«No nos retiraremos nunca»

José Antonio Isusi carga con un cerdo./
José Antonio Isusi carga con un cerdo.

Ejemplares de euskal txerri, ovejas latxas y cabras autóctonas sustentan la tradición en este caserío de Sodupe

GAIZKA OLEA

El caserío de los Isusi? El hombre se vuelve y señala hacia un pabellón en la otra orilla del río Cadagua. «Por allí, por donde huele fuerte», responde. José Ignacio y José Antonio Isusi, de 58 y 57 años respectivamente, observan Sodupe, el barrio de Güeñes, y menean la cabeza. «Nosotros no nos hemos movido. Nacimos aquí, nuestros abuelos y nuestros padres eran pastores y esto no era así antes. Ahora las casas llegan casi hasta la granja y el camino, por el que antes no pasaba nadie, está lleno de ciclistas y gente paseando». Y se quejan del olor del ganado, de las boñigas que dejan las ovejas cuando las conducen a los pastos o de que no pueden pasar cuando sale el rebaño.

La explotación de los Isusi, el caserío Buniete, está a pleno rendimiento. De ahí nace el sustento de estos dos hermanos conscientes de que con ellos se acaba una forma de vida. Sus hijas no seguirán por ese camino, ese duro camino sin horarios ni fiestas, ni harán la trashumancia, cinco días hasta Colina, cerca de Medina de Pomar (Burgos), para que las ovejas latxas pasten de octubre a Navidad. Allí las guardan con mastines, que el lobo no anda lejos.

Es algo, al menos, que no exigen los cerdos de la raza euskal txerri, esa delicia autóctona que estuvo a punto de extinguirse porque no podía competir con otros tipos de cerdo. El cochino local es muy rico en grasa (nada mejor para quitar el hambre que cuatro centímetros de grasa bajo la piel, pero malo para los estándares de salud) y sólo ha sobrevivido porque lo defendieron algunos baserritarras; a comienzos de la década de los 80 quedaba medio centenar de cabezas.

En Bizkaia hay siete productores que crían un macho y cuatro hembras («así lo ordena el código», afirman los hermanos), y sus crías se venden a un productor que los engorda. Las hembras, a punto de parir sus camadas, descansan en la cuadra mientras el macho pasta en el exterior. Llaman la atención por las manchas negras de la cabeza y los cuartos traseros. Por si alguien tiene dudas de su calidad, los hermanos Isusi se quedan cada año para la matanza con algunos lechones, que se alimentan con el suero de las ovejas.

Una gotera de disgustos

José Ignacio acaba de volver de dejar el rebaño en una de las empinadísimas praderas del valle que rodea Sodupe mientras José Antonio se afana esparciendo la basura que deja el ganado. Tienen a su cargo medio millar de ovejas, 120 cabras azpigorri (fácilmente distinguibles por su vientre rojizo) y 30 pottokas. Las hembras que han criado se ordeñan dos veces a diario (fines de semana y festivos incluidos, por supuesto), aunque la mecanización facilita el trabajo con las ovejas: basta con poco menos de dos horas; las cabras, en cambio, se ordeñan a mano.

En total, 30.000 litros de leche y 3.000 kilos de queso de oveja y cabra, que comercializan en buena parte a través de las mil y un ferias organizadas por toda la geografía vasca. «Las ferias nos van bien pero en los últimos años ha bajado mucho. Parece que la gente se quita de comer», bromean. «Esto es una gotera de disgustos: que si el pienso, que si el tractor, que si esto, que si aquello. Y los gastos se pagan al contado, mientras que los corderos los cobras a 60 días», dicen.

Pero no se van a rendir, aunque a veces lamentan, y no es posible averiguar si es en broma o en serio, no haberse empleado en una fábrica. Empezaron a cotizar en la Seguridad Social cuando eran unos adolescentes de 15 o 16 años, conscientes ya de que su futuro estaría ligado a una forma de vida que da unas alegrías diferentes a las que animan a «los de la calle». Ver los prados plenos de la hierba fresca de la primavera, saber que sus ovejas tendrán pastos aunque «el Cadagua está bajo, si lo sabremos nosotros que nacimos a su orilla. Aún tiene que llover», recibir una palabra agradable hacia sus quesos o la carne de sus animales de parte de un comprador sigue teniendo un valor compensatorio.

«Esto es una droga, no nos retiraremos nunca...», se juramentan para, casi como despedida, como una broma final, lanzar una pregunta: «¿Crees que llegaremos a la jubilación?».