La catedral de la chuleta sin tontadas

Néstor Morais rodeado de tomates, pimientos y chuletas./Michelena
Néstor Morais rodeado de tomates, pimientos y chuletas. / Michelena

Un local repleto en el que reparten comida sencilla con sonrisa y mucho desparpajo

DAVID DE JORGE

Todo el mundo se lleva las manos a la cabeza cuando frecuenta esos minúsculos tabernáculos que las guías más reputadas premian con estrellas, un fenómeno que ocurre en esas infestadas callejuelas de las grandes urbes asiáticas llenas de sudorina y gente, en las que los ejecutivos se ponen morados de sopa de menudillos antes de aterrizar en sus despachos de la planta 133, poniendo rumbo a la oscuridad del índice Nikkei, ¡menudo sopor! Por eso, no me gustaría estar en el pellejo de cualquiera de esos tipos bajitos y atormentados que disfruta de una semana de vacación al año y se planta en Donostia, dejándose mecer por el sosiego de su ritmo callejero y esa cocina suculenta y viva de un tasco como el Néstor, 'rara avis' de la que hoy daremos cuenta.

Néstor (San Sebastián)

Dirección
Pescadería, 11.
Web
www.barnestor.com.
Teléfono
943424873.
Precios
Pintxo de tortilla: 2,20 €. Chuleta: 44 €/1 kg.

El 'chinolis' se cagará en la misma Troya pensando en su puerca vida, ¡digo yo!, deseando esos manjares tan elementales que ponen los pelos como escarpias a todos los guiris que visitan a Piluca, Néstor y Tito en la catedral de la chuleta, que es lo que ofrece esta taberna abierta en 1980, además de ensalada de tomate y pimientos fritos de Gernika. El ojos rasgados maldecirá el día que su madre lo echó al albero de esas calles en las que hasta las cucarachas pasan estrecheces, turbado por el destello de un bar patrio y luminoso, que en el caso del Néstor cuaja además las mejores tortillas, ¡dos!, ¡ni más ni menos!, una al mediodía y otra a la tarde, por las que la alborotada concurrencia se bate en duelo medieval intentando alcanzar un minúsculo pedazo, ¡país!, que diría el malogrado Forges.

La jugosa tortilla de patata del Néstor.
La jugosa tortilla de patata del Néstor. / Michelena

Así que ahí tienen al 'chino cudeiro', aún con el sabor de boca de un pincho virguero de anchoa con centolla del vecino bar Txepetxa y asistiendo al mayor espectáculo del mundo que no es otro que aguardar su turno para que libre la única mesa o un taburete o el estrecho alféizar de la ventana para presenciar el ritual con toda su ceremonia, que no es un japonés con kimono rebanando pescado y moldeando arroz con una mano, sino unos bravos pucelanos cortando chorizo y lomo con su pellejo y sudando la gota gorda para aliñar cientos de tomates, friendo miles de pimientos y asando esas chuletas macizorras que llegan a diario desde la carnicería de la misma calle. Sin gilipollez les dije, ¡tonterías las justas!

Y es que a todos los guiris les atrapan nuestras alamedas y esas faldas de la bahía de la Concha pobladas de hierba, agua, bruma, sombras y todos esos verdes que les vuelven majaras. En la parte vieja donostiarra hubo siempre fondas y tascas en las que se rellenó el porrón y muchos restoranes empezaron con comedores sencillos en los que se disfrutaba comiendo callos, tortillas, anchoas con ajos, almejas en salsa, merluza rebozada y albóndigas. Por allí guisaban muchos cocineros que ya desaparecieron y que forjaron poco a poco esa leyenda que coloca a Donostia como una de las ciudades más gastronómicas del mundo.

La fortaleza de la simplicidad

Caminando por allí mismo, se preguntaba alguno hace bien poco «cómo un restorán puede mantenerse a flote en una ciudad con tanta diversidad», y el Néstor sin lugar a dudas se ha hecho fuerte en su simplicidad, con ese local repleto de fotografías y recuerdos deportivos por el que unos jóvenes camareros reparten comida sencilla con sonrisa y mucho desparpajo. No hay nada más reconfortante y el chino lo sabe bien, mientras mastica pringándose el morro y manchando de grasorra hasta sus calcetines blancos. Se le ilumina el ojo y ve saciado su apetito más primitivo, el de ese zampabollos que hasta los más espigados de las tribus maoríes llevan escondido dentro de la panza. Quizás sea una revelación visitar lugares como el Néstor, sobretodo para esos tipos sombríos y estresados de hambre enlatada que encuentran su combustible en muchos platos vacíos de colores mustios y absurda complejidad. En la calle Pescadería se les abre el cielo y ven a dios, como Goethe, ¡luz!, ¡más luz!, ¡y más tomate y cañas!

 

Fotos

Vídeos