Medalla de oro a la muerte y resurrección

Betty Robinson fue trasladada a la funeraria tras un accidente aéreo, superó un coma de dos meses, su cojera y regresó para lograr el oro en el 4x400 de Berlín

JAVIER BRAGADOMADRID
Betty Robinson, en una imagen de archivo./
Betty Robinson, en una imagen de archivo.

Volver a nacer es un privilegio que pocas personas han vivido. Pero regresar de la muerte y ganar una medalla olímpica ya es una combinación tan improbable como milagrosa. La primera persona que pudo contarlo fue Elizabeth Robinson, una estadounidense con un don innato para correr, una pizca de suerte para burlar a la parca, unas condiciones innatas para el ejercicio y la mentalidad idónea para superar la adversidad.

El día de su primera defunción la joven de Riverdale ya formaba parte de la historia olímpica: había batido el récord del mundo en su segunda carrera y fue la primera medalla de oro femenina en los Juegos Olímpicos (con 16 años en la prueba de 100 metros en Ámsterdam 1928). Pero su feliz camino se truncó en 1931 al tomar el camino rápido para regresar a casa de los entrenamientos. «Aquel día hacía mucho calor y no nos dejaban nadar a los corredores, así que decidí preguntar a mi primo, quien era copropietario de un avión, si podía llevarme», contó Betty a Louise Mead Tricard, atleta e historiadora. Según los testigos, aquel aparato alcanzó una altura de 400 metros y cayó en círculos para estrellarse en un campo cercano.

La primera persona en acudir al lugar creyó que Elizabeth había muerto, la introdujo en su maletero y la llevó a la funeraria más cercana. En el establecimiento advirtieron que aquella mujer seguía viva a pesar del grave accidente y el terrible traslado. La suavidad de la hierba donde ocurrió el accidente había salvado su vida, aunque con laceraciones en la frente, una fractura en la pierna, una lesión en la cadera y un brazo roto que tuvieron que fijar con un clavo de plata. La conmoción cerebral la sumió dos años en coma y tardó dos meses en volver a andar.

Tras 'resucitar', 'Betty' Robinson sufrió los efectos secundarios. Con las operaciones en su cuerpo de 1,65 m., su pierna izquierda se había acortado respecto a su derecha, en la que su rodilla se bloqueó. Los doctores aseguraron que andaría toda la vida con una cojera y que nunca podría volver a competir, así que dedicó su vida a terminar los estudios y proseguir con su rehabilitación y cuidados médicos. Difícilmente se volvería a ver al 'flash de Chicago'.

Hasta que un día todo cambió. «Durante mi recuperación, tres años más tarde, fui a correr para poder hacer algo de ejercicio. Cuando me di cuenta de que podía, aunque no tan rápido como habitualmente pero lo suficientemente rápido como para formar parte del equipo olímpico, decidí ir a por ello. Volví a entrenar y logré una plaza», explicó Betty sobre su transformación.

La señorita Robinson regresó al club de Illinois en el que descubrió las carreras. Ella, que con 16 años entrenaba tres veces a la semana, recuperó la ilusión. Cuando era adolescente tenía que recorrer el estado en tren cada día para cumplir con sus estudios y su plan de entrenamiento, pero ahora podía dedicarse plenamente a su mayor desafío. «No recuerdo mucho. Cuando formé parte del equipo quería correr. Tenía que trabajar a marchas forzadas y todavía tenía la rodilla rígida», recordó.

La hazaña definitiva se produjo en la prueba de 4x400 en los Juegos Olímpicos de Berlín. En la última entrega las germanas perdieron el testigo y Betty entregó correctamente la posta a la increíble Helen Stephens. Estados Unidos logró la medalla de oro y Elizabeth entró en éxtasis. «La ceremonia fue emocionante porque creía que nunca podría haber vuelto a correr tras el accidente. Era feliz solo con formar parte, pero cuando gané y tenía otra medalla con el primer puesto fue indescriptible lo feliz que me sentía allí», repitió con emoción cada vez que revivió aquel momento.

Un historial completo

No era su primer metal. En Ámsterdam había asistido al debut del sector femenino en los Juegos Olímpicos. En su primera participación estaba tan nerviosa que acudió a la pista con dos zapatillas izquierdas y debió lanzarse a la carrera para recuperar otra para su pie derecho. Retornó a toda prisa para ganar un oro en su primera carrera al aire libre.

En 1936 se retiró oficialmente, aunque participaría en alguna prueba de exhibición. Había sido la mujer más joven en el equipo norteamericano de Ámsterdam y la más vieja en Berlín. Ya había entrado en la historia como la primera medallista olímpica y desde entonces se había esforzado por estimular la incorporación al deporte de las mujeres. Sufrió en sus inicios la crítica de algunos grupos y apenas recibió apoyo de sus padres, pero decidió ejercer de ejemplo motivador. Nunca olvidó a su profesor de biología, el señor Price, ni a su primer entrenador amateur, Bob Williams, ni al club femenino de atletas en el que comenzó a entrenar en Chicago. Falleció en 1999 a la edad de 87 años, tras haber sufrido cáncer y la enfermedad de Alzheimer. Pero siempre se la recordará porque en 1936 había logrado la primera medalla alguien que había regresado de la muerte, un milagro difícil de repetir.

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