especie del diligencia o carruaje hasta Sobrón. El turismo era nacional y extranjero».

Pero la pérdida de la isla tras la guerra marcó el principio del fin para un balneario que podía albergar hasta 500 personas y que tenía, además de los baños, dos hoteles, casino, salón de baile, billares, oficina telegráfica, peluquería y estafeta postal. Funcionó hasta 1936. En 1950 la Organización Sindical Española se hizo cargo de sus instalaciones y las reconvirtió en una de sus residencias para productores. Cuando el sindicato fue disuelto, el edificio pasó a depender de la Diputación de Álava, que lo cerró.

Eugenio Villahoz guarda un verdadero tesoro gráfico y, muestra de ello, es que parte de algunas de las instantáneas formarán parte del próximo libro de la Fotografía Postal de Álava. «Me han pedido algunas porque no las tienen los coleccionistas de allí. Creo que será el cuarto volumen y quieren publicarlo en breve».

El agua carbonatada, como refresco o con propiedades mineromedicinales forma una vez más parte del pasado y presente y de la riqueza de Miranda, una historia que se puede apreciar muy nítidamente a través del cristal de una botella.