El último botero

Roberto Rubio sujeta una bota frente a la puerta de su comercio./Maite Bartolomé
Roberto Rubio sujeta una bota frente a la puerta de su comercio. / Maite Bartolomé

«La bota de pez siempre te da un saborcillo, pero eso está bien para vinos peleones; ahora hay otra cultura», asegura Roberto Rubio

ANE ONTOSO

Un par de cajitas de música esperan dueño en un rincón. A su lado, sifones y barricas conviven con antigüedades dispares que buscan un hueco en el local, atestado. Decenas de botas de vino salpican la estancia. Cada una de ellas, elaborada de forma artesanal, lleva tatuado un diseño diferente: un nombre, un dibujo, el logotipo de un grupo de música o el escudo de un equipo deportivo. En el mostrador se encuentra Roberto Rubio, el último botero de Bizkaia.

Hadalhondi

Información
Iparraguirre, 48 (frente a Azkuna Zentroa, Bilbao). 944430593. hadalhondi.blogspot.com. .

Su singladura comenzó como restaurador de muebles, que abrió su taller en 1999. Hasta que un día «falleció el botero de al lado. Ambos vestíamos mono azul, tipo arrantzale, y me comenzaron a confundir con él». Han pasado quince años. Así se embarcó en el mundo de las botas de vino, un gremio «muy cerrado», que a menudo pasa de padres a hijos. «Este es el lugar más cercano en el que puedes encontrar botas (también para reparar) en toda la zona norte, si no ya tienes que pasar por Madrid –explica Rubio–. Salvo Navarra, que tiene Las Tres ZZZ, aunque quizá es un poco más industrial».

En Euskadi existe una gran tradición 'botera'. La función de este artilugio elaborado con piel de cabra era la de contener, conservar y transportar el vino. La clásica tenía color tarrabatán o «curtido antiguo», brocal de cuerno de búfalo macizo –hoy son de baquelita «como los teléfonos antiguos», aunque también fueron de pasta– e interior de pez –resina de pino para impermeabilizar– con acabados en cuero. Su dueño la utilizaba «a diario». Pero los nuevos tiempos vertiginosos que corren son incompatibles con la bota de pez. «Es la tradicional, pero tiene un problema: hay que usarla mucho y cuidarla mucho». Hay que mimarla. No vale con llevarla un par de días al monte y otros dos a San Mamés y olvidarla en un rincón hasta su siguiente aventura. «Es delicada, a nada que tenga un poro, se va el vino y hay que volver a echar pez», cuenta.

Mejor con látex

Para un correcto mantenimiento de una bota de pez, se debe llenar de vino –bueno o malo pero solo vino... y nada de grasa de caballo, porque encima «te la bebes»– y dejarla «tumbada. Y hay que estar con ella, estar muy pendiente. Más cuando ya no se usan a diario». Pero que nadie se desanime. Hoy en día, «han salido unas de látex (material de la tetina de biberón)». Rubio las vende desde hace ocho años, junto con las de pez. Aunque comparten el exterior de piel de cabra, estas requieren «menos cuidados».

«Hay que lavarlas con agua fría –indica el profesional–, escurrirlas bien y dejarlas cerradas e infladas con aire para que no se pegue si se ha quedado con algo de humedad. Luego hay que lavar antes de usar». Rubio prefiere las de látex «sin dudarlo», porque sirven para todo tipo de bebida, mientras que la de pez solo es para vino. «La resina solo admite esa graduación y las bebidas gaseosas también la estropean. Incluso el agua le va mal», advierte. Además, la de látex «sabe a lo que le echas. La pez siempre te da un saborcillo pero eso está bien para vinos peleones, que era lo que había antes. Hace 50 años no había la cultura de vino que hay ahora».

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