Blasco Ibáñez y la comida en «El intruso»

Portada de la novela 'El intruso'./
Portada de la novela 'El intruso'.

La novela del escritor valenciano retrató al detalle la sociedad bilbaína de 1903, incluso a la hora de comer

ANA VEGA PÉREZ DE ARLUCEA

¡No me digan que no sabían que hay una novela de Vicente Blasco Ibáñez ambientada en Bilbao! Mal, muy mal. Primero porque es un libro francamente interesante, y segundo porque es una maravilla leer cómo describe la ciudad, sus conflictos y habitantes. Haciendo una sinopsis rápida, 'El intruso' (1903) es una novela de corte social en la que se cuenta el ambiente enrarecido que definió la relación entre burguesía y proletariado vizcaíno a principios del siglo XX, en pleno auge del socialismo y el nacionalismo. En octubre de 1903, el día de la amatxu de Begoña, hubo un follón de aquí te espero entre los fieles que subían a la basílica y los obreros manifestantes. Esta batalla campal entre capitalistas y mineros llamó la atención del escritor valenciano quien, anticlerical y republicano, enseguida se presentó en la villa dispuesto a sacar una novela de tal historia. En diciembre de 1903 se entrevistó con el famoso doctor Areilza para conocer su experiencia en las minas y en poco más de seis meses tuvo lista la obra, centrada en un médico burgués con plaza en la zona minera (Aresti, trasunto del dicho Areilza) y su primo, un industrial inspirado en la figura de Victor Chávarri.

En aquel Bilbao de 1903 crecían las fortunas de algunos y las miserias de muchos, y Blasco Ibáñez supo reflejar esta situación de un modo realista, basándose en su capacidad de observación y prodigiosa memoria. Como diría el mismo Areilza, «cenó una noche en mi compañía y de aquella cena y de aquellas horas sacó toda la primera parte del libro, siendo de notar que no le vi tomar apunte alguno». Como buen naturalista, el autor valenciano quiso plasmar la realidad de manera objetiva y profundamente detallista, de modo que en varios pasajes aparecen menciones a lo que comen los personajes, tanto ricos como pobres.

De la alimentación de los obreros dirá que «después de una mala comida de alubias y patatas, con un poco de bacalao o tocino, dormían en aquel tabuco, sin quitarse más que las botas o, cuando más, el chaquetón, conservando las ropas impregnadas de sudor o mojadas por la lluvia.» En los famosos economatos, tiendas en las que los mineros estaban obligados a comprar (devolviendo así parte de su sueldo al patrón) «estaban almacenados todos los víveres, por cuya conquista dejaban los hombres pedazos de su vida en el fondo de las canteras. Aresti conocía aquella alimentación; alubias y patatas con un poco de tocino. El arroz sólo era buscado cuando la patata resultaba cara. Además, colgaban del techo bacalao y trozos de tasajo americano entre grandes manojos de cebollas y ajos. El pan se amontonaba detrás del mostrador, al amparo de los dueños, como si éstos temiesen los hurtos de los parroquianos o una súbita acometida de los hambrientos que pululaban afuera».

Mientras, los dueños de las tierras en las que se había encontrado hierro amasaban dinero a manos llenas y daban festines pantagruélicos con ínfulas de nuevo rico. Así contó Blasco Ibáñez cómo era una cena, a la que acudió el médico protagonista, en casa de un patrón: «un banquete de platos populares y substanciosos, tales como los soñaban aquellos ricos improvisados en su época de hambre: conejos de monte, gallinas en toda clase de guisos, bacalao bajo todas las formas, un interminable desfile de viandas vulgares rociadas desde la primera a la última con champagne de las mejores marcas. El champagne era para aquellas gentes el distintivo de la riqueza; lo único que habían podido copiar de las clases elevadas. Lo querían del más caro para que constase bien su opulencia y lo gastaban a cajas, abriendo a golpes las botellas, riendo como niños cuando el líquido se derramaba por el suelo, mojándose unos a otros con la espuma, bebiéndolo en tanques y llenando a veces las palanganas para lavarse la cara con el precioso vino, despilfarro que a los postres nunca dejaba de producir hilaridad». Ya ven ustedes, el agua de Bilbao, símbolo del paletismo y la explotación. Menos mal que hemos cambiado.

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