Los comedores de ostras de Santimamiñe

Pintura de la cueva de Santimamiñe./Wikimedia Commons (Etor Entziklopedia) CC BY 3.0.
Pintura de la cueva de Santimamiñe. / Wikimedia Commons (Etor Entziklopedia) CC BY 3.0.

Los moradores de la famosa cueva fueron grandes consumidores de marisco de toda clase y condición

ANA VEGA PÉREZ DE ARLUCEA

Seguro que han estado todos ustedes un montón de veces en la cueva de Santimamiñe, ¿verdad?. Pues esta joya del Paleolítico y las pinturas rupestres guarda unos cuantos secretos culinarios además del famoso «huevo frito»: la alimentación de sus moradores. Ya en el primer estudio en profundidad de la caverna que hicieron en 1917 Telesforo de Aranzadi, Joxe Miel de Barandiaran y Enrique Eguren, éstos se dieron cuenta de la presencia de hogueras y sitios para cocinar que había en el interior. En el trabajo 'Exploraciones de la Caverna de Santimamiñe' apuntaron la presencia de conchas de moluscos junto a los restos de los hogares, pruebas de una rudimentaria cocina allá hace 12.000 años. En los diferentes niveles de Santimamiñe se han encontrado estratos compuestos mayoritariamente de restos de mariscos como chirlas y ostras.

Barandiaran y su equipo también repararon en que muchos de aquellos moluscos no estaban calcinados ni rotos o abiertos por la fuerza, cuestión que les llevó a pensar que seguramente se habían cocido. Sin nada que envidiar a los participantes de una mariscada actual, los habitantes de las cuevas de Basondo comían ostras a motrollón, chirlas, almejas, lapas, mejillones, vieiras y cangrejos recolectados en zonas del estuario poco profundo que tenían cerca. En las excavaciones correspondientes a niveles entre el final del período Magdaleniense Inferior y la Edad de Bronce se han encontrado también salmones e incluso de anguilas, congrios y merluzas de hermoso tamaño. Además de marisquear en los fondos fangosos, nuestros antepasados pescaban ya que daba gusto, de forma constante o intermitente y alternándola con la carne de animales.

Según Barandiaran, los moradores de la cueva se acercaban hasta la costa, recogían diversos moluscos de fácil acceso y los llevaban hasta su refugio. Pudieron tener allí hasta unos cocederos especiales para calentar agua, «cocción necesaria sobre todo para los magurios y demás caracoles porque en crudo no se puede extraer el animal». Las conchas vacías se agujereaban para servir después como adornos.

¿Se imaginan lo bien que sabrían unas almejas abiertas al calorcito del fuego, cuando entonces había más de diez grados de temperatura menos de media? ¿Harían nuestros antepasados además de marisco cocido o crudo, alguna otra reparación con ellos? Es posible que prepararan alguna sopa o guisado sencillo añadiendo plantas silvestres… Lo que sí sabemos seguro es que pese a las dificultades a las que se enfrentaban eran capaces de disfrutar de una comida en toda regla. Por algo nos gustan también a nosotros las otras.

 

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