Frente al calor, fuera todo el alcohol

Frente al calor, fuera todo el alcohol

Ni la copita de vino cardiosalusable, ni la típica cerveza con limón; los días de más altas temperaturas el cuerpo solo agradece el agua

FERMÍN APEZTEGUIA

No nos vamos a engañar. Si hay un momento del año en que se agradece la copita de vino cardiosaludable en las comidas (ojo, sólo una) y la cervecita en la terraza a media tarde, con o sin limón, es ahora, en verano. Un auténtico placer... Pero en días de mucho calor, especialmente cuando azota de manera brutal, como ha ocurrido esta semana, con temperaturas por encima de los 40 grados, la única bebida realmente sana, la única que el cuerpo no sólo agradece sino necesita, es el agua. ¡Y ojo! No de cualquier manera. Prepárese. El verano, seguramente, tendrá más días de altas temperaturas y, cuando lleguen, tampoco estará mal recordar que ni siquiera el mejor refrigerio –que es el agua– debe tomarse frío.

Los profesionales sanitarios están ahora más divididos que nunca en torno a si ese famoso vinito cardiosaludable de las comisas es realmente sano o, en realidad, una fuente de graves enfermedades. Mientras se ponen de acuerdo, lo justo sería decir que con altas temperaturas como las de estos días, ni eso. La pequeña cantidad de alcohol que contiene ese vaso de caldito tinto o rosado dilata, como se sabe, las arterias y facilita una mejor navegación de la sangre por el sistema circulatorio. La vasodilatación, como así se llama este fenómeno, forma parte de los mecanismos de defensa del organismo frente a la subida brusca de las temperaturas, por lo que ese 'extra' de ensanchamiento arterial resulta ser una mala idea.

Medida de emergencia

¿Por qué? Porque vasodilatarse, según explica un portavoz médico de la red IMQ, constituye precisamente una de las primeras medidas que adopta el organismo para hacer frente al azote del sol. El efecto protector que logra con una medida así tiene sin embargo sus límites. Venas y arterias no son de goma ni se estiran como el chicle. Su diámetro interior puede ensancharse, pero tiene un límite de capacidad.

Si la vasodilatación ya se ha producido por efecto del alcohol, el cuerpo humano, al no poder adoptar ya esta medida de crisis, puede verse incapaz de regular la situación y sufrir lo que se conoce como un golpe de calor, que se manifiesta con vómitos, mareos, dolor de cabeza y malestar general. No se trata de un problema menor, porque cuando la temperatura corporal sube como consecuencia del golpe de calor por encima de los 40 grados centígrados, pueden sufrirse alteraciones del sistema nervioso central e incluso entrarse en coma. En buena lógica, no es lo mismo tomarse un zurito que dos cubalibres, pero el mero sentido común apunta a que en caso de atroz solana, lo ideal sería refrigerarse con agua o bebidas isotónicas para recuperar las sales minerales perdidas con el sudor.

Los bomberos del cuerpo

El cuerpo humano responde ante el exceso de calor del mismo modo que ante la fiebre. El mecanismo de relojería que es el metabolismo tiende a buscar la forma de mantenerse a una temperatura constante, que oscila entre los 35,5 grados y los 37. Si se sobrepasa ese límite, se desata una respuesta de emergencia, que incluye la aceleración del ritmo cardiaco y con ella la segregación de diferentes hormonas, cuya única misión consiste en refrigerar, apagar el incendio desatado.

La principal manifestación de esa tormenta perfecta es el sudor, que refresca, pero conlleva la pérdida de líquidos y sales que se necesitan recuperar. Niños y mayores, unos por inmadurez y otros por puro envejecimiento, suelen tener el problema de que no sienten sed, pero hay que beber agua aunque no se tengan ganas, según recuerda el profesor Lluis Serra-Majem, director de la cátedra Internacional de Estudios Avanzados en Hidratación.

Los hombres deben consumir una media de 2,5 litros al día, incluida el agua contenida en la propia comida; y las mujeres dos, aunque los días insufribles habría que beber algo más para compensar. Dicen que los vascos bebemos un 25% menos del agua necesaria. Un error nada saludable, porque lo paga el corazón.