Los dulces orígenes de Unamuno

Fotografía de Unamuno (Biblioteca Nacional de Francia) e ilustraciones de repostería./
Fotografía de Unamuno (Biblioteca Nacional de Francia) e ilustraciones de repostería.

El escritor y Telesforo de Aranzadi, primos carnales, residieron en el mismo edificio que albergó la confitería familiar La Vergaresa

ANA VEGA PÉREZ DE ARLUCEA

Cuando el 21 de febrero de 1873 empezaron a caer las bombas carlistas sobre Bilbao, hubo un niño que se refugió en una confitería. Años más tarde y siendo ya adulto, recordaría la guerra como el período más divertido y grato de su vida. Les parecerá a ustedes quizá una incongruencia asociar los horrores bélicos a la diversión, pero pasar un tiempo sin escuela y metido en una tienda llena de chocolate debió ser el paraíso para cualquier chaval de ocho años. O por lo menos para aquel crío que, siendo ya famoso como don Miguel de Unamuno y Jugo, escribió en sus 'Recuerdos de niñez y mocedad' (1908) que durante la Tercera Guerra Carlista se lo pasó pipa recogiendo piedras calientes de los escombros, entrando en lonjas y jugando a los ejércitos con pajaritas de papel.

Esto último lo hacía con su hermana y sus primos en la confitería que regentaban sus tíos en el bajo de la calle de la Cruz número 7, frente a los Santos Juanes. De este negocio poco se suele contar en las biografías unamunianas aparte de que se llamaba La Vergaresa y de que fue durante varias décadas el sustento de las dos familias que vivían encima de la tienda.

En el primer piso residían desde 1863 los Aranzadi Unamuno, venidos de Bergara para que el padre, Félix Aranzadi Aramburu y confitero de oficio, tomara las riendas de un negocio familiar. Hijo suyo fue el antropólogo Telesforo de Aranzadi (1860-1945), mientras que un nieto suyo llegaría a la fama gracias al balón: Rafael Moreno 'Pichichi'.

Tradición confitera

En el segundo piso vivían los Unamuno Jugo, que se habían mudado desde la vecina calle Ronda en 1865, con la abuela de aquel Miguelito que llegaría a ser filósofo. Les unía un parentesco estrechísimo (y agárrense ustedes las orejas porque es de traca): Benita de Unamuno y Larraza, dueña de la confitería La Vergaresa, era hermana de Valentina (la mujer de Félix Aranzadi), madre de Salomé Jugo y consecuentemente abuela materna de Miguel de Unamuno. Pero a la vez también fue su tía paterna porque, ojo, Salomé se casó nada menos que con su tío Félix de Unamuno y Larraza. Les están haciendo a ustedes chiribitas los ojos, lo sé, pero quédense con la idea de que el padre de Miguel era además su tío-abuelo.

El intrincado y perturbador árbol genealógico tenía larga tradición confitera, tanto en Bergara como en Bilbao. Miguel de Larraza, tío de Benita, Valentina y Félix de Unamuno, fue el primero de la saga que vino a Bizkaia. En 1824 ya estaba instalado en el Botxo dedicándose al comercio de azúcar, harina, tabaco y aguardiente y a la importación de cacao de Sudamérica. Llegó a ser vicepresidente de la Junta de Comercio y un muy respetado empresario, de modo que las puertas de la capital vizcaína se abrieron a todos sus familiares: primero probó suerte su sobrino el confitero Juan Cruz de Unamuno Larraza y más tarde vino la hermana de éste, Benita.

Esta Benita casó con un vizcaíno, José Antonio Jugo, que era cerero y chocolatero. En aquel entonces estos dos oficios (más el de confitero) estaban relacionados por perdurar aún la vinculación entre la dulcería, la miel y otros subproductos de las abejas. José Antonio Jugo fue por ejemplo proveedor de velas para la iluminación pública de Bilbao además de productor artesanal de chocolate.

El pobre murió sólo cinco años después de casarse. Dejó huérfana a Salomé y viuda a Benita, que quedó al frente de La Vergaresa con ayuda de su hermano Juan Cruz. Cuando este último fallece en 1867, la responsabilidad del negocio pasa a manos de los Aranzadi. A todo esto ya ha nacido don Miguel (1864-1936), fruto del matrimonio entre Félix de Unamuno, indiano en México, y su sobrina Salomé. El padre de familia se dedicó también a las masas, pero de índole salada: tuvo una panadería en Atxuri y un puesto de venta junto al mercado de La Ribera. Después de su muerte, los Unamuno, Aranzadi y demás vivieron de lo que daba la confitería de la calle Cruz.

Inspiración

De La Vergaresa, que debió de ser un comercio modesto, no nos ha llegado ninguna foto, loa, ni referencia fuera de las pequeñas guiños que en su obra hizo a ella Miguel de Unamuno. Es fácil imaginarla como la inspiración de la chocolatería de su novela 'Paz en la guerra' (1897), que empieza precisamente describiendo una pequeña confitería del casco Viejo. «En una de las llamadas en Bilbao Siete Calles, núcleo germinal de la villa, había por los años de cuarenta y tantos una tienducha de las que ocupaban medio portal a lo largo, abriéndose por una compuerta colgada del techo, y que a él se enganchaba una vez abierta; una chocolatería llena de moscas, en que se vendía variedad de géneros».

El chocolatero Pedro Antonio Iturriondo, padre del protagonista de la obra, fue seguramente un trasunto de su abuelo José Antonio Jugo y de todos aquellos parientes dedicados al dulce oficio del metate y el chocolate a brazo. Puede que La Vergaresa no fuera una confitería tan buena como para pasar a la posteridad, pero sí que lo ha hecho como el lugar que alimentó y protegió de las bombas a dos niños que fueron grandes hombres. Comamos una onza a la salud de don Telesforo y don Miguel.