Nutrición: El ritmo de las vacaciones

Nutrición: El ritmo de las vacaciones

En verano descuidamos la dieta; comemos cualquier cosa y al ir a cenar, vaciamos la nevera, sin ser conscientes de que tres meses de comida insana representan el 25% de nuestra vida

FERMÍN APEZTEGUIA

El verano, en lo referente a nutrición, tiene algo de paradójico. Muchísima gente se somete durante meses a dietas de lo más estrictas e irracionales para llegar como un pincel a las vacaciones; y cuando éstas llegan, se pone a comer como si necesitara acumular reservas para una hambruna. Pero, ¿por qué ese apetito desaforado? Es más: ¿por qué en esta época del año intentamos saciarlo de la peor manera posible, a base de hamburguesas, bocadillos a todas horas, cuatro pintxos y a correr, venga de cerveza...?

Somos entre poco y nada conscientes de que alimentarse de manera inadecuada durante tres meses al año supone comer mal la cuarta parte de nuestra vida. Eso, a la larga, se paga. Es bobada, más en esta época del año, en que la mesa más que un placer es un lujo, de frutas, verduras y pescado fresco de temporada. Disfrutarla plenamente, aunque se salga al monte o a la playa, y cuidar la salud al mismo tiempo es posible sin necesidad de hacer grandes alardes.

El problema de las comidas en verano es la desorganización, según explica la especialista en endocrinología y nutrición Nerea Gil, del grupo IMQ. «Vamos con cualquier cosa a la playa y a media tarde tenemos mucha hambre. Y si no merendamos algo, antes de irnos a la cama nos metemos una cena pantagruélica, que es lo peor que podemos hacer», detalla. La experta repasa para 'Jantour' los errores más comunes de nuestra alimentación veraniega y aporta las claves para una dieta estival saludable, que nos permita disfrutar de la sensación de merecida recompensa después de meses de trabajo.

Cerveza contra la sed

Error número 1. La mejor manera de rehidratarse es bebiendo agua. La cerveza puede gustar mucho, pero 100 mililitros contienen 42 kilocalorías –lo mismo que un refresco de cola– y 2,4 gramos de hidratos de carbono, que si no se queman se convierten en grasa. Además, por poca graduación que tenga, se trata de una bebida alcohólica, por lo que acabará dándole más sed.

A base de bocadillos

El bocata, de pan tradicional y mejor de masa madre, no de molde, constituye una pieza clave de la dieta mediterránea. Aporta la fibra y carbohidratos necesarios, si se hace bien, de tortilla, jamón o atún, pero no de chorizo o salchichón, que aporta mucha grasa. Ahora bien, no se puede comer de bocadillos todos los días. Es una buena opción para merendar.

El pollo asado

Puede ser una comida completa si se acompaña de unas verduras, pero tampoco para todos los días. Evite la piel que contiene más grasa y en ella se acumulan las toxinas y las hormonas. Algunos trabajos atribuyen a la hormonación de los pollos el adelanto de la pubertad. Déjese de patatas fritas, o coma las menos, que chupan mucho aceite.

La fiambrera

La tartera –que no tupper– tiene la ventaja de que permite llevarse al monte o la playa algo más que un bocata. Pero tampoco vale todo. Evite las salsas, que pueden perderse, y meta en ellas alimentos que puedan comerse fríos. Si va a llevarse una ensalada, condiméntela a la hora de comer, con sobrecitos de aceite, sal y vinagre. Las de pasta o arroz pueden ser una buena opción.

Hamburguesas y salchichas

Es verano, pero no abuse de ellas. La carne de origen desconocido... no se sabe de dónde procede. La mejor hamburguesa se sirve sólo en locales de confianza y como en la casa de uno, en ningún sitio.

Consejo final

En verano se tiende a comer poco, no merendar y cenar a lo bestia. No lo haga. Lo ideal es hacer cuatro o cinco comidas al día, siguiendo el patrón mediterráneo, con cenas pequeñas, pero que incluyan una ensalada o verduras y algo de proteínas. Pasarlo bien no significa comer mal. ¡Feliz verano!

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