Una despedida de soltero en El Amparo

Unos caballeros posan mientras se toman unas cervezas hacia 1900./Wikimedia Commons, CC PD.
Unos caballeros posan mientras se toman unas cervezas hacia 1900. / Wikimedia Commons, CC PD.

El escritor Manuel Aranaz Castellanos describió en 1905 cómo eran los fabulosos banquetes que se celebraban en el restaurante bilbaíno y el ambiente de miseria social que lo rodeaba

ANA VEGA PÉREZ DE ARLUCEA

Si acuden ustedes hasta finales de septiembre a la Sala Ondare (María Díaz de Haro 11, Bilbao) podrán visitar la esplendorosa exposición 'El Amparo y sus cocineras', dedicada a la trayectoria del restaurante El Amparo (1879-1918) y a la circunstancias económicas, sociales y culturales que permitieron que la cocina de cuatro mujeres vizcaínas se convirtiera en la base de la gastronomía vasca tradicional.

En la muestra podrán ver menús originales, recetarios, fotos y una réplica del comedor con una reproducción del papel pintado original. Con estampado vegetal, tal y como muestran las pocas imágenes del interior del restaurante que conocemos, y de color granate. Este último detalle lo sabemos gracias a un relato del periodista y escritor Manuel Aranaz Castellanos (La Habana, 1875-Bilbao, 1925) ambientado en el mismísimo Amparo. No sólo menciona el color de las paredes, sino muchos otros datos que nos permiten conocer mejor cómo era el restaurante, cómo funcionaba y qué ambiente se respiraba en él.

'Cachalote' (1912) fue el título de la primera colección de relatos costumbristas o cuadros vascos de Aranaz y en él viene incluido el texto que nos atañe hoy, escrito en noviembre de 1905. 'Una despedida' comienza con la llegada al restaurante de varios coches de caballos «embocando por las oscuridades y angosturas que, desde la calle de Zabala, allá en los barrios altos, conducen a la del Gimnasio». En una pequeña plaza haciendo esquina, calle Concepción, 11, estaba el caserío de El Amparo, un elegantísimo restaurant que contrastaba vívidamente con el ambiente de miseria que le rodeaba. Nunca llegaremos a saber por qué los Azcaray Eguileor, dueños del negocio, decidieron quedarse en la barriada de Mena en vez de trasladarse a una ubicación más céntrica y acorde con los gustos de sus refinada clientela.

Un barrio de tabernuchas y prostíbulos

Recuerden ustedes que desde finales del siglo XIX Bilbao se había convertido en una ciudad de extremos, en la que gracias al crecimiento industrial convivía una minoría enriquecida junto a una mayoría pobre, hacinada y muchas veces enferma. La masa trabajadora se apretaba en gran parte en los barrios de Mena y Zabala, junto a las minas, y allí crecían como setas las tabernuchas, los prostíbulos y las infecciones.

Acercarse a El Amparo, por mucho que fuera un establecimiento de campanillas, era poner un pie en la barriada más desfavorecida de la ciudad y ésa seguramente fue la razón de que todos y cada uno de sus clientes (de los que tenemos noticia gracias a crónicas de prensa) fueran hombres; hombres de buena posición o bolsillo generoso que podían pagar los altos precios del restaurante y acudir a él sin menoscabo de su reputación. Así son los que en el relato de Aranaz van a celebrar una despedida de soltero a El Amparo, señoritos trajeados «luciendo sobre las viseras de las gorras el esmalte y el oro de sus grandes insignias deportivas». A las puertas del establecimiento les recibe la lluvia y «un enjambre de chiquillos harapientos, pobres niños nacidos en Miravilla y las Cortes, la Laguna y la Cantera» que descalzos y enclenques se acercan para pedir limosna a los atildados visitantes y se pegan en el lodo por recoger una perra chica.

Los afortunados y los demás

«Luego, brillantes de codicia los ojos, se extasían de nuevo ante los cuadros de luz que descuellan en la fachada tristona y severa del antiguo caserío. Alineados sobre los níveos manteles de las mesas, perfílanse en el fondo color granate del comedor los centros de vidrio cargados de frutas, las botellas de tamaños y formas diversas, los irisados y caprichoso ramos de flores. Aquello es hermoso. En sus casas, las altas casas sin colores ni luz, cuyas sombras e alzan tras ellos míseras y silenciosas, apenas si hay pan. Suaves brisas de aromas culinarios, de apetitosos vahos que, escapando del interior de El Amparo dulcifican las humedades del ambiente, descienden hasta ellos fustigándoles con los seductores encantos de lo ignorado».

Mientras, los afortunados comensales suben al primer piso y entran directamente en la cocina donde les esperan una treintena de amigos además de ostras, salchichones, aceitunas, quisquillas, percebes y sardinas de Nantes. En el comedor les espera una opípara cena compuesta por aperitivos, caldo limpio, volován de mollejas, angulas, bacalao surtido, lubina, sorda con nabos, espárragos, solomillo a la financiera, pollos, chateaubriand, tostadas de crema, diversos helados y quesos y hasta 18 vinos y licores distintos, todo pensado para regalar el estómago de los ricos celebrantes. Cerca de las dos de la madrugada y agotados los brindis, los invitados se van.

«Los niños se han acostado ya. En sus altas casas, obscuras antes y silenciosas, míseras también ahora, numerosos rectángulos de luz descuellan con invencibles seducciones en las negruras de la noche. Femeninas siluetas muévense allí voluptuosamente. Y continúa lloviendo».