Astillero Euskalduna (Bilbao): llegar a buen puerto

El cocinero Iñaki Rudíez./Maite Bartolomé
El cocinero Iñaki Rudíez. / Maite Bartolomé

Con unas vistas inmejorables y decorado con recuerdos marineros, es uno de los restaurantes más pintorescos de la villa

GUILLERMO ELEJABEITIA

Veinte años después del traumático cierre de Astilleros Euskalduna nació en el muelle de Olabeaga un restaurante de ambiente marinero con el mismo nombre. Javier Etxepare, que había sido maquinista naval, se hizo con el espacio que un siglo antes acogió el Club Náutico de Bilbao y lo inundó de recuerdos, mobiliario y utillaje naviero hasta convertirlo prácticamente en un museo en el que además uno puede sentarse a comer.

Astillero Euskalduna

Dirección
Dique, 1.
Teléfono
944418888.
Web
astilleroeuskalduna.com.
Precios
Menú del día: 20 euros. Menús especiales: 35, 45 y 50 euros. Carta: 55 euros.

Ese espíritu marinero y un poco british apasiona a los turistas, hace sentir como en casa a la clientela de toda la vida y puede acabar seduciendo al público joven y moderno que cada vez se deja caer más por la zona. Tomar unas rabas de begihandi con el aperitivo en esa terraza con inmejorables vistas a la ría podría ser el primer paso. En un entorno como Olabeaga y con una personalidad tan marcada, la carta del restaurante sólo podía entregarse a los clásicos de la cocina tradicional vasca y marinera. Marmitakos, chipirones, marisco y pescados de gran porte asados a la brasa.

Y esa fórmula sigue explotando hoy la casa, que desde 2014 dirige Félix San Juan. Vaya por delante que el nuevo capitán no es ni marino, ni hostelero, sino un importante industrial de Gallarta que entre otras cosas se dedica a construir los icónicos fosteritos. Por eso ha querido rodearse de un equipo de profesionales que conocían bien el oficio. Su contramaestre es Iñaki Rudíez, cocinero de la vieja escuela que ha tenido una dilatada carrera en restoranes elegantes de El Abra como el Igeretxe, Los Tamarises o el Goiezti.

Agua y aceite

El aire retro que funciona de cine con la decoración no le sienta tan bien, sin embargo, a la oferta gastronómica de la casa, que adolece de unas maneras un tanto pasadas de moda. Alguno argumentará que un besugo a la brasa o unos chipirones encebollados nunca pasan de moda. Y no le falta razón. Lo que no está tan en boga es el uso demasiado generoso de los aceites, las cocciones interminables del arroz o algunos emplatados herederos de la más rancia cocina internacional.

Es el caso del aperitivo con el que se inicia la comida, una suerte de milhojas con patata confitada, pimiento, sardina y jamón frito con compota de manzana que a pesar de sus buenas intenciones no termina de ser ni sencillo ni sofisticado. Le siguen unas croquetas correctas, más conseguidas las de queso y nueces que las clásicas de jamón, y un pulpo a la brasa en corte longitudinal que es quizá lo mejor de la comida.

Arroz marinero.
Arroz marinero. / Maite Bartolomé

El chipirón encebollado es una de las especialidades del chef, pero al ser previamente enharinado, añade demasiada fritura a un plato por otra parte goloso gracias a la paciencia con la que se ha pochado la cebolla. Probamos también el arroz caldoso de marisco, chipis y pescadito que se sirve con el menú del día, algo escaso de sabor y pasado de punto. Como colofón, un besugo asado cuyas virtudes quedan encubiertas por el abundante aceite del sofrito.

Es una lástima, apenas se encuentran lugares con este encanto, pero si el restaurante quiere ser algo más que un museo, conviene que deje entrar en sus cocinas algo de brisa marina.

 

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