La Sociedad Bilbaína y el arte de tomar chocolate

Edificio de la Sociedad Bilbaína en construcción (ca. 1912) y etiqueta antigua de chocolate (1885, CC -PD)./
Edificio de la Sociedad Bilbaína en construcción (ca. 1912) y etiqueta antigua de chocolate (1885, CC -PD).

Un curioso artículo de prensa de 1928 comentaba la afición de sus socios por este dulce manjar, consumido habitualmente como merienda-cena

ANA VEGA PÉREZ DE ARLUCEA

Igual se acuerdan ustedes de que hace un par de meses escribí aquí sobre el Excelsior, un periódico deportivo bilbaíno de finales de la década de los 20 que tuvo una fabulosa sección de gastronomía. Comandada por el dandy Alejandro de la Sota (1891-1965), solía incluir referencias a banquetes relacionados con eventos deportivos en los que él estaba directamente implicado y a veces también a locales que frecuentaba o platos que le gustaban. Como buen gentleman de su época De la Sota fue socio de la Bilbaína y comentó muchas veces los menús de este refinado club e incluso las costumbres alimenticias de este señero club. El 14 de octubre de 1928, hace 90 años, contó por ejemplo en su columna gastronómica cómo los asiduos a la Sociedad Bilbaína disfrutaban del chocolate a la taza, dando consejos a aquellos que quisieran convertir tal placer en merienda-cena completa:

«Acto simpático en los salones de nuestra Bilbaína constituye la hora de la merienda. Transcurriendo la vida local con normalidad, el promedio de chocolates despachados cotidianamente por sus socios oscila entre 35 y 37. Durante la invernada, suceda lo que suceda en Bilbao —¡lo que a veces no es mucho!—, tal columna de ingresos permanece casi inamovible, y cuando Dios nos envía un domingo o día festivo placentero de veras, el coeficiente se eleva a la cifra de 50 o 60. Henos aquí pues ante el chocolate espumoso, si no paladeándolo, considerando el acto de su degustación como barómetro que cada día nos indica el estado de ánimo reinante en ciertos sectores locales. Los noventa o cien bilbaínos pudientes y previsores que lo toman a diario fuera de casa, públicamente en Clubs o cafés no representan la opinión de un Bilbao volátil y novelero, y sí de otro serio a la vez que sentimental, pero dentro del límite de la formalidad. Revela además en sus consumidores síntomas de 'standartización' metódica, constancia prudente y propensión al ahorro. Esos señores socios gustan del chocolate por el chocolate, es decir, sin periódicos a la vista, aislándose en un rincón donde no se oiga la voz del amigo comunicativo; muchos caracteres fuertes lo cultivan entonces como refrigerio por sí solo suficiente para conservarles enhiestos y confiados hasta el despertar del día siguiente. Medida previsora que tiene hoy muchos adeptos entre nuestras clases directoras es el acostarse sin cenar. Supongamos que uno va a dormir con el gusto en la boca de tantas sopas de chocolate como haya sabido aprovecharse con su propia habilidad, porque para tomar chocolate con provecho es imprescindible una preparación especial. El protagonista que se ufana en hacer de este acto juntamente merienda y cena deberá optar por un ritmo pausado de muñeca para hacer descansar dentro de la jícara, hasta que se empape bien de esa deliciosa masa fluida, a la tostada, al bizcocho o a la rebanada de bollo».

 

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