Karlo's (Bilbao): bilbainada de marisco

Antonio Cabanas y su familia regentan la casa desde 1978./Borja Agudo
Antonio Cabanas y su familia regentan la casa desde 1978. / Borja Agudo

En un callejón de Santutxu se esconde esta mítica marisquería gallega en la que el tiempo se detuvo en los años 70

GUILLERMO ELEJABEITIA

Ocupa un discretísimo rincón al final de la calle Iturribide y sin embargo todo en la marisquería Karlo's es excesivo. Desde los centollos que dan la bienvenida a la clientela en la esquina de la barra hasta la colección de whiskys que decora las paredes –«la cuarta más grande del mundo»–, pasando por sus pantagruélicas raciones o el verbo inagotable de Antonio Cabanas, ejemplar característico del noble oficio de tasquero, que gobierna esta casa desde 1978.

Y en aquel año parece mantenerse hoy el restaurante, una joya de la hostelería local escondida en el barrio más populoso de la ciudad. Para apreciar en su justa medida el valor del Karlo's hace falta disfrutar manchándose las manos y no ser demasiado pejigueras con la decoración. «Estamos a falta de una buena reforma», reconoce Antonio. Pero ¿qué quieren que les diga? Si las obras sirven para transformar este escenario de 'Cuéntame' en uno de esos garitos clónicos que proliferan como setas por las calles de la villa, casi mejor que no toquen nada. El local, que un día fue sede de la Sociedad Vizcaína de Amigos del Ciclismo, lo tiene todo para ser un templo kitsch: equipación ciclista decorando la barra, cientos de botellas firmadas por toreros, cantantes y futbolistas, una docena de jamones colgados del techo y una variopinta colección de parafernalia de hostelería.

Sin sorpresas

Entre el público son mayoría los vecinos de Santutxu, que desde el mediodía abarrotan el mostrador para tomarse una banderilla de pulpo y un trago de albariño. Muchos comen aquí cada jornada un generoso menú por algo más de 10 euros y no pocos han celebrado en su comedor bodas, comuniones y hasta el bautizo de los nietos. ¿El secreto de 40 años de éxito? «Que no hay sorpresas, el género nos llega varias veces por semana desde Galicia y está siempre bueno», afirma con seguridad Antonio. Habrá que comprobarlo.

Mientras nos acomodamos, su hija descorcha una botella de albariño Abellio 2017, fresco, chispeante, sin pretensiones, perfecto para regar lo que está por venir. Al momento aparece en la mesa un platito de percebes de buen calibre, cocidos en su punto justo y todavía templados, que anuncian un verdadero festival. Les siguen unas almejas que parecen castañuelas, abiertas a la sartén con abundante ajo, perejil y un generoso toque de cayena. Quizá no sean tan finas como las que sirven en el Ensanche al doble de precio, pero dan ganas de sacarlas a bailar una muñeira.

Parrillada de marisco en el momento en que es flambeada.
Parrillada de marisco en el momento en que es flambeada. / Borja Agudo

Y entre toques de gaita llega la estrella de la casa, una parrillada de marisco a la que no le falta de nada. Preside el altar un descomunal bogavante abierto en canal, en torno al cual se arremolinan un par de deliciosas cigalas, media docena de gambas y otros tantos langostinos, un puñado de almejas y dos provocadoras nécoras.

La camarera flambea en directo a esta pléyade marina y para entonces las salivaciones del comensal ya forman un charco en el mantel. Acabado el festín, Antonio aparece para ofrecer el afamado chuletón de la casa y entonces uno se da cuenta de cuán bilbaíno puede resultar este mesonero nacido en Lugo.

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