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Salud

Nutrición, comerse la nevera es indigesto

Nutrición, comerse la nevera es indigesto

El estrés y la ansiedad favorecen lo que los especialistas conocen como alimentación emocional, un falso apetito, aparentemente irresistible, que le lleva a uno a vaciar la nevera o hincharse a dulce sin ninguna necesidad

Fermín Apezteguia
FERMÍN APEZTEGUIA

La hora más peligrosa es la de la cena. Cuando uno llega a casa con la sensación de estar muerto de hambre, dispuesto a comerse una vaca y tres corderos, sin haberse liberado aún de la carga mental de la jornada trabajo. Es en ese momento, el de prepararse algo para cenar, cuando comienza el picoteo, que es sólo una mera incapacidad de contención. Una onza de chocolate, unas rodajillas de chorizo, qué rico está este queso... Los especialistas en nutrición y psicología conocen este fenómeno como hambre emocional, que no busca saciar una necesidad fisiológica, sino únicamente calmar nuestra agitación personal.

No se trata de satisfacer el apetito, sino de relajarse, desconectar con la alimentación de las preocupaciones del día o posiblemente aliviar un sufrimiento, según se explica en un reciente artículo de la revista ‘Dieta Sana’, que edita la Sociedad Española de Nutrición Comunitaria (SENC). La ansiedad y el estrés suelen estar detrás de este fenómeno, tan extendido que no puede ser más común, y que si no se controla bien puede meternos de lleno en un círculo vicioso del que puede ser difícil escapar.

Ellas, más propensas

La diferencia entre el hambre de verdad, la física, y la emocional, es sencilla. El cuerpo demanda energía y nutrientes a través de señales como ruidos intestinales, un liviano dolor de cabeza y a veces, incluso leves, casi inapreciables, temblores de las manos. El hambre emocional no presenta síntomas y puede aparecer a cualquier hora y en cualquier lugar.

Aunque le puede pasar a cualquiera, las mujeres son más propensas a caer en la tentación, no ya en el momento de la cena, sino a cualquier hora del día, porque el estrés y la ansiedad, según coinciden los especialistas, no entiende de horarios ni de hábitos. «Comer de manera inapropiada, ya sea picando entre horas, tomando demasiada cantidad o alimentos inadecuados, dándose atracones o comiendo muy poco, es el reflejo de un estado inalterado y convulso, según se explica en el informe de la SENC. «Si somos conscientes de que comemos por estrés, hay que acudir al especialista», advierte la médico internista Alejandra Menassa, vicepresidenta de la Sociedad Española de Salud y Medicina Integrativa.

‘Comer consciente’

Cualquiera que haya sentido un bajón emocional sabe bien lo que en ese momento se busca en la despensa. Lo que apetece, los alimentos que invaden nuestra mente, suelen ser los que más rápidamente producen en el organismo una reacción placentera. Es decir, los que son ricos en hidratos de carbono refinados, grasas saturadas, sal o burbujas producen en el cerebro un aumento de la serotonina, dopamina, endorfinas y opioides, que desencadenan efectos sedantes y placenteros.

Cuando la elección es responsable no pasa nada («hoy he tenido un día horrible, me merezco un capricho»). El problema se plantea cuando esa situación genera un «bucle de dependencia a alimentos», de tal modo que una ingesta de alto contenido glucémico lleve a una mayor presencia de insulina en sangre y un posterior decaimiento, que se resuelva con más dulces.

Ceder a los impulsos del hambre conlleva, según los expertos, el peligro de caer en una adicción a determinados alimentos. Lo sano es ‘comer consciente’. Es decir, eligiendo siempre los alimentos adecuados, sin prisas, disfrutando del momento, mejor aún sin móvil y con una agradable conversación. También es importante comer despacio. Otra cosa: beba agua antes de las comidas. A veces el hambre se confunde con la sed.

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