Seis maletas de sonrisas y sueños que viajan desde el Sahara hasta Miranda en verano

Pasan el verano en la ciudad. /Avelino Gómez
Pasan el verano en la ciudad. / Avelino Gómez

Tres familias mirandesas cuentan lo «gratificante» que es acoger un pequeño saharaui durante estos meses

SILVIA DE DIEGO

Miranda acoge estos meses de verano a seis pequeños venidos del desierto pero podían haber sido más si las familias mirandesas se animaran a participar en el programa de Vacaciones en Paz. Este año la Asociación Burgalesa de Amigos del Pueblo Saharaui se había propuesto traer a 33 niños y niñas a la provincia y hacía un llamamiento para conseguirlo.

Yolanda García, Raquel Martínez, Juan José López y Erika Sánchez son parte de las seis familias que se han lanzado a vivir esta aventura de acoger una pequeña gran sonrisa llegada desde el Sahara.

Una de las más veteranas es Yolanda García quien también es miembro de la directiva de la asociación burgalesa. «Es el cuarto año y siempre ha estado con nosotros Balali que tiene 12 años y cumplirá los 13 en septiembre por eso le han dejado venir», reconoce a la vez que subraya la gran evolución que ha experimentado en este tiempo. «Ahora mismo es un integrante más en la familia, colabora en todo en casa ya no es el niño saharaui que viene en verano. El vínculo de unión es fuerte, de hecho, durante todo el invierno los niños se comunican a través del whatsapp continuamente y se cuentan sus aventuras. La experiencia es única por eso animaría muchísimo a las familias para que lo hiciesen».

Desde la Asociación recuerdan que el que se recorre no es un camino de rosas y que hay que armarse de paciencia en muchas ocasiones. «No hay que olvidar que son niños y niñas que están fuera de su casa, muy lejos de su familia y que de repente se ven inmersos en una cultura, un idioma y una forma de vida completamente diferente a la que están acostumbrados, no es fácil acostumbrarse al cambio».

Yolanda reconoce que la partida siempre es un momento duro. «Lo que nos dice Balali es, os meto en la maleta y os llevo conmigo al Sahara. Él tiene muchas ganas de regresar pero lo que no quiere es dejarnos aquí. Creo que nuestra mentalidad está equivocada si pensamos que ellos no quieren volver al desierto, ellos tienen su forma de vida allí, y esa es la única que han conocido».

Primera experiencia

Abdul es el nombre del niño que acoge Raquel Martínez y su familia por primera vez y valora la experiencia de forma muy positiva. «Es nuestra primera vez para todos. En total somos cinco en la familia. En nuestro caso esperábamos que fuera una niña porque tengo dos hijas y porque creía que resultaría mejor, de primeras fue un shock, pero la verdad es que todos estamos encantadísimos. Todo es muy enriquecedor tanto para nosotros como para ellos. Todos salimos ganando mis hijas están aprendiendo a compartir de verdad y ver que no todo es de color de rosa».

Juan José López y Erika Sánchez también son primerizos en esta experiencia en la que han abierto sus brazos a Mahmud. «Al principio es duro por las barreras del idioma y la cultura y son niños. Los primeros días resultan complicados, todos sufrimos pequeños conflictos que se superan en equipo. Es de alabar la capacidad de adaptación que tienen, van a años luz de lo que pueden ir nuestros hijos o nosotros mismos»

Algo por lo que se han mostrado gratamente sorprendidos es un afán por colaborar en casa. «Gracias a los traductores nos dimos cuenta que lo que quería es ser ayudante. Estábamos acabando de recoger la cocina y estuvo barriendo y también me enseñó algunas palabras en su lengua», explica Erika.

Las familias de acogida reciben orientación directa de la propia asociación a la hora de afrontar esta experiencia. «Animamos a que todo aquel que esté indeciso participe otros años. El miedo que tienes es a la soledad de encontrarte con una persona que no conoces pero todo es tan sencillo como hacer una llamada o enviar un mensaje porque siempre hay madres y padres que te echan una mano. Nunca estás solo lo que te aporta mucha tranquilidad», recalca Juan José López.

Durante estos meses de verano los pequeños disfrutan de todas y cada una de las actividades que se les propone aunque sin duda algo que les cautiva es el agua y su alegría es inmensa cuando van a la piscina. «No tienen miedo, saben nadar o flotan cuando menos, te preguntas dónde lo habrán aprendido viviendo en el desierto. Es increíble. El aprendizaje es continuo. A nivel familiar si tienes hijos es sorprendente ver con qué poco se conforman. Mahmud cuando llegó no sabía jugar con los juguetes ahora está empezando a desarrollar esa parte de imaginación que en su día a día en su casa no es necesaria».

Junto al agua algo común en los pequeños es la necesidad de sentir el aire cuando están en el hogar. «En casa lo primero que hace es abrir la ventana o salir a la terraza es una forma de expresar la necesidad de sentirse libre. Cada día que pasa aprendo algo nuevo. Están siempre muy gratificante». Seis maletas pasarán el resto del verano en Miranda pero luego partirán repletas de vivencias al lugar de donde partieron y caminarán otra vez sobre la arena del desierto.