Txema Martínez de Antoñana: «No me gusta sudar para otro»

Txema Martínez de Antoñana: «No me gusta sudar para otro»
BLANCA CASTILLO

GAIZKA OLEA

Cuenta Txema Martínez de Antoñana Martínez de Lahidalga («alavés 100%, por si te queda alguna duda») que siendo niño le preguntó a su abuelo desde cuándo su familia era campesina. El abuelo hizo el ademán de pensar y respondió:

–Desde antes de que Colón se fuera América.

Visto lo visto, Martínez de Antoñana parecía condenado a seguir los pasos de sus ancestros en la Montaña alavesa. Y así lo ha hecho a través de Etxeko Baratza (el huerto de casa) y, tras una breve etapa de la adolescencia en la que trabajó en una empresa dedicada a la comercialización de patatas («cargando sacos, nada de oficinas con aire acondicionado») volvió al lugar del que cree que nunca debió salir. «Lo que hagas lo tienes que hacer a gusto. Si no es así, hay que ver lo largo que se te hace el día. Además, no me gusta sudar para otro», explica.

Etxeko Baratza

Web
etxeko-baratza.jimdosite.com.

Y a él le gusta el campo, «soy agricultor desde los 18 años», cuando empezó a cotizar la Seguridad Social agraria. Su familia se dedicaba al laboreo de los campos y al cuidado de los cerdos, una actividad tan intensa en esta comarca alavesa a la que la Sierra de Cantabria separa de Rioja Alavesa, que «antes había gorrines en todas las casas y se vendían en Aragón y Cataluña». Pero eso acabó, como acabaron los tiempos en los que todos los campesinos empleaban a mansalva herbicidas, pesticidas y fungicidas para salvar las cosechas, aunque en el caso de Martínez de Antoñana había un motivo más: le sentaban mal.

De modo que en 2008 saltó de la agricultura convencional a la ecológica y hoy se esmera en seguir aprendiendo cómo domar las nuevas técnicas para cuidar la tierra, de forma que rinda, al menos, igual que antes, y que a cambio ofrezca un género más saludable. «En 18 años –explica– la agricultura ha evolucionado más que la informática». Y prueba de ello es su apuesta por la agricultura regenerativa, que no sólo respeta el medio, sino que trata de mejorarlo aprovechando, por ejemplo, los minerales del agua de mar. Sí, en el corazón menos poblado de Álava hay quienes lo intentan.

Alimentos bonitos, pero no ricos

Martínez de Antoñana trabaja sobre 57 hectáreas (unos 100 campos de fútbol) para cultivar tomates, cebollas, patata, alfalfa, garbanzos, alubias de distintas variedades y, en siete hectáreas, pimientos del piquillo que, mira por dónde, vende casi íntegramente en Dinamarca. Se supone que eso es la globalización. Mientras, explora el mundo de las trufas: al año pasado sacó medio kilo con la ayuda del fiel Yanko; este año ya ha conseguido unos tres kilos.

–¿Y el salto a ecológico…?

–La mayor dificultad es convencerse de que tienes que hacerlo.

Luego es trabajo y convicción, «negarte a echar productos aunque los puedas echar», y esforzarse por conseguir que el consumidor salga de «la trampa» que le tienden las grandes superficies, «que llenan los lineales con alimentos bonitos, pero que ni están ricos ni son sanos». Y pone como ejemplo la, a su juicio, dejación que hacen de sus funciones los organismos de la Unión Europea encargados de velar por la salud pública al permitir que entre a las tiendas género tratado con DDT, prohibido en el continente desde hace décadas. «Quitando a cuatro locos, la alimentación importa poco; muchos tienden ya a consumir productos de quinta gama, lo metes en el microondas y ya está. La gente quiere abrir el frigorífico y que haya cosas para 'comer bonito', y para mí no es así, hay que fijarse en los precios, preguntarte por qué tal alimento es tan barato y cómo se ha producido».

Y mientras apuesta por producir menos variedades, reconoce que «el sector primario está cada vez más difícil, el mundo rural está perdiendo desde los años 70, porque todas las normas se deciden en las ciudades». Si a eso se le suma una climatología errática, con casi 30 grados en febrero y veranos que se solapan con el invierno es comprensible la intranquilidad de la gente del campo. «Somos cuatro chalados contra el resto, que quiere 25 grados y sol. Pero el tiempo ha cambiado y perjudica a las variedades antiguas».

Y no hay relevo, el campo se pierde y es probable que Txema, con dos hijas dedicadas a otras tareas, sea el encargado de bajar la persiana que ya estaba abierta antes de que Colón se fuera a buscar las Américas. Faltan oportunidades y futuro. Y vocaciones. Dice Martínez de Antoñana que, cuando con nueve años le enviaron a Vitoria a estudiar, su cabeza seguía «entre el ganado, entre los hierros (herramientas y tractores)».