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El vaso de txikito y otros chiquitos misterios

Ilustración de 'Guía vinícola de España' (Luis Antonio de Vega, 1958)./
Ilustración de 'Guía vinícola de España' (Luis Antonio de Vega, 1958).

Ana Vega Pérez de Arlucea
ANA VEGA PÉREZ DE ARLUCEAMadrid

Txikito, txikitear, txikitero. Palabras muy de aquí, muy de toda la vida, pero que a pesar de su grafía euskaldunizada, de sus txes y de sus kas, no ocultan que proceden de una palabra castellana: chico, sinónimo de pequeño. Y es que un chiquito no es solamente un poquitirrín de vino, sino una antigua unidad de medida sepultada por el sistema métrico decimal. Allá a finales del siglo XIX, un 'chico de vino' era en toda España el equivalente al tercio de un cuartillo, que a su vez era una medida de capacidad líquida para algo más de medio litro. O sea, que el chico o chiquito implicaba unos 170 mililitros de pimple, cantidad que en las tabernas se reducía aún más ya que lo usual era pedir «medio chiquito», 85 mililitros, 5 cucharadas, un traguillo de ná.

Normal que hubiese que trasegar unos cuantos y peregrinar de bar en bar para amorroscarse un poco, porque con un solo chiquito no quitaba uno la sed. Sabino de Goicoechea, alias Argos, ya habló en 'Otros pasavolantes' (1889) de los efectos achispantes que tenían los medios chiquitos sobre los bilbaínos. De chacolí o de tintillo riojano, su ingesta inmoderada terminaba con el consumidor dando traspiés o remojado en la ría.

La popularidad de los chiquitos enteros o medios hizo que se llamase 'chiquiteo' a la venta de vino al por menor, servicio que entonces prestaban las tabernas además de los cafés, tiendas de comestibles y bodegas. Muchos de ellos de extranjis, porque la licencia para degustación de licores no cubría a todos los establecimientos y en teoría, la mayoría debían limitarse a vender a granel. El caso es que, picaresca mediante, el servicio al chiquiteo hizo furor a principios del siglo XX y de ahí a denominar la costumbre de salir a tomar vinos iba un paso.

Los primeros chiquiteros

Aunque nos duela, chiquiteros había en aquella época en todas partes y no únicamente en Bilbao. Esa misma palabra, aún con ch y con q, se usaba desde Almería hasta Burgos para referirse a los amantes del embriagante chiquito, clientes que las pasaron canutas cuando casi todos los ayuntamientos decidieron prohibir la venta de vino en domingo. El periódico 'El Noroeste' (La Coruña) contaba por ejemplo en 1908 que en la capital gallega «sólo podrán estar abiertas las casas de comidas en que no se expenda vino al pormenor. Las tiendas y tabernas tendrán que cerrar a la una de la tarde y los chiquiteros tendrán que aprovecharse de las horas de la mañana para entregarse al morapio».

Se habrán fijado ustedes en que el texto habla de chiquiteros, ay, ergo no teníamos la exclusiva del chiquiterismo. Eso sí, supimos adaptarlo estupendamente a nuestra idiosincrasia vasca, de tal manera que pocos años después el chiquitero ya era un personaje clave de la marca Euskadi. En 1931 la revista gráfica 'Estampa' dedicaba un artículo a los chiquitos y sus chiquiteros como iconos del bilbainismo. Sus templos, «locales donde se habla fuerte y se grita y se canta mucho», eran las numerosas tabernas del Casco y Bilbao la Vieja. Eran famosas las de Donato, Zenón, Luciano, Heredia, Samuel, Ochoa, Josechu, Amorrortu, la Zornozana o la del ex dirigente socialista Facundo Pérezagua, quien lo mismo despachaba chiquitos que arengaba mítines.

El vaso ad hoc

Ese mismo reportaje de 'Estampa' incluye una foto en la que se ven vasos de auténtico txikito con el culo gordo; esos vasos de cristal, peso descomunal y poco fondo que se venden ahora como souvenir. Mucho se ha escrito sobre el origen de los vasos txikiteros, que estuvieron en uso hasta mediados de los 70 junto a sus inseparables compañeras la jarra de porcelana y la cafetera esmaltada, con las que se rellenaban después de cada trago. En el catálogo de productos de la fábrica de vidrios Cifuentes y Pola (Gijón) de 1888 ya aparecen varios vasos similares al que ahora conocemos como txikito, como el «vaso cilíndrico, chico, modelo Bilbao» el «vaso de taberna Bilbao», que se dan un aire viendo los dibujos.

La historia de que estos vasos fueron originalmente recipientes para lámparas de aceite viene de largo, tal y como atestigua el libro 'Memorias de un bilbaíno 1870 a 1900' de José de Orueta, donde se cuenta que los llamados vasos forales «procedían de un saldo que quedó a un tendero después de una iluminación famosa con lamparillas de aceite, y que los despachó luego a los aldeanos para el chacolí». Se ha dicho que los vidrios se compraron originalmente para las fiestas en honor de la visita de la reina María Cristina, Victoria Eugenia e incluso de Fernando VII, pero puede ser que la historia se refiera realmente a los vasos de chacolí y no a los de txikito.

El chacolí y la sidra se servían antiguamente en vasos de lirio, cónicos y estriados, y de ellos -y no de los de culo gordo- hablaba el bilbaíno Luis Antonio de Vega al contar la anécdota de las luminarias convertidas en recipiente tabernario ('Guía vinícola de España', 1958). Sea como sea y en el vaso que fuere, ¡viva el vino!

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