El hábito sí hace al blusa

Bomberos, enfermeras, guardias de seguridad... de día y profesionales de la juerga de noche. Quitarse el uniforme, vestirse de fiesta y que les cambie el semblante es todo uno. «Vestidos así, no hay diferencias, todos somos iguales», dicen

Rebeca Murillo y Jesús Ruiz Aretxabaleta, como blusas y en su profesión./Iosu Onandia
Rebeca Murillo y Jesús Ruiz Aretxabaleta, como blusas y en su profesión. / Iosu Onandia
JORGE BARBÓ y IOSU ONANDIA

Dicen que desnudos todos somos iguales. Y, en cierto modo, ir de blusa es lo más parecido a ponerse en pelotas. Sí, sí, en el sentido de que, así, todos vestidos con sus casacas anchas, con su pantalón milrayas, su faja y su camisa blanca –que acabará como la del anuncio de la lejía, pero a la inversa–, cualquier diferencia que pueda haber se esfuma. En las cuadrillas beben juntos empresarios y currelas. Bailan del brazo jefazas y subordinadas. Toda autoridad se diluye como un azucarillo en el ponche de la farra. Y esa es una de los valores más poderosos de La Blanca, de la que Vitoria, en plena resaca, se está recuperando. Jesús, Rebeca, Jon, Maider y Carlos muestran para EL CORREO sus dos caras.

Jesús Ruiz Aretxabaleta | Bombero y blusa «Como en la mili, en la cuadrilla todos somos iguales»

«Siempre digo que en la cuadrilla pasa como en la mili: de uniforme todos somos iguales», reflexiona el bombero Jesús Ruiz mientras se despoja del aparatoso buzo de faena, que parece llevar el semblante serio y concentrado de serie. Le dura poco. La sonrisa se le empieza a dibujar al vestirse para mimetizarse con la fiesta, listo para echarle gasolina al fuego de la farra. «¿Que si me hacen bromas con mi profesión? ¡Ya cansa que me digan que dónde me he dejado la manguera!». Pues tienes toda la razon, Jesús: desde luego, el chistecito no es nada original.

Rebeca Murillo | Enfermera y neska «Inyectaría más respeto hacia las mujeres»

El común de los mortales tiene instalado un pequeño interruptor allá arriba, en la azotea, que les permite desconectar al finalizar su jornada laboral. El suyo no termina de funcionar del todo. «Cuando salgo con la cuadrilla, siempre voy con unos puntos de sutura en el bolso por lo que pueda pasar», reconoce ella, que ni de neska, con sus pololos con puntillitas, su falda y su mandil consigue quitarse del todo ese uniforme, tan azul como aséptico, del hospital. «Vestida así, de fiesta, muchos se sorprenden al saber que soy enfermera; la mayoría, por mis tatuajes, cree que me dedico a las bellas artes», desvela mientras sostiene una jeringa bien cargada de «respeto hacia las mujeres» que le inyectaría, sin ninguna delicadeza, «a esos que todavía no se han enterado de que no es no». En vena.

Jon Sagasta | Cocinero y blusa «Es duro llevar una doble vida»

Como decía Raffaella Carrà... ¿Y si La Blanca fuera un plato? «¡Pues sería contundente, un guiso, muy caliente». O un potaje de esos que llevan un poquito de todo, con tanta sustancia que, a ratos, hasta se hace pesado. Y bien, pero que bien indigesto. Tanto que algunos necesitan buenos tragos para pasar el bocado. Hoy, en estas mismas páginas, cuentan su pequeña historia entre fogones esos a los que les toca dar el callo en las fiestas para que los demás puedan disfrutar. Y Jon bien podría ser uno de ellos. De ambos. A él le toca estos días interpretar, desafiando al sueño y a la resaca, su papel de cocinero y devoto de la santa jarana de noche, siempre acompañado de su cuadrilla «donde hay de todo, todos mezclados y sin diferencias», dice. «Pero nadie se hace una idea de lo duro que es llevar esta doble vida», confía. Pues Jon, todavía te quedan tres días. Y ya sabes, sarna con gusto...

Maider Biain | Guardia de seguridad y neska «Vestida de neska todo pierde seriedad»

El suyo es uno de esos curros que, además de uniforme, precisan de actitud. Mucha actitud. Como San Pedro, el 'segurata' más implacable de todos los tiempos, ella carga a diario a las costillas con la responsabilidad de custodiar las llaves de las puertas más inexpugnables. Por eso se esfuerza en poner un gesto serio, un careto como de perenne cabreo. Aunque no siempre lo consigue. «Me dicen que impongo muy poco», reconoce. No se tiene que esforzar tanto cuando cambia la camisa azul metida por dentro del pantalón –tan poco favorecedora– y esa corbata que a cualquiera le estrangularía la alegría, por el mandil, el chaleco, la saya y las abarcas. «Con el traje de neska puesto, parece que todo pierde seriedad», asegura Maider, guardiana de la farra. Sus llaves abren todos los cerrojos de la fiesta.

Carlos Ibañez | Chófer de Tuvisa y blusa «El 0,0 de alcohol marca la diferencia»

Uno sube al urbano y saluda al conductor ya sin ni siquiera esperar un «buenos días» de vuelta. A priori, el suyo no pasa por el gremio más amable. Es más, la mayoría no son precisamente un dechado de simpatía. «Pero es que la gente no se da cuenta de que llevamos a más de 1.000 pasajeros cada día», se zafa Carlos, un 'tuvisero' que le pisa el freno a los topicazos. «Bajo el uniforme, somos personas», suelta. ¿Perogrullada? No tanto. En efecto, al chófer le cambia el careto, casi hasta transformarse, cuando se quita el polo azul y se pone la blusa negra y el fajín verde. «Pero lo realmente diferente cuando estoy en modo conductor es el 0,0 de alcohol», evidencia. Y eso que no le hace falta probar ni gota para embriagarse de fiesta. A estas alturas, ya debería haber quedado claro que es el hábito –y no la priva– el que hace al blusa.

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