Sacando chispas a las fiestas

El astado de hierro con los bastidores de fuego a pleno rendimiento corre por la calle Olaguíbel. /igor aizpuru
El astado de hierro con los bastidores de fuego a pleno rendimiento corre por la calle Olaguíbel. / igor aizpuru

Cientos de niños abarrotan cada noche Olaguíbel para correr delante del toro de fuego, una de las citas infantiles con más adeptos de La Blanca

IERA AGOTE

«Amama, primero corro contigo y luego con la ama, ¿vale?» Aitor ya lo tiene todo organizado. Lara, su amatxo, espera turno mientras el peque, nervioso ya desde hace un buen rato, echa a correr de la mano de su abuela por la calle Olaguíbel en cuanto el toro de fuego prende la primera chispa. «Mi madre siempre me traía cuando era niña, y ahora hacemos lo mismo con mi hijo, le encanta, aunque no sé si tanto como a la amama», ríe mientras por el rabillo del ojo vigila entre la multitud a los dos corredores experimentados que se han puesto el pañuelo en la boca, cual cowboy, para no tragar el humo que desprende el animal de hierro.

Los dos primeros astados corren de un lado para otro mientras cientos de niños, algunos de ellos acompañados por adultos, huyen como si fueran toros reales. «Venga, corre tú, que yo te espero aquí», le anima Iván a su hija Elene. Ella echa a correr mientras el padre confiesa, «a mí es que me da un poco de miedo el fuego, aunque ya sé que no pasa nada».

Cuando los dos primeros bastidores -estructuras con elementos pirotécnicos que se colocan sobre el lomo del toro- se apagan, comienza la competición entre los más pequeños mientras esperan a los dos siguientes astados, «yo he tocado al toro tres veces» farda Unai, de 11 años, con sus amigos. «Yo dos, pero he estado súper cerca todo el rato, casi me caigo al suelo y todo» cuenta Alain mientras los demás se echan a reír.

Y es que los mas «valientes» juegan a tocar el toro, «cuantas más veces, mejor se lo pasan», cuenta Unai Gómez, encargado de Harribero, que cada noche, junto a otros compañeros, se coloca la estructura del toro para divertir a los pequeños. «El fuego les llama mucho la atención, por eso gusta tanto. Son muy inocentes y piensan que no les puede quemar, pero quemar, quema» advierte Gómez. «Hay que tener cuidado, sobre todo cuando se ponen a tocarlo».

Para evitar sustos, cada portador lleva dos acompañantes que van guiándoles y abriendo paso entre todos los participantes. «Hace unos años un toro se cayó al suelo y se rompió un cuerno, pero últimamente llevamos una buena racha sin incidentes», cuenta Unai. No es fácil correr entre tanta gente que se cruza por el camino, «te puedes tropezar, pero lo más duro es el calor, estos días está siendo sofocante», afirma el encargado mientras se prepara para el siguiente 'encierro'.

En Olaguíbel ya está listo de nuevo Aitor, pero esta vez con su amatxo Lara, que ha llegado su turno. Ahora le toca descansar a la amama. Una tradición que, sin duda, sigue conquistando a todos los miembros de la familia.

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