El rosario de los que «estamos más en forma»

La Virgen Blanca recorre Vitoria rodeada de fieles. /Rafa Gutiérrez
La Virgen Blanca recorre Vitoria rodeada de fieles. / Rafa Gutiérrez

Rodeada por miles de personas, la patrona de Vitoria recorre las calles del Casco Antiguo hasta llegar a su plaza para presidir la misa más madrugadora

María José Pérez
MARÍA JOSÉ PÉREZ

El cielo todavía está a media luz cuando se escucha un «vamos» que pone en marcha a toda la comitiva que rodea a la Virgen Blanca en la calle Mateo Moraza. Suenan a la vez las inconfundibles señales horarias de alguien que ha conectado, a través de su móvil, con la emisora de radio de turno. Mayor puntualidad no cabe. Primer guión de la tradición cumplido a rajatabla.

Comienza el rezo del rosario. El de la Aurora, el de los 'misterios gozosos', que va dejando letanías y 'avemarías' por las calles de la 'almendra medieval'. A cada paso se suceden también las fotografías, otra vez vía móvil, para llevarse un recuerdo; incluso para poner la imagen de la patrona, «en el perfil de mi WhatsApp», comenta una mujer a sus acompañantes. Ninguna de ellas es una chiquilla, las jovencitas escasean en esta cita tan temprana. Aunque las hay y no son precisamente las que tiran de smarphone.

Las tecnologías comienzan a formar parte también de la tradición en el rosario. Como las flores. La Virgen ha salido adornada con cuatro jarroncitos en los que apenas caben unos lisiantum blancos y un solidago azul, pero poco a poco se va rodeando de los ramos que le entregan, como mandan los cánones, Los Desiguales, Gastezi Gain, las sociedades Alkertum Urritza o Zapardiel, la Ciclista Vitoriana, la peña Los Alaia o, entre otros, Kantoikoak, que este año por primera vez se une a la tradición de colmar a la madre con rosas, claveles, gladiolos, girasoles....

Otro capítulo de la tradición cumplida. Uno más se produce en la calle Herrería. Siete hermanas de las Siervas de Jesús esperan en la puerta la llegada del desfile procesional. Es parada obligada y allí no falta tampoco el saludo del obispo. Juan Carlos Elizalde se suma entonces a la comitiva. Todo sigue según el guión previsto. Quizá con algún minutillo de retraso si quieren llegar a las ocho a la plaza de la Virgen Blanca. Pero no se puede correr más. Los cambios de portadores de la imagen son continuos. «Todos quieren llevar a la Virgen, son blusas y no se les puede decir que no», comenta el encargado de guiar a los miembros de la cofradía, con el abad, Ricardo Sáez de Heredia, al frente.

Los aplausos y la música, que suena por primera vez, avisan hacia las 8.05 horas a quienes se congregan en la plaza epicentro de las fiestas de que la patrona ya llega. Al verla abandonar la calle Diputación la multitud irrumpe en aplausos y va tomando sitio para asistir a la misa, impartida por Juan Carlos Aguillo, párroco de San Miguel y capellán de la Cofradía de la Virgen Blanca. Tampoco aquí se rompe la tradición.

Bajo la atenda mirada de la Virgen, que preside la eucaristía en la escalinata, y del obispo, que también toma la palabra al final de la celebración, antes de tener que posar para unas cuantas fotos de fieles que ceden sus móviles a los que andan por allí para lograr su recuerdo junto a Elizalde. Él ha asegurado que los presentes son «los que estamos más en forma».

Y no lo dice por la capacidad de madrugar, de recorrer el Casco y escuchar la misa de pie. Lo dice porque «los más mayores y los enfermos están en casa», como «los niños» que a esa hora «aún están en la cama». Lo dice recordando que el Papa Francisco «repite» que esta sociedad tiene en los más mayores y en los niños a los «grandes descartados». No se olvida de los «más vulnerables» como colectivos de inmigrantes y marginados. «Estando a la altura», los que «estamos más en forma», «seremos una bendición para ellos», concluye antes de un efusivo «¡Viva la Virgen Blanca!». Cumpliendo con el último epígrafe de la tradición más madrugadora.