En Miranda con el corazón en Venezuela

Cristian y Elin llevan junto a sus hijos algo más de una semana en Miranda./Avelino Gómez
Cristian y Elin llevan junto a sus hijos algo más de una semana en Miranda. / Avelino Gómez

Esta familia cuenta «la cruda realidad de un pueblo totalmente abandonado por el Gobierno de su país»

SILVIA DE DIEGO

Venezuela copa estos días los titulares de prensa de todo el mundo, pero más allá de defensores y detractores de Maduro lo cierto es que la pobreza cada vez es mayor en un país en el que su gente huye en busca de un futuro. De hecho, la última Encuesta sobre Condiciones de Vida en Venezuela que realizan las principales universidades del país reveló que durante el pasado 2018 el porcentaje de hogares con pobreza se acercaba y mucho al 50 %. Hay que explicar que el sondeo fue realizado con una muestra de tan sólo 6.000 personas de todo el país entre los meses de julio y septiembre. Las deficiencias en servicios tan básicos como el suministro de agua, electricidad, comida y medicinas son el pan nuestro de cada día.

Elin Cazique y Cristian Conde, junto a sus dos hijos menores de edad, llegaron hace poco más de una semana a Miranda, huyendo de este país situado en la parte septentrional de América del Sur, acogidos dentro del Programa de Refugiados de Cruz Roja. «Tuvimos que salir de allí porque sufríamos mucha persecución porque no estábamos de acuerdo con un Gobierno que lamentablemente se ha olvidado de la gente. Si protestas, usan la represión en todas sus formas y nosotros temíamos sobre todo por nuestros hijos», reconoce Cristian quien subraya que «se están produciendo incluso secuestros en los colegios».

Más allá de las reservas de petróleo con las que cuenta Venezuela se dice que un país también es rico por tener educación algo que también está sufriendo un varapalo. «Hasta que la situación estalló nuestros hijos iban a un colegio privado. Ayer recordábamos que antes de acabar el año escolar estaban sin varias profesoras y no podían estudiar ciertas materias. Incluso la propia directora del centro estaba haciendo todo lo posible por emigrar. No conseguían encontrar maestros sustitutos que ganan un sueldo mínimo, muy bajo, que apenas si da para comer. Con lo que ganas en un mes, puedes comprar un kilo de queso y pan», matizan.

La falta de una calidad básica sanitaria es otra de las áreas duramente golpeadas en Venezuela y Elin se emociona al recordar la situación que está sufriendo su padre. « Los hospitales son una auténtica penuria, no hay acceso a las medicinas y lo peor de todo es que no están permitiendo la Ayuda Humanitaria que no nos llega. Hoy en día, te puedes morir por un ataque de asma o por una infección derivada por diabetes como es el caso de mi padre».

Sin comida, medicina, ni servicios de agua, electricidad o gas y, sobre todo, sin libertad esta familia representa a una de tantas que optó por pedir asilo en condición de refugiados. A pesar de su cruda realidad, sus mirada brilla con ilusión y aunque las lágrimas brotan en sus ojos una gran sonrisa de esperanza ilumina su cara. «Espero poder traer a mi otro hijo mayor edad. Hace un año que no lo veo, lo tuve que mandar por tierra para Perú y el está sólo allí».

Comprar un teléfono o unos recambios para el coche es por hoy impensable para un ciudadano de a pie y muchos esperan incluso que sea la época de la recolecta del mango para poder llevarse algo a la boca. «Muchos se alimentan con esta fruta, es el desayuno de innumerables niños, si no hay mangos no hay desayuno».

Acogida en Madrid

Antes de llegar a Miranda Elin, Cristian y sus hijos de 8 y 9 años estuvieron durante tres meses en el Hotel Welcome de refugiados en Madrid derivados del SAMURy ahora han llegado a Miranda con el corazón aún en Venezuela aunque reconocen que sus pequeños no quieren regresar. «Ellos están ahora más tranquilos. Les he dicho que si la situación mejorase podríamos volver, pero ellos me contestan con un no rotundo. Tienen ese trauma y además han visto la calidad de vida de aquí y no quieren por nada del mundo regresar». El Parque del Retiro , el Museo del Prado o el Zoológico hicieron magia en estos pequeños azotados por el miedo y la desesperación y, su padre, incluso bromea ya que la sonrisa es lo último que pierde mientras charla conmigo. «Se asombraron al ver tantos animales y dijeron... Uff en Venezuela no habría tantos elefantes porque el único que podría existir ya habría muerto de hambre».

Lo más inmediato para esta familia es que sus hijos se incorporen positivamente al curso escolar. «Espero que se adapten lo mejor posible y que no les bajen de curso puesto que ellos durante los últimos siete meses no han ido a clase. Psicológicamente lo que han vivido en estos meses siendo tan pequeños es muy duro. Al principio cuando llegamos tuvimos problemas con la comida, no querían comer, no se acostumbraban, al llegar aquí están encantados en poder comer lo que les hago. A veces pienso que todo esto nos afecta más a nosotros que a ellos, por ser niños creo que se adaptan mejor y lo viven como una aventura», reconoce su madre.