Hay que enseñar a los niños a comer en casa

Hay que enseñar a los niños a comer en casa

La mayoría de los niños come mal porque recibe un mal ejemplo de sus padres, que les falta tiempo y les ponen platos precocinados

Fermín Apezteguia
FERMÍN APEZTEGUIA

El niño me come mal, no vale. La mayoría de los críos no se alimenta con fundamento, porque nadie en su casa les ha enseñado a hacerlo. Quizás sus padres no sean responsables de ello. Quizás con toda su buena voluntad ponen sobre la mesa de sus hijos lo que ellos mismos aprendieron a comer; y están convencidísimos de que les dan lo mejor. Pero lo hacen mal.

Las comidas, en la mayoría de los casos, ya no son lo que fueron en otro tiempo, porque hombres y mujeres, padres y madres, trabajan los dos, cada vez a un ritmo más frenético. Nadie en la casa se ocupa de la educación nutricional, que forma parte –no hay que llevarse a engaño– de la educación en valores. A comer se aprende en casa. La mesa es el espacio donde la familia comparte, llora, se ríe y forja la honestidad, la humildad, el respeto y todo lo demás. Las familias, desgraciadamente, esto que es enseñar a comer, y que es aprender vivir, también lo han delegado en la escuela. Pero la familia es la familia y el centro escolar, el colegio.

Así lo entiende, al menos, la nutricionista Anabel Tueros (y tantos otros profesionales), que está acostumbrada a ver en su consulta a chiquillos no comen bien, porque no lo hacen sus padres. «Pretenden que la comida del colegio llegue a cubrir plenamente las necesidades nutricionales de su hijo; y eso es imposible». El almuerzo, según explica, es sólo una de las cinco comidas que los chavales deben hacer, como mínimo, cada día. Todas han de ser completas y deben complementarse unas con otras. Con la del mediodía no basta.

Una relación divertida

El objetivo de la educación nutricional tiene que ser «permitir que los niños descubran nuevos sabores y texturas»; que se habitúen a todos ellos. Disponemos de tiempo hasta la adolescencia. A partir de entonces no será misión imposible, pero sí una tarea mucho más complicada. Una revolución hormonal unida a una mayor capacidad de decisión pueden poner muy cuesta arriba la consecución de un objetivo que debería haber comenzado a perseguirse desde mismo el día en que nacieron. ¿Cómo?

Lo primero que debe hacerse, en buena lógica, es predicar con el ejemplo. «Los críos copian a sus padres.Si ven que tú comes de todo, ellos intentarán hacer lo mismo», explica Tueros. Cuando son bebés, incluso algo mayores, debe permitírseles incluso que toquen los alimentos con las manos, «que se pringuen». Enseguida se les enseñará modales en la mesa, pero, de momento, lo primero es lograr que su relación con la comida sea divertida.

Es importante comer en casa, porque fuera la chavalería tiende a pedir las cosas que le gustan, pizzas, hamburguesas y todas esas porquerías que les llenan el cuerpo de basura. Cuando vaya a hacer la compra, deje que le acompañen. Así verá la amplia oferta alimentaria que existe y podrá indicarle que tipo de productos son mejores y cuales peores.

Aprovéchese del verano

Todavía hay algo más que pueden hacer. Al llegar a casa, si tiene edad para ello, no deje que se escapen a su habitación o corran a poner la tele. Seguro que pueden echarle una mano en preparar la comida. Pelar patatas, trocearlas, lavar la verdura, batir huevos... Ese ejercicio les permitirá construir una buena relación con los alimentos, conocer las diferentes técnicas de cocinado y estrechar lazos familiares.

Si nunca ha hecho algo así, no se preocupe. El verano está a la vuelta de la esquina y, con tanto tiempo libre, puede ser el mejor momento para forjar una nueva relación de amor entre sus hijos y la encimera de su cocina.

Hay tiempo para todo. Lo ideal sería que las vacaciones sirvan para que los chavales, cada vez más sedentarios, realicen ejercicio al aire libre, comiencen a manejarse en lo culinario y pasen más tiempo sentados a la mesa con sus padres, hablando de todo lo que haga falta. Incluso de nutrición. No olvide, como dice Anabel Tueros, que la comida sana, la natural, les cuesta más porque la más insalubre, los alimentos procesados, está llena de sabores atractivos.