Reencuentro en las aulas del Fray Pedro

El punto de encuentro fue el Fray Pedro de Urbina. /Avelino Gómez
El punto de encuentro fue el Fray Pedro de Urbina. / Avelino Gómez

Alumnos de la que fuera la primera promoción de Bachillerato Superior Electrónico vuelven al instituto cincuenta años después

MARÍA ÁNGELES CRESPO

El Instituto Fray Pedro de Urbina fue en sus tiempos –se inauguró en el curso 1963/64– pionero, además de su por su peculiar estructura, merecedora como es sabido del Premio Nacional de Arquitectura, porque junto con el que existía en la localidad guipuzcoana de Eibar, era uno de los dos en los que se impartía el Bachillerato Superior Electrónico.

Y pioneros pueden sentirse por lo tanto también los críos –hoy hombres– que fueron los que estrenaron las aulas y los talleres en los que aprendieron lo que les sirvió para encaminarse en su vida laboral.

El plan de estudios era otro y se empezaba el período formativo con 10 años y quienes lo acababan salían de las aulas siete años después; así que va a ser ahora en el curso 2019/20 cuando se cumplan los cincuenta años de aquello y una cifra tan redonda había que celebrarla. El momento de los recuerdos y, por qué no decirlo, también las nostalgias llegó ayer.

Comenzaron 48 y las marchas e incorporaciones a lo largo de los siete años fueron muchas. En la última etapa, la que llegaba después de la famosa para los veteranos reválida, el alumnado se fue nutriendo de jóvenes procedentes de los lugares más recónditos de la geografía nacional, que se alojaban en el Colegio Menor; un lugar que Manuel Esteban Cano echó en falta «volver a verlos a muchos de los compañeros ha sido muy bonito y, aunque alguna vez había vuelto a Miranda no había estado por Anduva y me ha dado mucha pena ver que el colegio ya no existe», apuntaba, confiando en que «una vez opuesta en marcha la iniciativa, se repita en próximos años».

En ello están los antiguos alumnos que siguen en la ciudad, entre los que se encuentra Fernando Campo que espera que «podamos sentar las bases para seguir viéndonos. Al ser la primera vez han venido algunos y, vamos a ver como cuadramos la cosas para encontrar una fecha que pudiera venir bien a muchos más».

El lugar de cita para en encuentro y comprobar si era posible el reconocimiento inmediato de unos y otros después de tantos años fue, lógicamente, la puerta del instituto, en la que comenzaron a surgir las anécdotas. A todos se les quedó grabado lo de «dejarlo como la patena» que les repetía machacona alguno de sus profesores, y de ellos se acordaron cuando se adentraron en l centro «que está casi igual, con cambios de ubicación de talleres pero poco más», decía José Luis Moreno, que ahora vive en Granada y reconocía que «todas las vivencias las tengo en la mente y esto es muy entrañable».

También comentaba que «los mejores años de mi adolescencia y juventud los pasé aquí» Jesús Calvo que vive en Bilbao y sigue muy vinculado a Miranda. Y Alfonso Salazar reconoció que «Campo me dio una sorpresa enorme cuando me llamó , como aun viviendo aquí a veces ni nos vemos, esto es estupendo», algo que compartió también José Luis Barrio.

Otros tiempos

Sin duda tuvieron los veinticinco que se reunieron tiempo para recordar mil y una anécdotas porque en todos los años tiempo hubo de que se fueran produciendo, así que ayer con las aportaciones de unos y otros se hicieron vívidas. Cada uno recordaba alguna, pero todos los que consiguieron acabar sus estudios en 1970 tienen fresco, como si fuera ayer, las prácticas del último curso, que tienen también su historia. «Tuvimos que hacer un aparato superheterodino, que era una radio hecha con diodos y triodos y una televisión, y el día que la pusimos en marcha funcionaba y lo que vimos fue la llegada del hombre a la luna, y eso no se olvida nunca», recordaba con cariño Fernando Campo.

Él y todos los demás celebraron la jornada volviendo a encaminar sus pasos por el Fray Pedro de Urbina y, después conociendo las entrañas del Apolo. Fueron después recibidos en el Ayuntamiento y no desaporvecharon la oportunidad de visitar el Jardín Botánico y el Castillo. El día lo acabaron, como suele en estos casos, compartiendo mesa y mantel.

Todos se llevaron el recuerdo del día y, además, un CD sobre el 50 aniversario del Instituto, un diploma con la foto de los que estuvieron así como obsequios que les entregó la alcaldesa. El día resultó redondo para ellos y todo apunta a que «una vez retomado el contacto, repetiremos».